el agujero en el mar
Un agujero en la superficie del mar
que se abre únicamente en la luna nueva
guarda los deseos eróticos de los muertos
cuando el agujero se abre esos deseos hambrientos
tienen permitido salir por unas horas
a invadir el sueño de cualquier persona
y beber toda la noche el deseo del durmiente
pero con las primeras horas del alba
el agujero se cierra y si ellos no han vuelto
quedarán vagando por la tierra hostil de los vivos
para desaparecer en pocas horas en la nada
generando, ahora sí, el deseo de los soñadores
ante la ausencia de sus visitantes nocturnos
poema sin título
Yo buscaba la palabra imposible
mientras
vos escribías un diccionario
a veces nos encontrábamos
entre paréntesis o después
de los puntos suspensivos
yo buscaba paradojas
mientras
vos encontrabas la sintaxis
a la noche nos abrazábamos
acostados en la nube del sentido
el lenguaje es un lugar
perfecto para ir desnudo
mientras
caminamos sin dejar rastro
en la página en blanco
divagar, devenir
Si tuviéramos la conciencia permanente de nuestra efímera precariedad y fuéramos tan frágiles, tan transparentes, tan livianos. Si pudiéramos condensar en nuestro pensamiento la primera mañana que vimos el mundo, la última vez que quisimos morirnos, la esquiva belleza que percibimos hace un rato mirando de reojo algo que no teníamos que mirar. Si entendiéramos que el azar proporciona atajos convenientes a la maravilla, que no controlar es tener confianza suprema en la naturaleza. Si disfrutáramos de manera adánica de la inefable interferencia entre el reflujo de la marea y el crecimiento de la necesidad del agua de cubrirlo todo. Si escucháramos la melodía que suena en el silencio, antes de la palabra y de la música, antes de los lugares comunes que escribimos tratando de expresar esto desde siempre. Si asaltáramos el cielo y comprobáramos que está vacío, si cayéramos en el error y resultara que nos enriquece, si afrontáramos la esquiva sensación de mirarnos en el espejo de nuestra propia e inmisericorde incertidumbre y descubriéramos que lo que vemos ya lo hemos visto antes. Si ejerciéramos por un tiempo limitado el poder de abandonarnos a la paradoja, burlando el razon-onamiento, pasando por el costado del silogismo de carpeta de secundario. Si no nos quedáramos atados a una serie de repeticiones verbales para darle ritmo a otra serie de expansiones verborreicas verbogenéricas casi (pero no) automáticas. Si fuéramos audaces y primigenios, feroces y proteicos, fluidos y ubicuos como llamas que arden sin necesitar oxígeno, como rayos que anclan la tormenta a la tierra que quiere fecundar. Si a pesar de saber que todos son yo y yo soy todos tuviera el valor de abandonar el plural cuando lo que quiero es hablar de mí y de la disposición de dejarme atravesar por las historias que pasan a través de mi cada vez más borrosa identidad, que va perdiendo nitidez a medida que se funde en la empatía con los personajes a los que procuro ser fiel, a los que intento captar en sus motivaciones más profundas. Mientras tanto el tiempo fluye entre los hombres y mujeres, entre las cosas y los animales, entre mi conciencia y la necesidad de contar, incluso dejando la incertidumbre de la verosimilitud como otra de las curvas del espìral que se va dibujando entre el pasado y el presente, entre la fugacidad y lo que pretende dejar registrado lo que siempre huye, lo que siempre está en movimiento. Sentir el suave devenir del tiempo en la conciencia, como el aliento que entra y sale de los pulmones, o no sentir, sino saber que eso está sucediendo aunque no lo estemos sintiendo en todo momento, forma parte de la verosimilitud de la existencia, de la mía y de la de la persona que esté leyendo esto en este momento, y eso, por ahora (que es siempre), a mí me basta y sobra. Entonces dejo la duda de lado y sigo.
el pintor ciego
Nelson Rafecas es un artista uruguayo al que llaman el pintor ciego. En verdad había sido pintor, pero después del accidente automovilístico que ocasionó su ceguera, había dejado de pintar. Desde entonces se dedicó a dibujar —con muchísimo éxito— pero la gente y los medios lo seguían llamando el pintor ciego. Él se reía de eso, como de casi todo. Ella lo conoció por una nota que le encargó una revista y desde entonces se hicieron amigos. La primera vez que viajó a verlo a su casa, un departamento pequeño en la calle Maciel, en plena ciudad vieja, la sedujo con su conversación y su forma de ver la vida. No de ver, en realidad, sino de entenderla, de relacionarse con ella. Rafecas le contó lo que sentía dibujando. Consideraba que la pérdida de uno de los sentidos podía constituirse en una ventaja, en su caso había sido así. Amaba el olor del papel, la rugosa textura de su superficie; decía que podía oir el sonido del grafito deslizándose y sentir la imperceptible resistencia que oponía la granulosidad a la mina finísima que usaba para dibujar. Podía sentir, en el lápiz que hacía contacto con el papel, la diferencia entre una parte dibujada y otra en la que el papel estaba en blanco, y así nunca dibujaba sobre lo ya dibujado. Las imágenes que producía eran inclasificables, paisajes de otro mundo, filigranas barrocas que tanto podían ser un bosque de flora demencial o una foto de tejido animal tomada con microscopio electrónico. Y balanceando esa proliferación de líneas y sombras, zonas en blanco iluminadas únicamente por algún detalle, un pequeño dibujo que, como un pequeño ser, era el único testigo y habitante de ese microcosmos. Un prodigio de belleza y de misterio. Cuando la periodista le comentó sus impresiones después de ver varios dibujos, todos hechos a lápiz en grandes hojas de formato rectangular, Rafecas estalló en una carcajada carrasposa. Después le dijo: —No te lo tomes tan a pecho. La gente decía que estaba loco cuando dije que, ya que me había quedado ciego, me iba a dedicar al dibujo, pero viste que la gente dice cualquier cosa. Yo descubrí una nueva dimensión en mi arte, algo que ni siquiera había intuido de mí. Me di cuenta de que antes solamente había arañado la piel del monstruo, pero ahora estoy metido adentro de la cosa hasta los huevos. Qué me importa que no lo entiendan, fijate que me llaman el pintor ciego, y resulta que los ciegos son ellos.
Bajó con él a tomar una cerveza en un bar y volvió a Buenos Aires a escribir su nota.
Ültimamente Rafecas, además de sus trabajos en papel, está dibujando en la calle. Se hace llevar por algún amigo a cualquier lugar de la ciudad en el que haya una pared blanca lo suficientemente grande y visible para dibujar. Primero mide la pared abriendo los brazos, como queriendo abarcarla. Después pasa sus manos por la superficie, acariciándola, para conocer la textura, las irregularidades y detalles, y por fin empieza a dibujar siguiendo una dirección. Lo hace desde el ángulo superior izquierdo y a medida que dibuja va avanzando en diagonal hacia abajo y hacia la derecha. Dibuja con lápices de carbón y después de concluido, si alguien pinta un graffitti encima o le dan una mano de pintura a la pared, lo tiene sin cuidado. Dice que son regalos para la ciudad y ella puede hacer lo que quiera con sus dibujos. Una vez había terminado uno de ellos y cuando se iba, un vecino, mirando el cielo nublado, amenazante, le dijo: —Maestro, la lluvia se lo puede borrar.
Él le contestó sin dejar de caminar: —¿Y a mí qué carajo me importa? Ya lo hice.
Y se fue a un bar para tomar su cerveza.
de la plata no me río
Ya que en el agua no hay sal, habrá que buscar la plata del río. Ahí abajo no hay sino deudas. No hay desierto sino desconcierto. Cadáveres, música olvidada, palabras sueltas para componer poemas, canciones o novelas anchas y cortas. Hay frío y olvido debajo de la frazada del agua, hay lo que no puede haber, lo que no se quiere ver. Historias ignoradas, dentaduras NN, cascos de barcos fantasmas, joyas de la corona y coronados de gloria moridos. Anda a buscar la plata del río, niño caracol, que en el agua no hay sal. Ignominia de la soledad, salto de rana y bagre lustroso, carroña de la intemperie cubierta de agua sucia, sepultura de glorias no consolidadas. En el agua no hay plata, mamá, estos barros huelen mal. Ahora a desenlodar al niño caracol, al niño rana.
con ser va
En el país de mi infancia
todas las tapas de los frascos eran rojas
por eso cuando tuve tu corazón
al alcance de mi mano
tapé con él la boca de mi alma
en la certeza de que su contenido
se conservaría durante muchísimo tiempo
los incógnitos en el federal

fotografía de Lino Rossi
hat

No hace falta decir
que cuando te encuentre
quisiera tener puesto mi sombrero
de hielo
mi sombrero transparente
de elegancia suprema
la primera distinción
comenzando desde arriba
sería digno de ver
un sombrero que sustrae la sombra
(ilustración: obra de Max Ernst)
Uróboros
Tengo poco tiempo, voy a intentar contar esto mientras pueda dominar esta mano que ya no me pertenece, mientras pueda mover parte de este cuerpo en el que estoy prisionero. Esto es un pedido de auxilio, aunque intuyo que nadie me creerá ni podría de verdad ayudarme. Pero contaré lo que me pasa de todos modos. Ayer por la mañana me levanté y fui al baño; había dormido muy mal toda la noche, con dolores abdominales y un malestar que sentía como una gran inflamación intestinal. Antes de bañarme me senté en el inodoro para intentar aliviarme. Enseguida que me senté empecé a soltar lastre, sentía salir de mí todo lo que me había incomodado en la noche, tengo que decir que con un olor inmundo. Pero algo muy extraño empezó a pasar. Aunque tengo que apurarme intentaré ser cuidadoso para explicar esto, de modo que lo voy a hacer despacio. Empecé a sentir que de mí salía algo, no la mierda de siempre: algo vivo. Al principio pensé que era una fantasía de las que a veces se me presentan, imaginar cosas como si fueran reales, pero no. Sentí algo como una forma viva que me tocaba por detrás, inmediatamente arriba del ano; en el frío del baño a esa hora de la mañana una corriente helada me subió por la espalda, un escalofrío de terror. Ese algo que estaba saliendo de mí (ahora lo sentía claramente) se afirmaba en mi piel y empezaba a reptar. Al mismo tiempo noté que eso, fuera lo que fuera, crecía y se engrosaba, me empezó a doler mucho, Todo parecía suceder rápido pero para mí sucedía en un tiempo ralentado, el miedo me paralizaba y no me atrevía ni a darme vuelta a intentar ver lo que pasaba. Tuve un momento de incredulidad, de negación, pensé: esto no puede ser cierto, no puede estar pasando. Pero dejé de pensar en eso cuando sentí como una mano viscosa que se apoyaba en mi espalda a la altura de los riñones. Como dije antes, todo fue muy rápido, eso lo hacía más irreal todavía. Ya era evidente que había una cosa zoomorfa que iba creciendo y subiendo detrás de mí, la sentía en la espalda, tenía que hacer algo. Intenté pararme y cuando me levanté del inodoro el peso que tenía detrás me tumbó en el piso del baño. Ahora podía defenderme menos, y ya era muy grande la criatura que salía de mí. No me gusta llamarlo criatura, pero no sé cómo nombrarlo. Era una cosa blanda pero poderosa que, basándome en la información táctil que me transmitía mi piel, se iba ensanchando hacia arriba y ya casi me llegaba a la nuca. Se me secó la boca, quise gritar o algo, pero no pude, apenas me animaba a respirar. Miré hacia el costado y vi reflejada en los cerámicos blancos de la pared una forma oscura en movimiento ascendente. Hice fuerza para no desmayarme, quería resistir, dar pelea. Intenté pararme pero enseguida comprendí que era imposible. Entonces ví de nuevo en el reflejo de los cerámicos una forma enorme y triangular que se erguía sobre mi cabeza. Una sombra me cubrió, miré hacia arriba y vi unas fauces negrísimas que se abrían y empezaban a introducir mi cabeza en ellas. Creo que me desmayé porque a partir de ahí tengo un bache en el recuerdo. De pronto recobré la conciencia y me costaba respirar, estaba en total oscuridad y un aroma fétido me rodeaba, estaba apretado y me iba deslizando hacia arriba en un organismo que latía como un gigantesco gusano. Fui engullido totalmente por aquella cosa que a partir de entonces empezó a transformarse, a disminuir su espesor adaptándose a las formas de mi cuerpo, por fin pude pararme y me miré en el espejo del botiquín. Lo que vi me aterró, pero de alguna manera mantuve la calma; cuando algo es inevitable y no tiene remedio, el horror no se manifiesta como defensa sino como resignación.
Vi una piel oscura y viscosa que me cubría los rasgos en forma imprecisa, pero algo iba cambiando y se iba aclarando con mucha rapidez, la criatura iba buscando mis rasgos para hacerlos suyos y lo mismo pasaba con la consistencia y el color de la carne, se estaba produciendo una mutación instantánea e incomprensible. Y todo concluyó en unos minutos. Ahí estaba yo y ya no era yo. Era un ser desconocido. Un ente, salido de mí, me había cooptado. Empecé a actuar en forma inédita, como dirigido por otra voluntad, impedido de decir lo que me pasaba. Esto lo escribo en un momento perdido, noté una especie de adormecimiento en la piel que me recubre, como un sopor, y pensé que tal vez mi verdadera voluntad (casi escribo: mi antigua voluntad) podía tomar el control por unos minutos. Y me largué a escribir. Siento que el tiempo se acaba. Si alguien llega a leer esto, no pido que me crea ni que intente nada para sacarme de aquí, sé que no podrá ser. Pero pido ayuda, piedad, pido al que lea esto que sea conmovido por la caridad y me mate de una buena y bendita vez.
una crítica de Los incógnitos con L mayúscula
por suerte hay quien lee y hay quien comenta lo que lee, aquí un comentario de mi novela en este blog, con L mayúscula: http://conlmayuscula.blogspot.com/2011/12/los-incognitos-carlos-ardohain.html
Una reseña de Los incógnitos en estado crítico
recién me llegó un mail del editor con el link de una reseña de mi novela, feliz (que no idiota)
http://criticoestado.blogspot.com/2011/11/feliz-que-no-idiota.html
la apuesta del día (ayer) en Zona de Obras

para leer lo que no se lee: http://www.zonadeobras.com/actualidad/Carlos-Ardohain-Los-incognitos/22747
tarde que parece de otoño pero no es
Hoy no lloverá
las notas del piano
golpean contra los vidrios
de la ventana
como moscas queriendo salir
miro el cielo y los techos
oxidados de las barracas
el piano amenaza mi silencio
recuerdo un dibujo en que el teclado
era una inmensa sonrisa inestable
lista para morder
me tranquilizo pensando
que un piano sin dedos no es nada
una mosca se posó en el vidrio
del lado de afuera de la ventana
golpeo el vidrio con el dedo
para espantarla pero vuela
y se posa otra vez
vuelvo a golpear el vidrio
esto se repite varias veces
como una melodía
hoy no lloverá
pero me gustaría
ver caer las gotas
del otro lado del vidrio
18 de octubre
Quizá mi padre esté
andando en bicicleta con su gorra blanca
o apretando los terrones con sus dedos
para ablandar la tierra
o mirando el cielo hacia el sur
por si se viene la lluvia
quizá mi padre esté
montando un potro como cuando era niño
y estaba tan solo que metía miedo
pero debajo de su sombrero
anidaba su hambre de futuro
quizá mi padre
esté simplemente
calentando sin apuro el agua
para tomar unos mates
ahora mi padre es eterno
y está fundido en el amor
con el que yo lo recuerdo
Los incógnitos

Alguien, un optimista, claro, dijo que la Literatura nos salva de la muerte. Muy bonito, pero como diría aquel otro: "De grandes bibliotecas están las sepulturas llenas". Lo que sí podemos sin reparo alguno asegurarles es que la Ficción, ese imaginar que a alguien le pasa algo, puede resucitar a los muertos. Recuerden que sin tener que recurrir a zombis ni vampiros ya sir Arthur Conan Doyle devolvió la vida -por necesidades del guión- al inolvidable Sherlock Holmes sin que la verdad ni la verosimilitud ni los altares literarios se derrumbaran. Si la fe, que al fin y al cabo es una clase peculiar de terremoto, mueve montañas, la Ficción mueve destinos y tiene poder sobre el azar y la necesidad, sobre lo imposible y lo improbable.
Una novela ágil, amarga, divertida e inteligente, es la historia de la inolvidable amistad entre X (Equis) e Y (Igriega), publicistas de poca monta, escritores frustradillos y aparentemente medio resignados a morir de rutina y mediocridad, que un buen día deciden dejarse llevar por la ficción y montar una agencia de detectives privados, es decir, deciden dejar que sus vidas se viertan en pura novelería. Y en efecto: encontrarán el riesgo y la aventura, el amor y la lujuria, la excitación y el olvido. Y cuando la muerte en plan novela negra salga a su encuentro, será la Ficción, la última Fe que les queda, la que se atreva a redimirlos y rescatarlos negándose a aceptar un destino absurdo e inaceptable. Lector: levántate y anda. Quien tenga Ficción no morirá para siempre.







