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tancarloscomoyo

fin

 

Hundido en la desazón, estuvo un rato sopesando las alternativas: pincel o lápiz, lápiz o pincel. Al fin eligió el lápiz, el de mina más dura, y se abocó a sacarle punta hasta que obtuvo de él un cono perfecto con un vértice negro afiladísimo. Procedió a despojarse de todas sus ropas, pensaba que ese ritual exigía que el cuerpo estuviera desnudo. Fue palpando el flanco izquierdo de su tórax hasta encontrar el espacio intercostal debajo de la tetilla. Apoyó apenas la punta del lápiz, con la delicadeza necesaria para comenzar una línea de puntos al infinito o como quien escribirá la frase definitiva que responda todas las preguntas. Entonces empuñó el lápiz con firmeza y sosteniéndolo perpendicular lo introdujo en su cuerpo empujando con todas sus fuerzas hasta que sintió el indefinible dolor del corazón perforado. Todo ocurrió en un instante, la mano soltó el lápiz, su cuerpo cayó como si se descolgara de un teatro de marionetas, su boca exhaló el último aire que no volvería a necesitar y, en un efecto reflejo del organismo que se abandona, se le dilató inmediatamente el esfínter anal.

Lo que sucedió entonces podría considerarse una broma macabra de algún dios muy menor y bastante desquiciado: del orificio abierto, como una boca en expresión de asombro, comenzó a brotar una chorrera de monedas de oro que, al detenerse, alcanzó casi la misma dimensión del cuerpo que yacía inerte, el cuerpo que se había puesto a sí mismo su punto final.

 

 

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