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textual

 

Escribo a mano, lo hago desde siempre, de manera que esta mañana cuando sentí la necesidad de hacerlo, tomé la birome y el block de hojas blancas para empezar un cuento. Tenía el tema claro y la certeza casi física de que sería corto, porque sentía que unos cuantos brochazos serían suficientes para pintar el retrato que imaginé. 
Empecé a escribir, sobre el papel poroso con el trazo un poco líquido de mi lapicera negra, un relato acerca de las transformaciones que sufría una persona a la que la relación con el mundo se le volvía cada vez más difícil y su inadecuación con la realidad le hacía cometer actos ridículos rayanos con  la locura. Una historia de solipsismo progresivo y angustiante. Me dejé ir y de pronto mi mano se movía sin pensar, sin mediación de la conciencia, en un flujo automático que me permitió llenar las dos primeras páginas del block. Mientras escribía me concentraba en el trazo de la lapicera, en el dibujo de las letras, en el movimiento que hacía la punta de la birome al rozar el papel, hasta creí  escuchar el sonido de ese roce.
En un momento dado me olvidé de mí y perdí la noción de mi cuerpo, yo parecía ser solamente esa línea negra que iba creciendo hacia la derecha del papel blanco, que nunca se detenía y seguía dibujando formas curvas minúsculas y repetitivas sin interrupción.
Sentí un mareo suave pero profundo, como si se originara en el abdomen o en el pecho además de afectarme la cabeza, pero seguí escribiendo. El mareo se acrecentó y se me nubló la vista, pensé que iba a desmayarme, cerré los ojos y sentí un fuerte cosquilleo en toda la piel, pero enseguida, en un instante revelador comprendí que estaba atrapado en el texto que yo mismo estaba escribiendo, preso del lenguaje y de su manifestación física. No podía moverme y veía encima de mí formarse las letras y las palabras, veía la lapicera y la mano, quise gritar y no pude, sentí el determinismo de una condena inminente y definitiva y me estremecí de terror pensando en qué pasaría cuando la mano se detuviera y el cuento estuviera terminado.

 

26/07/2008 13:59 Autor: Carlos. ;?> No hay comentarios. Comentar.

eroticonda

 

No quiero abrir los ojos pero hay una orden interior, una voz que me obliga a hacerlo, me resisto sin embargo y por ahora logro mantenerlos cerrados.
No quiero perder este mundo puro de sensaciones. Este olor que me envuelve y me hace resbalar en las caricias húmedas, tibias, demoradas que doy en tu espalda, en tu lomo.
No puedo perder de vista mi respiración que aspira a tenerte completa, casi a comerte.
Te monto y siento tus movimientos espesos que vibran debajo de mi cuerpo. Tengo la sensación de estar a punto de alcanzar lo que nunca será, una experiencia circular que no se puede repetir, una inminencia latente, una sinuosidad en el aire.
No tengo más espacio entre tu cuerpo y el mío, no alcanzo a rodearte con mis brazos, estoy adentro y afuera al mismo tiempo, ocurre una simultaneidad imposible que es como un pliegue en el tiempo, te siento venir cuando te estás yendo, te siento irte cuando te acercás, tus músculos vibran como aros cilíndricos, como olas en la orilla de la piel, como espuma recién formada.
Entro en tu cuerpo caliente y sedoso, siento palpitar las mucosas alrededor de mi carne, el sonido de nuestra fricción parece un chapoteo viscoso, un crepitar de aceite, un crujir de algas debajo del agua. Amenazo con desbordar, con romper la presa, con inundarte, pero sofoco el estallido un poco más. Ciega catarata amordazada que empuja la marea, me pliego, me arrugo, me expando, me sublevo, me apuntalo, me proyecto como un rayo.
Siento aumentar la ronquera de tu respiración, recibo el aire caliente que exhalas en mi cara, percibo el olor dulce y agreste de tu aliento que hacen abrirse más y más las ventanas de mi nariz y como un movimiento reflejo una apertura contagia a la otra y por fin se abren mis ojos sin que yo me dé ni siquiera cuenta, es una relajación extrema de todas las resistencias, siento que ya no vale ni sirve ni se puede contener nada, en el momento final abro los ojos y veo como una aparición la forma cilíndrica, la gigantesca oruga verde de piel gelatinosa que me mira amorosa con su único ojo y su enorme boca abierta en la que brillan afiladísimos dientes acercándose a mi cara con indisimulables intenciones de devorarme de una buena y bendita vez.

 

11/07/2008 14:18 Autor: Carlos. ;?> No hay comentarios. Comentar.

ojo voraz

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Ahora soy tuerto.

Tenía dos ojos, uno clásico y el otro romántico. Tenía resuelto así el problema de mi dualidad estética, uno se maravillaba con la armonía de la creación, con las proporciones de la belleza, y el otro se inflamaba con la exaltación de la luz, con el misterio de la sombra, se dejaba llevar por el torrente de la pasión. Tenía dos y a veces no me bastaban, a veces no alcanzaban para beberse el mundo.

Ahora soy cojo de un ojo.

Pasó que andaba yo por la calle cuando pasó una mujer inolvidable en dirección contraria, una belleza de otra clase, una aparición instantánea, bastó verla y mi ojo saltó de su cuenca para irse tras ella, un poco lo entiendo, habrá sentido que era una ocasión única, la mirada de su vida. Yo me di vuelta para ver con lo que me quedaba lo que se me iba, la ninfa y la vista. La diosa perseguida por el globito saltarín. Pero al llegar a la esquina, cuando ella cruzó la calle, mi ojo dio por terminada su aventura y tomó el camino de regreso, yo lo veía venir con mi clásica mirada reprobatoria, saltaba por la vereda en dirección a mí, juraría que traía un aire orondo, satisfecho de sí mismo, orgulloso de su escapada, parecía un poco distraído en sus ensoñaciones.

Fue entonces cuando quien lo miró a él fue el perro que vive en la vereda de la cuadra, le llamó la atención su vuelo regular, debe haberlo confundido con un insecto zumbón, se le erizaron los pelos del lomo, se afirmó en sus cuatro patas, frunció el ceño y aguzó el olfato, calculó la parábola y cuando el ojo dio su último pique en el suelo y alzaba vuelo a tres metros de mi cuenca vacía, el perro abrió la boca, dio un pequeño saltito y se lo comió.

Ahora soy tuerto, luzco un elegante parche de cuero negro.
A ese perro le veo mala entraña, pero guardo hacia él un lejano sentimiento de parentesco.

 

ilustración: foto de Roland Topor

 

02/07/2008 13:37 Autor: Carlos. ;?> Hay 1 comentario.

lo otro

Hoy a la tarde iba caminando y me pareció ver a una de las Lentini, tuve un repentino escalofrío porque eso era imposible, sin duda se trataba de una mujer muy parecida, pero esa confusión me produjo una tremenda inquietud.
Cuando veo a una persona que se parece mucho a otra siento un hondo malestar, no puedo remediarlo. Siempre me asombró la inconmensurable disparidad del mundo. Es un alarde de creatividad de la naturaleza, miles de millones de rostros distintos en una combinatoria exponencial, produce vértigo solamente pensarlo. Pero esta manifestación de poder tiene una falla: la transmisión de códigos genéticos. Los hijos que se asemejan a sus padres, los hermanos que se parecen entre sí son variaciones imperfectas que tienen algo de monstruoso, de burla de la forma. Las considero mutaciones imprevisibles y presuntuosas, deformidades que exhiben su manifestación del error como una bondad de la química. Estas versiones degradadas de lo mismo insultan el original con su rencor por la pérdida de la novedad, cargan con el peso del código repetido, son un espejo que acerca y aleja al mismo tiempo. Es mucho más genuino lo diferente, lo extraño. Por otra parte creo que es lo único que se puede amar.

Conocí a Bárbara Lentini en la fiesta de cumpleaños de un amigo, llegó cuando me estaba yendo, pero al verla entrar decidí quedarme hasta el final. Hablamos, nos gustamos y arreglamos para vernos durante la semana.
Salimos el martes siguiente y fue una revelación, el tiempo pasó sin que nos diéramos cuenta, Bárbara era súper divertida además de ser muy hermosa y me encantaba estar con ella. Ese día me contó, entre otras cosas, que tenía una hermana melliza, Verónica. Me dijo que eran muy unidas y que vivían juntas en un departamento en el centro.
Lo que pasó entre nosotros a partir de ahí fue más o menos lo que siempre pasa cuando una historia comienza entre dos personas que se gustan mucho. Seguimos saliendo y al poco tiempo me di cuenta de que estaba enamorado de ella. Más tarde conocí a la hermana que era bastante parecida y diferente a la vez, linda y misteriosa, o misteriosa por ajena, vaya uno a saber. A veces me divertía molestarla con el parecido, hacer como que ella también podía ser mía, le decía por ejemplo: Verónica, hoy estás bárbara, cosas así, y ella me odiaba cordialmente, sonriendo.

Una noche estábamos en el departamento, después de cenar algo liviano fuimos a la cama y al rato nos estábamos amando de forma bastante salvaje, gemíamos y respirábamos mezclando nuestros alientos y salivas, saltando uno sobre el otro, pero en un momento me pareció que había como una respiración doble debajo mío, un jadeo con eco, me corrí un poco al costado para cambiar de posición y entonces me pareció ver un mechón de pelo asomando debajo de la cama, una pincelada de cabellera que delataba una presencia, fue una fracción de segundo pero se clavó en mi cerebro como un dardo, esa visión me excitó más y aumenté mi ritmo y mi tesón, Bárbara me seguía y galopamos juntos hasta el clímax, jadeando, gritando, mordiéndonos hasta casi ahogarnos, hasta casi el desmayo, acabamos juntos y yo me desplomé encima de ella respirando agitadamente, desgarrando el aire a mi alrededor para ver si detrás había más aire. Dormitamos un poco sumergidos en un sopor denso y al rato me levanté para ir al baño, desde la puerta me di vuelta y miré debajo de la cama, Verónica no estaba.

Desde entonces empecé a sentirme raro con respecto a ellas y conmigo, experimentaba algo parecido a una escisión de mi yo, una suerte de dicotomía en la que de un lado prevalecía la atracción erótica y el amor que sentía por Bárbara y del otro una creciente fascinación por los rasgos perversos de la personalidad de su hermana. En forma progresiva el fantasma de Verónica se fue instalando en nuestra relación y yo sentía que se iba asimilando a su hermana de una manera extraña. Cuando estaba con las dos juntas por un lado me sentía bien, en una situación levemente provocativa, pero al mismo tiempo tenía una incomodidad que no me permitía relajarme, al rato quería irme.

Y hubo otra noche, una noche en la que yo no tenía que estar, pero llovía y no tenía ganas de volver a mi casa a estar solo, se hizo tarde en una cena con amigos y decidí quedarme a dormir en lo de Bárbara aunque no le había avisado, yo tenía llave de modo que subí directamente al noveno piso y entré al departamento. Iba a llamarla al entrar, a decir su nombre en voz alta como anunciándome pero algo me hizo callar, algo en el aire, la luz penumbrosa, el silencio, no sé. Cerré la puerta sin hacer ruido y alerté los sentidos. Había una luz tenue en el dormitorio de Bárbara, el de Verónica estaba a oscuras, me aproximé despacio, a medida que me acercaba empecé a escuchar algo, unos murmullos, voces muy quedas, llegué hasta la puerta del cuarto y me quedé parado en la sombra, los susurros llegaban hasta mí arrastrándose por la alfombra, me asomé apenas en el vano y entonces las vi. Estaban desnudas en la cama diciéndose cosas en una voz muy apagada, ronroneando, besándose, acariciándose. Me quedé paralizado no sé cuánto tiempo. En el dormitorio la acción aumentaba, todo se puso muy caliente, el aire se espesó, ellas respiraban más agitadas, me di cuenta de que las dos se decían mi nombre al oído mientras se chupaban, se frotaban, se amaban. Me pareció horrible, empecé a retroceder despacio hasta la puerta del departamento, el corazón me galopaba. Abrí con toda la prudencia del mundo, cerré con mucho cuidado y bajé a la calle mareado y aturdido. Salí del edificio y caminé sin rumbo un buen rato dejando que la lluvia me mojara, después entré en un bar y tomé algo fuerte, ginebra o whisky, no recuerdo.

No tengo manera de describir lo que sentí esa noche, fue como si dos trenes que avanzan en sentido contrario a la misma velocidad se cruzaran en un puente, en un momento forman parte de lo mismo, el movimiento bidireccional, la fricción de las ruedas en los rieles, el aire vibrando entre ellos a alta temperatura, una unidad perfecta que dura un instante, enseguida se alejarán en sentidos contrarios y sobre el puente quedará apenas la vibración que provocó su paso. Eso era yo, los dos trenes cruzándose, los movimientos sumados, los trayectos opuestos, la separación, la estela. Sentí eso de manera tan fugaz como puede serlo una iluminación, un relámpago.
Pero a partir de entonces algo se modificó en mí, quizá debiera decir que fui otro, pero tal vez no tenga todavía modo de decirlo.

Hubo una marea de pensamientos que empezó a crecer, subterránea como un magma, pensamientos que surgían de mí pero al mismo tiempo me eran lejanos, inalcanzables, desconocidos. Yo los sentía bullir en lo profundo, pero no tenía la lucidez necesaria para comprenderlos. Me volví retraído y algo callado. Como si estuviera siempre atento a ese rumor oscuro de algo que se cocinaba dentro de mí en zonas ignoradas.
Cada vez que estaba con Bárbara me parecía que de nosotros dos yo era siempre el tercero.

En esa época hice cosas que no recuerdo con nitidez, para las cuales no tenía motivos claros, acciones que parecen sombras en la bruma, escenas evocadas de algún sueño remoto. No pretendo con esto disculpar mi conducta ni soslayar mi responsabilidad, sólo digo que mi conciencia parecía estar adormecida, y aún así impelerme a actuar siguiendo sus oscuros mandatos. En ese estado fue que compré la sustancia en la droguería, que me embosqué en el trayecto nocturno que hacía regularmente Verónica, que le salí al cruce fingiendo querer asaltarla y le arrojé en el rostro todo el contenido de la botella, huyendo rápidamente y dejando detrás de mí el chirrido imperceptible y el súbito olor de la carne quemada, de la corrosión, el grito desgarrador que empezaba a subir en la noche, la desesperación y la angustia por la belleza perdida de pronto y para siempre. Llegué a mi casa agitadísimo, me puse a beber y caminar en círculos, no sé cuánto tiempo pasó y sonó el teléfono, era Bárbara que me contaba, llorando, desesperada, que a Verónica le habían desfigurado la cara, que estaba internada con graves quemaduras, que no sabía qué hacer. Fui hasta su casa a acompañarla, a consolarla, a compartir nuestro dolor.

Los meses que siguieron fueron horrorosos. Verónica no se repuso del shock que le produjo el ataque, no podía resistir ver su hermoso rostro transformado en una máscara monstruosa, entró en una depresión profunda y una noche se arrojó por la ventana del
departamento, murió instantáneamente al estrellarse en el pavimento. Bárbara no pudo soportarlo, quedó desconsolada, no paraba de llorar, a la semana de la muerte de Verónica tomó dos frascos de pastillas y media botella de whisky y se acostó a esperar la muerte que la llevaría a reunirse con su hermana. La encontré yo a la tarde siguiente, parecía dormida, parecía estar por fin en paz.

Ya pasó mucho tiempo de todo esto, yo nunca volví a estar en pareja con nadie, supongo que para volver a intentarlo debería encontrar a una mujer parecida a Bárbara.

 

08/04/2008 00:13 Autor: Carlos. ;?> No hay comentarios. Comentar.

horas vacías

 

Me desvelo a la madrugada, en plena lluvia, insomnio que le dicen, y yo que creía estar a salvo. Pero se ve que los problemas económicos son buenos para acumular ovejas en la mente. Pienso en tres hombres caminando en fila india, en la noche. El que marcha al frente lleva en la mano una linterna, el que le sigue lleva un cuchillo de cocina, el tercero un paraguas (es el prudente del grupo).

Pienso escribir un poema con ellos, pero será después, por ahora los convoco para que cada uno me formule una pregunta, por pereza de hacerles yo una a ellos. Demasiado cargados de símbolos andan para además adosarles dudas ajenas. Quiero que sean mi antioráculo
No parecen oírme. El primero busca algo, no a un hombre como Diógenes, creo que busca dinero, o tal vez es una proyección mía. No sé por qué apunta su linterna hacia el suelo, debe ser de la época en que nos decían que debíamos caminar mirando el suelo para no caernos, para encontrar cosas, para no pisar soretes. Va iluminando sus incertidumbres, me parece que tiene ganas de gritar, estoy seguro de que no lo hará.
Sin embargo marcha primero, oficia de guía. De pronto escucho algo dentro de mi mente, una duda, una interrogación, una voz inaudible que dice: ¿adónde vas?

El segundo piensa que debería matar a alguien, al padre, al tirano, al torturador, al corrupto, al gerente, al presidente, al papa, a un animal, al autor del guión, al niño que fue y que lleva dentro de sí, al que avanza delante de él con la linterna. Piensa que debería matar sus pensamientos negativos, sus deseos oscuros, sus frustraciones. Piensa que el cuchillo puede abrir un tajo en su vida, cortar con ataduras que no lo dejan en paz, piensa que no debería tener un cuchillo, quizá sería mejor un estandarte, un báculo, un barrilete. Piensa algo que resuena en mi cabeza, otra vez la vocesita que dice: ¿qué quieres?

El tercero piensa en la lluvia y en el sol, es decir en el cielo, piensa que los otros dos lo necesitan, piensa en sí mismo como un conciliador, la tercera pata de la mesa que aporta estabilidad, el embajador de la cordura. Pero también piensa que le gustaría tener una bandera de su club de fútbol en lugar del paraguas, una copa de vino, un espejo. Piensa que si tuviera un sombrero el paraguas estaría demás, aunque no tiene muy claro porqué, piensa que debería cantar para sostener el ánimo de los demás y el suyo propio, pero sabe que no lo hará, no le gusta alzar la voz, siempre ha preferido escuchar. El cree de sí mismo que es algo así como el buen ladrón, pero bien mirado también puede considerarse que es el furgón de cola. Otra vez la voz, en ese tono ínfimo, imperceptible que dice, o creo que dice: ¿quién sos?

Pienso en cuál es la causa de que yo sepa lo que piensan estos hombres que habitan mi mente esta madrugada, dado que no están en mi sueño, y enseguida lo entiendo: en la duermevela de mi desvelo los he pensado yo, ellos son míos y sus pensamientos también, estoy fabricando un sueño en la vigilia y soy dueño de todo, inclusive de los detalles más íntimos, tengo el poder. Pienso también que si yo fuera una mujer hubiera imaginado tres mujeres caminando en la oscuridad, tal vez con otros objetos en sus manos, aunque quizá el cuchillo estaría, el cuchillo es unisex.

Pienso que me entrego a la digresión de pensar estas cosas para alejarme de las preguntas que los tres hombres me hicieron, o que yo me hice, ya que esos hombres son producto de mi mente y sus preguntas también lo son.
Pienso que si sigo pensando nunca voy a retomar el sueño, y pienso si esto no es otro recurso para esquivar las preguntas. Recursos, recursos… recursos de qué, para qué.
Los fantasmas no duermen, los fantasmas no duelen. Los fantasmas están. O no.
Esta noche están.

El primer hombre alumbra mi rostro con su linterna, el segundo acuchilla mi pecho, mi rostro, el tercero me resguarda con su paraguas de la lluvia que existe afuera del edificio pero no en mi mente, sin embargo agradezco su gesto.
Dan vueltas alrededor mío, se desvanecen. Hay unos minutos de silencio, de quietud, pienso, es decir no pienso, más bien recuerdo esa frase… la calma que precede la tormenta, y de pronto suena el despertador con un estrépito que no parece acorde al momento íntimo que estoy viviendo. El sobresalto que me produce su sonido me altera hasta casi provocar que salte de la cama. Apago el reloj.
Miro por la ventana, ya casi clarea. Necesito un baño caliente. Un café cargado. Un día agitado.

 

06/03/2008 08:25 Autor: Carlos. ;?> Hay 3 comentarios.

digo yo...

Esta mañana desperté, me vi solo en la cama y pensé: estoy solo, después me
di cuenta de que el yo siempre está solo, es una condición inherente a él,
entonces empecé a pensar en esa palabra, yo.
La veía dibujada en mi mente con toda claridad. Dos letras, dos grafismos,
dos componentes distintos. No me interesaba ver las cosas desde el punto de
vista psicoanalítico, me quedé en el análisis de las formas, es decir, partí
de ahí.
Dos letras. La y. Primero lo que significa: incluye, suma, atrae, considera
al otro y lo quiere con ella, sería la parte social de la palabra, la que
sale al mundo, al otro, la que se brinda, sobre todo por su forma, su
dibujo, es un tronco que se abre en dos, como un árbol que se ramifica, se
abre, se da, son dos caminos en uno. Vista de modo invertido el sentido
varía y enriquece la lectura, son como dos vertientes que se avienen a
formar un mismo río, una misma cosa, dos cosas que se unen y se fortalecen y
se hacen una, en algún punto es una letra erotizada, y ese punto sería el
vértice donde las tres líneas confluyen, pero ese es otro punto.
Y después la o. Una letra autosuficiente, concentrada en sí misma, en algún
sentido presuntuosa, letra que siempre significa una elección, es esto o lo
otro, obliga a optar, impone una exclusión, en algún sentido es ella o nada,
o nadie. Es como una barra que separa una cosa de la otra, presume de
perfección, se parece sospechosamente al cero, a la nada, su vocación de
circunferencia la asimila al movimiento perpetuo alrededor de sí misma,
algo que se parece mucho a la inmovilidad. Es la parte introspectiva,
solipsista, profunda, secreta, ¿ontológica?. La fuerza centrípeta de la
palabra. El agujero que lleva al ser.
De pronto pensé que me había ido lejos y decidí volver.
Y pensé que si la o se parece al cero, la palabra yo en inglés se parece al
uno, I.
Coherencia formal con el sentido ¿o casualidad? ¿O el viejo vicio de rizar
el rizo?
Volví al castellano, me gusta que la palabra tenga dos letras, lo encuentro
apropiado, sin saber nada del ser, me parece que es mejor así.
Entonces tenemos una parte inclusiva y otra introspectiva, una letra abierta
y otra cerrada, y ambas forman una sola cosa que es yo.
Ahora bien, y vos?
Vos que no estás, cómo sos? Una letra más y dos muy parecidas.
Me gusta que tenga tres letras, también me parece apropiado.
La v, casi una evolución de la y, algo más perfecto, las dos vertientes o
ramas unidas para siempre en una sola forma, ya superada la etapa de lo que
eran antes de dividirse, una forma triangular y aguda, impecable, una punta
de flecha, una afirmación en sí misma. El punto que se apoya en el mundo o
la nada y lo sostiene todo. El punto que señala y del cual a la vez todo
parte.
La o , ya se sabe, ya está dicho, pero aquí tiene otra ubicación, central y
equilibrante, gira entre dos formas, es como el fiel de una balanza.
Y por fin, la s, sinuosa, elegante, femenina y sensual, la misma forma que
simboliza la unión del yin y el yang, la letra que abraza, que sonríe, que
es serpiente siempre y movimiento y unión, la letra que dice sí. La letra
sexy. La sex symbol de las letras.
Entonces se me ocurre algo, superpongo las imágenes, las palabras, yo encima
de vos, da una unión, una suma impecable que forma una nueva palabra, yos.
Me parece una palabra perfecta, aunque alguien pueda decir que es
incorrecta, ya que un yo más otro yo son dos yoes. Para mí está bien así,
yos, no falta ni sobra nada.
Después le estaba contando a un amigo estas reflexiones y me dijo: deberías
escribirlo.
Yo le contesté: lo voy a pensar.


10/02/2008 11:45 Autor: Carlos. ;?> Hay 4 comentarios.

error de cálculo


Hace algunos días comencé a hacer una prueba. Decidí alargar los tiempos de las cosas que tenía que hacer, demoré el ritmo, me ralenté. Lo encaré como una especie de experimento, pero pensaba que si funcionaba podía ser otra manera de moverme en el mundo y la adoptaría.
Las cosas no me estaban saliendo bien y se me ocurrió que la causa podía ser un problema con el tiempo, como si tuviera un desfasaje. Tenía la sensación de llegar siempre quince o veinte minutos tarde a las situaciones, a las oportunidades, y otras veces, de hacerlo antes de tiempo. Y de que esos lapsos de diferencia colgaran como pliegues en el mapa de mi vida y esos pliegues me hicieran tropezar, me distrajeran, me arrugaran el desplazamiento.
En ocasiones me parecía estar llegando a algún lugar cuando alguien importante, definitivo para mi vida acababa de irse. Sé que es algo que le sucede a muchas personas y que es una impresión tan contundente que marca nuestro ánimo. A mí me ha pasado mucho y me ha parecido verdadero. Fue entonces que me propuse actuar para modificar eso. Ahora bien, me di cuenta de que para ser consecuente con este experimento y para que el proyecto sea real y funcione, debería estirar el tiempo hacia atrás como lo hago o intento hacerlo hacia adelante, dado que el tiempo es uno y lo que afecta a una parte afecta al todo.
Quizá la idea se me haya ocurrido observando el andar manso de los ancianos, que parecen desarrollar sus movimientos con la suavidad de las hojas movidas por el viento y al mismo tiempo con la precisión de un reloj, o pensando en la parsimonia de los gatos y la elegancia de sus movimientos. Cuando niño teníamos uno muy lindo y yo envidiaba la calma indiferente con que se estiraba plácido en las ramas de la higuera. Recordé esto hace poco en un flash, estaba pensando que la clave para empezar a comprender y manejar esa alteración en el transcurrir del tiempo residía en la manera de respirar, de manera que quise estudiar mi respiración y sobre todo escuchar el sonido que hacía al modificar su ritmo y su frecuencia. Para hacerlo no tuve mejor idea que meter la cabeza en una bolsa de nylon. Pensaba que así oiría claramente el sonido de mi aliento entrando y saliendo y tomaría mayor conciencia de ello. También escuchaba el levísimo crujido que hacía la bolsa al inflarse y desinflarse cuando inspiraba y exhalaba, estuve un rato concentrado y empecé a marearme de tanto respirar mi propio aire, me vino a la mente la imagen del gato de una amiga que siente pasión por las bolsas y cuando alguien llega con una él no puede resistir el impulso de meterse adentro, allí se mueve y juega y se siente feliz, y cuando era niño yo quería sentirme así, como el gato en la bolsa, pero ya estaba a punto de desvanecerme por la falta de aire, de modo que saqué la bolsa de mi cabeza de gato y salí al balcón a buscar un poco de oxígeno.
Lo que yo pretendía, tomando en cuenta que en un aspecto subjetivo el tiempo es pura percepción, era cambiar esa percepción que tenía de él para poder modificar la manera en que el tiempo actuaba sobre mí y mi devenir. Y lograr así alterar el momento en que suceden los acontecimientos que me involucran o que me importan. Y en los que participo o en los que quiero participar cuando no participo por haber llegado algo temprano o demasiado tarde.
Lo primero que hice fue demorar en levantarme a la mañana, en lugar de enfrentar el día con la energía de una lucha cuerpo a cuerpo, lo dejaba llegar, lo veía avanzar con su inexorable marcha, y en un momento empezaba a acompañarlo, me adosaba a su andar. Esa parecía una manera más ondulante, más atenuada de deslizarme en la vigilia.
Ahora bien, como todo procedimiento requiere un método y yo tampoco quería transformarme en una tortuga, elegí establecer una regla para disminuir la velocidad de mi bioritmo. Empezaría a prolongar la duración de mis actos agregándoles la mitad del tiempo que había tardado el día anterior en realizarlos, al día siguiente les sumaría la mitad del tiempo que les había agregado la víspera y los días sucesivos efectuaría la misma operación hasta que los segmentos fueran medibles y por consiguiente pudieran sumarse, aunque algo me decía que el sistema podía ser infinito.
El primer día la ducha matinal que antes me tomaba diez minutos pasó a durar quince, el segundo día demoré diecisiete minutos y medio, y así hice con el desayuno y todas mis demás acciones y actividades. Eso requería constancia y estaba dispuesto a tenerla. La transformación estaba en marcha. Si había una cita o un encuentro preparado para mí y no había tenido lugar por causa de un desarreglo, de una desarmonía crónica, la reparación se estaba produciendo y más tarde o más temprano ocurriría.
Y tal vez se diera la paradoja de que al hacer más lentos mis movimientos estuviera apresurando algún acontecimiento o rescatándolo del no suceder.

Los días que siguieron fueron raros, yo me sentía distinto en algunos aspectos, pero era una diferencia leve, sutil. Tenía la sensación de percibir a algunas personas como si fueran esas figuras que en las fotografías quedan con medio cuerpo fuera del cuadro y nos dan la impresión de estar huyendo de la imagen o, lo que es quizá más inquietante, estar llegando de forma inesperada. También me parecía ver sombras en movimiento detrás mío, un pantallazo fugaz al darme vuelta, un vértigo instantáneo al doblar una esquina, una vibración en el aire del lugar al que yo llegaba como si alguien hubiera estado ahí segundos antes.
Además empecé a sentir que las cosas que me sucedían, los hechos cotidianos empezaban a tener el mismo carácter de los recuerdos, se hacían más insustanciales, imprecisos, parecía que fueran de la misma materia de la que está hecha la memoria. Esto me provocaba una conducta extraña que la gente que me conocía empezó a notar. A menudo me encontraba hablando en pasado de cosas que estaban ocurriendo. Era evidente que había algo en mí que se estaba moviendo de lugar.
Cuando regresaba a mi casa caminando a mi nuevo ritmo y con los horarios modificados que eso provocaba empecé a cruzarme con otra gente, personas que nunca había visto, cada hora tiene su circulación en la ciudad. Yo volvía entonces entre personas extrañas, viéndome en los espejos de las vidrieras con una mirada lateral, lanzada de reojo, y esa percepción oblicua de mi imagen me devolvía la impresión de estar observando a un desconocido con un lejano parecido a mí. Mi cansina forma de moverme contribuía a ese extrañamiento. Ahí fue cuando pensé que a medida que yo cambiaba, el mundo también se modificaba, al menos mi mundo, y eso me hizo sentir que estaba en el camino correcto.
Pero hoy sucedió algo que todavía no asimilo y me cuesta referir. Estaba esperando el ascensor en un edificio torre donde tiene las oficinas un cliente mío, es una torre de última generación, lo que se llama un edificio inteligente con un lobby inmenso de acero y granito. Cuando llegó el ascensor comenzó a salir gente y mientras esperábamos que terminaran para poder entrar vi venir a una persona muy parecida a mí, se acercó más y esa persona parecía ser yo, mi imagen avanzando hacia mí, en un momento levantó la vista y me miró y lo miré y fue un segundo de estremecimiento que sacudió mi cuerpo como un rayo, sentí un escalofrío de terror que se reflejó en el fondo de su mirada, de los ojos abiertos de asombro y pavura, yo pude sentirlo por ambos, bajamos la vista y salió del edificio sin darse vuelta a mirar atrás aunque hubiera querido hacerlo para estar seguro y entré en el ascensor temblando sin abandonarme a mi impulso de seguirlo hacia la calle a ver si era cierto. Subí en el ascensor y volví a bajar, no podía hablar con nadie de nada en ese momento, vine a casa a pensar, a revivir lo sucedido. Ahora sé que desnaturalizar el ritmo de las cosas es muy peligroso, que lo que yo pensaba que eliminaría pliegues en realidad produjo uno enorme en un lugar en que no debería haberlo, que lo que pasó es como si hubiera doblado un papel y hubiera yuxtapuesto dos palabras que no debieran estar juntas, que no fueron pensadas para encontrarse en una frase. De tanto verme en espejos fugaces, pasé a eliminar el espejo de un golpe y dejar las dos imágenes sin el límite y el soporte que les da sentido y las ubica a cada una a un lado de la realidad, de pronto todo parece ser reflejo y ya nó sé dónde está lo reflejado, dónde estoy. Tengo miedo, pero también curiosidad al pensar que puedo estar o creer que estoy en este mismo momento en otra casa, en otro escritorio como éste, un poco aturdido y bastante confuso como aquí y ahora, escribiendo un texto como éste, o mejor dicho este texto, pensando que puedo estar aquí escribiendo, desarrollando la conciencia de estar en ambos lugares escribiendo, tratando de entender lo que no se puede entender y pensando o imaginando lo que puede llegar a suceder conmigo, lo que habrá de ocurrir inexorablemente de acá en más…

 

24/12/2007 11:08 Autor: Carlos. ;?> Hay 3 comentarios.

yo no soy m z

 

 

Apagó la computadora con un gesto cansado y se sirvió un whisky. El día de trabajo había terminado y las últimas luces de la tarde se diluían en un morado oscuro a través de la ventana. Se sentó en su sillón y posó distraídamente la vista sobre el ejemplar de su último libro que estaba sobre la mesa ratona, según su editor la venta seguía a buen ritmo y no era improbable que pronto se agotara la tirada de cien mil ejemplares de esa edición. Si bien su literatura no era lo que siempre había soñado escribir y la crítica ya ni siquiera lo atacaba, sino que lo beneficiaba con un silencioso desdén, desde que había empezado con esa serie de novelas de personajes que buscan autodescubrirse en caminos pseudo iniciáticos, no había dejado de vender y de ganar dinero.
Estaba pensando en lo que le disgustaba la ilustración de tapa de su libro, una especie de peregrino que caminaba hacia el horizonte por un desierto, era el colmo del mal gusto, pero eran decisiones editoriales en las que él no tenía ingerencia, a pesar del poder de venta de su nombre. Para no hablar de la ostentosa tipografía, que en grandes letras doradas anunciaba: El caminante, de Mauro Zimbra.
De pronto una mosca se posó sobre el peregrino y comenzó a frotar frenéticamente sus patas delanteras, al cabo de un momento empezó a hacer la limpieza de sus alas. Después otra vez las patas y de nuevo las alas, era una secuencia; patas, alas, patas, parecía una especie de baile. La observaba con curiosidad y desapego, pensando quizás que el personaje de la tapa podría sentir un escozor en su nuca con la movediza presencia del intruso, en un momento le pareció que la mosca lo estaba mirando y tuvo la impresión por un brevísimo instante de estar comunicado de manera muy intensa con el insecto, enseguida se rió de su ocurrencia, se sintió un poco idiota y tomó el diario de la mañana que tenía al lado, lo enrolló y descargó un golpe seco sobre el libro que aplastó a la mosca y detuvo la sesión de aseo.
Vista de lejos la mosca parecía una mancha de tinta negra en la cabeza del caminante, como si le hubiera estallado el cráneo por el sol, al acercarse era un amasijo desagradable de ver. Pensó en limpiar la tapa con un papel pero le dio asco y al final tiró el libro, el diario y la mosca a la basura, no necesariamente en ese orden, y se sirvió otro whisky. Enseguida se acordó de ahimsa, ese precepto budista que habla de no matar ni infringir daño a ningún ser vivo, y en sentido contrapuesto recordó ciertas publicidades de insecticidas, “los mata bien muertos” y otros mensajes por el estilo. Le dio un poco de lástima la mosca y de vergüenza su conducta. Se sintió violento y torpe.
Entonces sonó el teléfono.

— Hola
— Hola Mauro, sos vos?
— Sí, cómo estás?
— Bien, cómo va todo?
— Ahí, recién tiré mi libro a la basura
— ¿Y eso? ¿qué bicho te picó?
— No me picó ningún bicho, me miró una mosca, pero ya la maté, lo que pasa es que reventó en la cabeza del peregrino.
— No entiendo nada, estás raro. ¿Cómo va el libro?
— Bien, recién terminé un capítulo.
— Buenísimo, ¿cuánto pensás que te falta?
— Dos o tres semanas, más o menos, para terminar y corregir.
— Apurate, mirá que tenemos que entrar en imprenta en un mes y medio.
— Ya me lo dijiste mil veces Francisco, dejá de presionarme.
— No es presión, es la realidad, ya están las fechas de presentación, tengo los afiches diseñados, todo. Vamos a tirar ciento cincuenta mil de entrada.
— Vamos a llegar, dejate de joder.
— Bueno, está bien, te llamo mañana, que descanses, parece que te hace falta.
— Bueno, gracias, chau.
— Chau.
Fue a poner un disco de y se tiró en el sillón. Pero estaba inquieto.
Al rato se levantó, prendió la computadora y estuvo escribiendo hasta la madrugada.

Pasó el tiempo como siempre lo hace para nuestra percepción: muy rápido. Mauro terminó de escribir la novela de la que se vendieron los ciento cincuenta mil ejemplares tal cual le había asegurado el editor y nunca más mató a una mosca, tal vez en homenaje a la que había muerto abrazada a su obra y le hizo recordar con su sacrificio el precepto de la no violencia. Lo que sí hizo motivado por ese incidente, fue escribir un texto muy raro, que empezó aquella noche y que su editor se negó a publicar. Al final salió por una editora pequeña de provincia, era un relato plagado de reflexiones, una mezcla de ficción y ensayo y largos párrafos autobiográficos, sin que prevaleciera ningún género en particular, era un híbrido, un cruce. En todo sentido era el libro más personal y auténtico que había escrito nunca, tenía solamente cien páginas y fue un absoluto fracaso editorial, aunque con el tiempo devino libro de culto y le dio a su autor el prestigio que hasta ese momento se le había negado. Por cierto, uno de los hallazgos del librillo era su título, que desde la tapa proponía un viaje diferente; se llamaba: Yo no soy Mauro Zimbra.

Y aquí es donde el narrador debiera decir con el énfasis necesario: yo tampoco.

 

 

06/12/2007 10:43 Autor: Carlos. ;?> No hay comentarios. Comentar.

una historia menor

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La China, óleo sobre hardboard 40 x 60, Carlos Ardohain

 

 

Hay muchos acontecimientos en la vida que se van sucediendo de manera casi automática, impulsados por el peso de los anteriores, una cosa lleva a la otra y así se va armando una espiral de hechos y consecuencias cuyo centro es el sujeto que los vive. Hay también encuentros entre personas que ocurren así, que de otro modo tal vez nunca se darían. Pero antes hay que poner en marcha el mecanismo, echar la rueda a andar. Después está la participación del azar en ese devenir. Y están las infinitas combinaciones entre lo real y lo imaginario, y todo esto nos puede llevar como un trineo en una pendiente hasta circunstancias únicas y peculiares de la vida, nos puede llevar por ejemplo a la puerta que tiene el número 715 en la calle Defensa. Detrás de la puerta hay una escalera que lleva a un primer piso de amplias habitaciones de techos altos, y después otra escalera sube a un segundo piso casi idéntico al primero. Todos los ambientes tienen cielorrasos en bovedilla y paredes de ladrillo a la vista, las habitaciones del frente balconean a la calle que se pierde hacia el sur en dirección al parque Lezama, esa que era la ruta de la bosta, por el continuo tránsito de las carretas tiradas por bueyes en la época del nacimiento de la ciudad. Una persona que se asoma a esos balcones se puede sentir en el centro del mundo. O en el centro de un sueño. Y algo de onírico hay en las callejuelas anacrónicas del barrio. En los personajes que deambulan demorándose en caminatas azarosas. En los umbrales de viejas casonas que parecen promesas de viajes en el tiempo. La anciana que vive en esa casa de alto ni siquiera sabe cuántos años tiene ni cuánto hace que vive ahí, siempre dice que en una de esas habitaciones nació Tita Merello pero yo sé que es mentira, Tita nació en un conventillo que está casi al lado, el mismo donde ahora unos chicos atraen a los paseantes para mostrarles por unas monedas la pieza donde vivió la Merello de niña, todos sabemos que es mentira pero finjimos creerle. Eso es porque ella no tiene a nadie y sin embargo es visitada todo el tiempo por mucha gente. Hace mucho que la puerta de calle permanece siempre abierta y todo el que pasa y siente curiosidad sube y se interna en la casa sin problemas, recorre los cuartos en silencio, silencio que hacen ellos al adentrarse y silencio que ya está hecho por la casa misma, que impone respeto y tiene un aire de gravedad de antaño. Casi parece, aunque sea audaz pensarlo, que la casa es también un cuerpo, y que ella es un cuerpo dentro de otro, como si fueran dos organismos integrados en una vida común que solamente ellas entienden. Como sea, siempre hay desconocidos que se presentan y ella siempre está conociendo gente nueva a la que le cuenta su historia o sus historias, porque la historia que cuenta se modifica un poco cada vez que la relata. Dice llamarse Valentina, dice ser argentina hija de italianos, dice tener más de noventa pero no recuerda cuántos. Ha sido sin dudas una mujer bella, lo delatan sus ojos claros y brillantes, ahora un poco acuosos, y sus finas y frágiles facciones. Todo el que entra en la casa y la conoce vuelve indefectiblemente y termina relacionado afectuosamente con ella, vuelve a tomar mate y a escuchar historias siempre iguales y siempre distintas. Variaciones de una historia inagotable y camaleónica. Así la conocí yo también. Así entré un día en la casa sorprendido por la puerta abierta que me invitaba a subir y la encontré en una de las habitaciones del primer piso mirando por la ventana, sin mirarme, de espaldas a mí me dijo: Buenas tardes, joven.
Yo no la había visto y me sorprendió escuchar su voz como un susurro y entonces vi su figura menuda recortada por la luz que entraba por la ventana, su cabellera blanca brillando al sol, parecía una visión y quizá lo era. Lo dijo con dulzura, lo dijo a pesar de que yo ya no era joven. Me sentí invasor y al mismo tiempo ligeramente halagado, eso me hizo cohibir y me ganó una suerte de torpeza emocional, de modo tal que solamente atiné a balbucear: Buenas tardes, señora.

Se dio vuelta sonriendo y me preguntó si me gustaba la casa, le dije que sí, que era una casa muy bella. Hay fantasmas, me dijo mientras seguía sonriendo. Y casi enseguida me invitó a tomar mate en la cocina. Acepté y recorrimos un largo pasillo hacia el fondo de la primera planta hasta llegar a una cocina espaciosa y muy ordenada. En una de las paredes había un retrato al óleo de una señora con anteojos, me llamó la atención y le pregunté por él.
Es Quela, me dijo, una amiga de la infancia que murió hace un tiempo. El cuadro lo pintó un sobrino suyo, el artista de la familia. Lo dijo como si en toda familia hubiera, o debiera haber un artista, con la misma lógica uno podría pensar que en toda familia debiera haber un abogado, algo que preferiría ni siquiera imaginar, aunque todo esto lo pensé después, recordando nuestra charla de la tarde.
Entonces me contó la historia de Quela, era la hija mayor de un matrimonio muy humilde, fueron amigas desde niñas y compañeras de colegio además de vecinas. Cuando se hizo adolescente se puso muy bonita y llamó la atención de un compradito de la zona. En esa época había todavía personajes así, cuchilleros, malevos de barrio que hacían trabajar a algunas mujeres para ellos. Quela se enamoró de la prestancia varonil y también, porqué no, de su halo de coraje y su renombre. El quiso hacerla trabajar para él y ella en cierta forma lo hizo pero no de la manera en que él pretendía. No estaba dispuesta a caer en eso, de modo que lavaba ropa para otros, planchaba, hacía las tareas más dispares para mantener a su rufián, contra los consejos de sus amigas y en especial de Valentina. Un día quedó embarazada y el compadrito amenazó al futuro bebé, no quería ni oír hablar de él, entonces Quela tuvo a su hijo y para no enojar a su hombre y poner en riesgo al bebé, lo dio a una familia que vivía en el campo. Era una niña. Con el tiempo a él lo mataron en un entrevero en un boliche y Quela nunca volvió a enamorarse, quedó para siempre con la tristeza de ese amor perdido y fallido como una cicatriz, aunque muchos años después se casó con un hombre ya mayor. A su hija no la volvió a tener con ella nunca más y el vínculo siempre fue frío y distante. Cuando ya estaba grande enfermó de cáncer en las cuerdas vocales y fue en esa época o un poco antes que su sobrino pintó su retrato. No era un gran cuadro pero tenía algo, una alegría debida quizás al color o la luz, en la tela ella posa mirando al espectador con una linda sonrisa bajo la luz del sol que atraviesa una parra y cae sobre su ropa y las paredes como manchas amarillas. Valentina me decía que pensaba que le estaba sonriendo a ella y de algún modo le hacía compañía, le parecía que era como si estuvieran juntas. De pronto me dijo algo extraño: No sabría decirle por qué joven, pero para mí los recuerdos tienen el olor del jabón, huelen a jabón.
La frase me pareció enigmática y no se me ha borrado de la memoria y aunque no la entendí me gustó mucho. Yo me sentía muy bien en esa cocina de San Telmo, tomando mate con la anciana y escuchando sus historias.
Le pregunté por qué tenía las puertas abiertas a todos y a cualquiera y me dijo que le gustaba que la gente paseara por su casa como si fuera una prolongación de la vereda, como una parte del barrio, que no tenía nada que esconder ni guardar y que todo aquel que entraba le dejaba algo, un nombre, una sonrisa, una promesa de volver a verla, un momento compartido, la descripción de otra ciudad u otro país. Le parecía mucho más natural que fuera así a estar encerrada bajo llave. Dicho así no tuve más remedio que estar de acuerdo con ella.
También yo le conté algo de mí esa tarde, aunque todavía un poco intimidado por lo bien que me sentía en su compañía. Al rato me despedí con la promesa de volver a visitarla.
Esa noche, como decía, estuve pensando en las cosas que me dijo y en su peculiar manera de ser y relacionarse en completa libertad. Pensando en lo que dijo de los fantasmas, en los recuerdos con olor a jabón, en la historia de su amiga, en las cosas que le había contado de mí sin conocerla y también en que tenía ganas de volver otro día a charlar con ella. Yo me había separado hacía muy poco después de cinco años en pareja y me sentía muy solo y bastante triste, el día que subí las escaleras de Defensa 715 estaba perdido, vagando sin rumbo, como llevado por el viento. Valentina se dio cuenta esa tarde porque en medio de su historia me dijo: Tiene una cara muy triste joven, el tiempo alivia todas las heridas. Y a pesar de ser una cosa tan dicha, tan trillada, me hizo bien escuchar que ella me lo dijera. Sonaba verdadero en su voz.

La segunda vez que la fui a visitar me contó algunas otras cosas de su vida, había crecido en ese barrio donde conoció a Quela, había sido maestra, se había casado y había enviudado pronto, no había tenido hijos, su marido le había dejado esa casona y una pensión y ahora vivía de recuerdos. Presté más atención a la casa y las cosas esta vez y noté que había muy pocos muebles, el espacio era lo más importante en los ambientes, lo dominante. El espacio beneficiaba al silencio, que también era dueño de los ambientes, ahora me daba cuenta de que había un silencio importante en aquella casa. Tenía, eso sí, una buena biblioteca, mucha ficción y también poesía. Hablamos de ello y fue entonces cuando le confesé que me gustaba escribir, hizo una sonrisa callada como si ya lo supiera, me preguntó qué escribía y estuvimos un rato hablando de autores y libros.
La tercera vez que fui no la encontré en la sala ni en el comedor y fui hasta la cocina. Estaba tomando mate con una chica de pelo corto que me presentó como Malika, el nombre me llamó la atención y me gustó su rostro que me miraba con una sonrisa divertida. Valentina le dijo que yo era su sobrino y que era pintor. Me sorprendió porque en una sola frase había dos mentiras. Malika hizo una broma como que todos los pintores son sobrinos de alguien o que todos tienen sobrinos pintores, era evidente que ya conocía la historia de Quela y seguro que advirtió la mentira en la frase. Yo me senté con ellas, pero siguieron en la conversación que estaban y me entretuve pensando en que tal vez lo de Valentina no era una mentira sino otra cosa, parecía más bien que ella recogía historias y personajes y los mezclaba, los trenzaba con su historia, con sus recuerdos, y construía nuevos relatos uniendo el presente de otras personas con su pasado, entonces siempre había nuevos elementos en su discurso, nuevos personajes y nuevos hechos. Podía ser, ¿porqué no?
Entonces escuché que Malika me hablaba mientras me alcanzaba el mate y se reía: che, te colgaste, como dicen ustedes, ja, ja, ja. Me pareció encantadora y me reí con ella mientras le aceptaba el mate. Seguimos hablando los tres un rato y Valentina nos contaba del prostíbulo que había en su barrio cuando era chica, las cosas que le llegaban a ella como rumores o chismes de lo que allí ocurría, las manchas de sangre que descubrían los chicos del barrio ciertos días en las paredes de las casas cercanas, como si fueran huellas de posibles duelos entre los clientes, alguna liga de color olvidada en la calle de tierra como una señal de placeres obscenos, cosas así. Al rato Malika dijo que se iba y yo me ofrecí a acompañarla. Cuando salimos la invité a tomar algo y le aclaré que no era pintor. Se rió y me dijo: ya sé, no tenés cara de pintor.
¿Y de qué tengo cara? le pregunté. De gato, dijo ella y se volvió a reir. Estuvimos un largo rato juntos y nos gustamos, ella era hija de polacos aunque había nacido en Sao Paulo y estaba en Argentina desde hacía un año estudiando música, quería aprender a tocar el bandoneón y estaba tomando clases con un viejo músico de tango, además de estudiar español, como dicen ellos, o castellano, como decimos nosotros. Hablamos de Valentina, ella la había conocido hacía un mes, era la tercera vez que la veía, le había cautivado su personalidad y le contaba cosas de su vida en Brasil a cambio de viejas historias de compadritos y cuchilleros que la fascinaban.
Y no le importaba si eran reales o inventadas. Me preguntó: ¿es verdad que ahí nació Tita? Ahora me reí yo y le conté la otra versión, aunque quién sabe.

Quedamos en vernos de nuevo y en ir juntos a visitar a Valentina otra vez. Y fuimos a la semana siguiente. Cuando llegamos la puerta estaba cerrada, nos extrañó mucho, golpeamos y tocamos timbre pero nadie salió. La mujer encargada del restaurante de enfrente nos vio y nos hizo una seña para decirnos algo. Valentina había muerto hacía dos noches, unos extranjeros entraron a su casa como siempre, a eso de las once de la mañana y al no encontrarla recorrieron la casa hasta que la vieron en su dormitorio. Parecía dormida, porque tenía en la cara una expresión muy serena, pero estaba muerta. Avisaron a la policía y al rato se la llevaron y cerraron la casa.
Quedamos desolados y mudos. Nos fuimos caminando despacio, tomados de la mano, nos metimos en un bar, nos sentamos uno junto al otro. Yo no podía dejar de pensar en esa puerta cerrada, era como la losa de una lápida. Pura violencia muda. Entonces creí entender algo, y enseguida se lo comenté a Malika. Tal vez Valentina me había nombrado sobrino pintor para que yo hiciera su retrato, como Quela tenía el suyo, y que lo hiciera a mi modo, que escribiera sobre ella. Tal vez fuera así, y si no era así lo sería, porque pensaba hacerlo, lo iba a intentar.
Cómo me gustaría estar a la altura, cómo me gustaría no defraudarla. Cómo me gustaría encontrar en el aire las pompas de jabón de sus recuerdos y hacerlas volar todavía más alto y que no exploten nunca.

27/11/2007 01:30 Autor: Carlos. ;?> No hay comentarios. Comentar.

infeliz Berto

 

 


Hace unos meses me di cuenta de que me empezó a pasar una cosa que hace mucho tiempo se estaba incubando dentro mío.

Cuando era niño yo manifestaba mucha sensibilidad ante los estímulos y las representaciones del mundo. En casa pensaban que yo era especial: Berto tiene temperamento artístico, así decían, y era como si dijeran: Berto tiene sarampión, o Berto tiene un zarpullido. Tanto lo decían que yo lo creí también y durante un tiempo pensé en un destino de poeta o pintor. A partir de entonces mi carácter naturalmente calmo y silencioso tomó un aire de misterio, como si dentro del lago de mi persona vivieran peces fabulosos y criaturas desconocidas.

Fueron pasando los años y mi vida no cambió mucho, yo no me hice artista sino contador, ahora trabajo en un banco y me casé con mi primera novia.
Pero hace unos días empecé a notar algo muy raro, cuando estoy hablando con alguna persona, las palabras que escucho llegan despacio por el aire, pero a veces alguna palabra me queda pegada en el cuerpo del lado de afuera, no entra en mí, se cae de la frase y se adhiere a mi piel como un imán a la heladera, o como un abrojo en una tela de algodón, o mejor aún, para ser entendido con claridad, como la manzana que le arrojaron a Gregorio Samsa y le quedó incrustada en el caparazón, así la palabra se adhiere a mi cuerpo, lastimando un poco y pudriéndose. No tiene porqué ser una palabra fea, porque como se empieza a descomponer es indistinto que sea cualquier palabra. Y duele también. Yo tengo mucha conciencia de eso y mi pensamiento va hacia donde está esa palabra para tratar de aliviar un poco, pero después noto que no adelanto nada y dejo de pensar en eso. Entonces hago a la inversa, me alejo de la zona y trato de dar rodeos cuando pienso en el lugar donde está la palabra, la evito y la ignoro. Al principio pensaba que así molestaría menos, pero como eso sigue pasando, cada vez son más las palabras incrustadas y las partes del cuerpo que tengo que rodear y evitar, entonces eso me representa un trabajo bastante arduo. Además empezó a afectar mis movimientos, porque cuando camino, me agacho o quiero agarrar algo tengo esas partes endurecidas y adopto unas posturas un poco insólitas.

Decidí ir al psiquiatra y me dijo que estoy haciendo un síntoma porque tengo un problema en el terreno de lo simbólico. No lo entendí, yo pensé que podía ser algo psicosomático, me dio unas pastillas azules para tomar una por día, las estoy tomando pero las palabras se siguen pegando a mí. Mi señora no entiende lo que me pasa y llora, a cada rato la veo llorar, a veces se esconde, pero ahora que estoy todo el día en casa porque en el trabajo me dieron licencia, me doy cuenta de que ella me evita y siempre tiene los ojos enrojecidos e hinchados. Pero no estoy enojado con ella por eso porque tampoco yo entiendo lo que me pasa.

Trato de no hablar con nadie pero las palabras se me pegan igual, de la televisión, de la radio y hasta del diario, porque me empezó a pasar también cuando leo.

Ahora sé cómo va a seguir esto, lo entendí de golpe. Es bastante simple.
Se me van a seguir pegando palabras hasta que cubran todo mi cuerpo por completo y voy a quedar paralizado de dolor, me voy a asfixiar en lenguaje y voy a morir de simboliosis o simbolitis (según mi psiquiatra). Las palabras van a ser mi manto final, quedaré envuelto en una cáscara de palabras caídas, desusadas, abandonadas, como si fueran moscas disputándose y alimentándose de un cadáver, de un muerto en pleno uso de sus facultades emocionales.

 

 

 

17/07/2007 20:16 Autor: Carlos. ;?> No hay comentarios. Comentar.

imaginar Kyoto

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Puedo imaginar que alguna vez iré a Kyoto, como imaginé que estaba en Valparaíso cuando de verdad estaba, y esto no es un consuelo, es apenas un juego con el tiempo, un conjuro, como quien hace un pliegue en un papel y junta palabras lejanas que no deberían convivir en la misma frase. Y si lo imagino es porque se me antoja en el ocio de la tarde tan húmeda, porque el olor me lo dicta, este olor a piel sucia, a papel mojado. Puedo imaginar que la luz que flota en el aire cuando el cielo está tan azul es en verdad una trampa asesina, un engaño para melancólicos que pretenden entibiar su tristeza con sucedáneos baratos de la felicidad. Puedo imaginar que los dibujitos negros sobre el blanco del papel que se van formando al escribir son deposiciones de insectos invisibles que pueden cobrar vida en cualquier momento para alterar el sentido de lo dicho o de lo que quiso ser dicho y que el nuevo sentido nacido de esa torsión se volverá salvajemente contra el escribiente que profanó el blanco inmaculado del papel, lo atacará en los ojos y formará una capa negra donde la luz no pueda ni entrar ni salir dejando una noche eterna tapiando su mirada. Puedo imaginar castigos atroces destinados a quienes cuentan secretos que nunca deberían ser revelados, aunque ellos al contarlos no supieran que eran secretos ni que no deberían contarlos ni que serían castigados por ello, y es parte de la naturaleza del silencio que más tarde o más temprano debe ser quebrantado o interrumpido, y que esa interrupción deberá ser pagada. Puedo imaginar que atravieso días enteros necesitando lo que en realidad tengo o teniendo lo que en realidad no necesito y luego me canso y me duermo y sueño con lo que quiero tener o con quien prefiero estar y después despierto y salto a la materia y la razón y la conciencia y vuelvo a necesitar lo que quiero y a querer lo que necesito aunque crea que es un juego o un espejismo o una estación pasajera en la vía. Puedo imaginar que suena el teléfono cuando no suena aunque quiero que suene y que quien lo hace sonar es quien yo deseo que llame aunque no esté llamando y que lo que tiene para decir es lo que yo quiero oír aunque no me lo vaya a decir nunca y que contesto a esas palabras con el discurso que tengo aprendido de tanto sentirlo de tanto esperar para decirlo aunque lo haga en la imaginación. Puedo imaginar que cambio de forma y la pierdo para encontrar otra y en la etapa amorfa supongo que no tengo cuerpo para volver a encarnarlo como la primera vez y revivir la sensación repentina de sumergirse en la materia en la carne en la contundencia de ser un animal sagrado y mucho más y viajar en la nave de los sueños y las sensaciones. Puedo imaginar que encuentro las palabras que nunca tuve las pocas esenciales palabras que abran el camino al entendimiento verdadero de lo que siempre estuve buscando saber conocer descubrir encontrar decir expresar entender abarcar, esas palabras que al momento de acceder a ellas con la mente inmediatamente se me olvidan pero ese relámpago de luz en que ellas aparecieron se conservará en mí como una imagen grabada para siempre en mi ser. Y aunque sea imaginación, la frontera entre ella y la realidad estará borrada y será lo mismo porque un conocimiento es un conocimiento en cualquier plano en que uno acceda a él, y al ser la imaginación un atributo de nuestra mente y de nuestro ser, es ser también, que ser parte es ser todo y lo único que no hay que ser es juez. Puedo imaginar que si ya no hay molinos habrá por lo menos viento y siempre que el viento sople habrá ruedas en movimiento habrá potencia en el aire, velocidad y aromas que vienen de lejos y lugares remotos adonde irán nuestros olores y un vehículo donde podrá viajar nuestro canto o nuestra palabra o nuestro aliento y como el espacio es curvo y curva la superficie del planeta que el viento recorre un día todo eso volverá enriquecido cambiado metamorfoseado para traer otros a nosotros y a nosotros en otros. Puedo imaginar jardines de piedra que simulan agua y ritmos de la tierra como si fueran orillas, que de algún modo parecen la huella que dejaban los dedos arrastrados sobre la arena de la playa de la infancia, imaginar sombras tenues que aplacan la luz, brillos dorados sutilísimos en los bordes de las formas de los objetos que reposan en silencio en las habitaciones, imaginar ritmos respiratorios que recuperen y evoquen el vaivén de las olas del mar, incorporarlos y permitir que el aire entre y salga con esa frecuencia eterna que nos vincula con el origen. Y si imagino dibujo con la mente y veo lo que dibujo y creo un mundo donde estar donde estoy y no hay tiempo ni espacio ni límite y la noche que entra por la ventana tiene una luna en forma de C colgada del cielo que no sé bien porqué es tan mágico. Puedo imaginar causas y motivos y razones para todos los errores para todos los fracasos para todas las dudas los miedos las fluctuaciones pero eso no importa no modifica que la verdad está en algún lado y si está en algún lado es en el corazón y si se traiciona el corazón se va contra uno mismo y se tendrá dolor y desasosiego y tristeza y soledad y quizás a veces uno elige eso como camino tortuoso o castigo autoimpuesto o quién sabe qué. Puedo imaginar muchas cosas para hacer cuando ya no se sabe qué hacer con el tiempo, con uno ni con la vida, imaginar caminos paralelos, adyacentes al sendero marcado por el infortunio o la fatalidad, curvas inesperadas y sorprendentes que al primero que desconcierten sea a uno mismo y esta sorpresa nos permita actuar sin tener en cuenta el acartonamiento de la costumbre o la mordaza de la prudencia y nos posibilite recuperar una espontaneidad que refresque nuestra relación con la realidad de los días.

 

02/02/2007 14:12 Autor: Carlos. ;?> No hay comentarios. Comentar.


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