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Resumen
- 02/02/2009 10:41 - nexo bahiense
- 03/02/2009 15:54 - error
- 04/02/2009 16:45 - arder
- 05/02/2009 09:59 - polvo
- 13/02/2009 09:18 - sub marino
- 15/02/2009 08:53 - no
- 19/02/2009 09:51 - foujita
nexo bahiense

una nota lindísima debida a la multifacética Natalia Molina, publicada en Nexo, el suplemento cultural del periódico Ático de Bahia Blanca, el 18/01/09
error
Un ovillo de sonido
antojadizo de anidar
en el silencio
hace escala en mi cabeza
se deja aplastar por dos
silogismos intrascendentes
se prepara a urdir una maraña
una red in situ se deja
recorrer por la corriente
eléctrica de la corteza cerebral
se deja caer en el error
de considerarse una obra
de Marcel Duchamp
arder
Déjame descansar sobre tu alfombra
dice Anne Sexton en el poema, aquí no hay
alfombra alguna pero es una tarde
para descansar, leo recostado en el sillón,
afuera arde el aire de febrero y el hipnótico
ladrido de perros lejanos, muertos de tedio
y de sed, rebota entre los edificios,
al poco rato me quedo dormido
y ya no sucede nada más.
Despierto mucho después con el libro en la cara,
mi respiración tibia humedeció el papel
y algunas palabras quedaron pegadas a mi boca,
no es que mi aliento se haya unido
al aliento poético de Anne, ni que yo
haya bebido sus palabras cuando dormía
pero leo: aquí está el ojo, aquí está la joya
esa frase me inquieta de una manera
desconocida, tengo mucha sed,
tiembla la luz que me rodea
y yo caigo en el último verso:
ardo del modo en que arde el dinero.
polvo
El polvo entra en la casa
a su aire
al amparo del sol
el polvo ama las cosas
las cubre se pega a ellas
a la espera de que venga
un niño y dibuje con su dedo
un pájaro una nube un tren
un niño que sonríe
mientras dibuja con su dedo
en el polvo en la arena
en la ceniza del tiempo
que cubre las cosas y los cuerpos
y los sueños y los recuerdos
y el espacio que hay entre ellos
que nunca está vacío
sub marino
Este raro amanecer agonizado
tan cerca del límite de mi propio yo
tiene que ver con los restos de un amor
que son marcas en el mapa
del viajero cansado que por fin regresa a casa.
Esto no es un juego, hay algo
que enajena esta mañana, soy el mismo
pero no, las formas blandas
del mundo no resisten nitidez alguna.
Todo es precario, inasible, fugaz,
semejante a la luz que se mueve en la densa niebla
como si nadara en el aire.
Este despertar desestabilizado
se corresponde con la inefable sensación
de habitar en un mundo submarino
sin llegar a comprender del todo
la literalidad del agua.
no
No me des la espalda
ni aún así
que me sorprendas
trepando por el chorro de agua
subiendo por la columna de humo
no me quites la palabra
ni que fuera
mi discurso incomprensible
mi verbo abrumador
ya verás que no me ahogo en tu agua
ni aún así
que me respires a mí
no me camines los pasos al revés
como si fueran huellas en el viento
que no dejaron mis pies
no me digas que no
y no te lo diré yo
ni ahora
ni después.
foujita

Kikí de Montparnasse estaba molesta, y no era por el frío que hacía en el estudio, a eso estaba acostumbrada. El japonés no le hablaba, si bien era cierto que su francés era muy rudimentario y su carácter extremadamente reservado, pero además se lo veía inquieto. Era su primera sesión. Por recomendación de Man Ray vino a dar al atelier de Foujita, y éste la recibió con mucha cordialidad, a su gusto un poco excesiva.
Le indicó un diván en el rincón, le pidió que se quitara la ropa y le sugirió una pose, y ahora no dejaba de dar vueltas, la miraba y miraba el papel, miraba a su gato y la volvía a mirar a ella.
Algo parecía no funcionar. Algo estaba fuera de lugar. Trazó un par de líneas con lápiz y detuvo el trabajo. La miraba a través de sus gafas redondas y su pequeño bigotito parecía vibrar, pero no hablaba.
De pronto pareció tomar una decisión y se acercó a ella caminando lentamente con algo en la mano. Kikí sintió miedo pero no dijo nada, observó la figura menuda acercándose y cuando estuvo a un metro vio que Foujita tenía en la mano un pincel de punta finísima embebido en tinta china, una sonrisa le iluminaba el rostro, se acercó más, se agachó y comenzó a trazar con el pincel, uno a uno, los cabellos de su inexistente vello púbico.
De modo que era eso, la ausencia de la sombra triangular en su sexo ponía nervioso al pintor, que con paciencia le dibujó una hermosa motita de exquisitos cabellos.
Luego se paró, volvió a su tablero y comenzó a trabajar con decisión y alegría.
El gato se arrellanó en su silla.
Kikí se acomodó en su diván con la certeza de que esa noche ella poseía la vulva más bella de París.

