una historia menor

La China, óleo sobre hardboard 40 x 60, Carlos Ardohain
Hay muchos acontecimientos en la vida que se van sucediendo de manera casi automática, impulsados por el peso de los anteriores, una cosa lleva a la otra y así se va armando una espiral de hechos y consecuencias cuyo centro es el sujeto que los vive. Hay también encuentros entre personas que ocurren así, que de otro modo tal vez nunca se darían. Pero antes hay que poner en marcha el mecanismo, echar la rueda a andar. Después está la participación del azar en ese devenir. Y están las infinitas combinaciones entre lo real y lo imaginario, y todo esto nos puede llevar como un trineo en una pendiente hasta circunstancias únicas y peculiares de la vida, nos puede llevar por ejemplo a la puerta que tiene el número 715 en la calle Defensa. Detrás de la puerta hay una escalera que lleva a un primer piso de amplias habitaciones de techos altos, y después otra escalera sube a un segundo piso casi idéntico al primero. Todos los ambientes tienen cielorrasos en bovedilla y paredes de ladrillo a la vista, las habitaciones del frente balconean a la calle que se pierde hacia el sur en dirección al parque Lezama, esa que era la ruta de la bosta, por el continuo tránsito de las carretas tiradas por bueyes en la época del nacimiento de la ciudad. Una persona que se asoma a esos balcones se puede sentir en el centro del mundo. O en el centro de un sueño. Y algo de onírico hay en las callejuelas anacrónicas del barrio. En los personajes que deambulan demorándose en caminatas azarosas. En los umbrales de viejas casonas que parecen promesas de viajes en el tiempo. La anciana que vive en esa casa de alto ni siquiera sabe cuántos años tiene ni cuánto hace que vive ahí, siempre dice que en una de esas habitaciones nació Tita Merello pero yo sé que es mentira, Tita nació en un conventillo que está casi al lado, el mismo donde ahora unos chicos atraen a los paseantes para mostrarles por unas monedas la pieza donde vivió la Merello de niña, todos sabemos que es mentira pero finjimos creerle. Eso es porque ella no tiene a nadie y sin embargo es visitada todo el tiempo por mucha gente. Hace mucho que la puerta de calle permanece siempre abierta y todo el que pasa y siente curiosidad sube y se interna en la casa sin problemas, recorre los cuartos en silencio, silencio que hacen ellos al adentrarse y silencio que ya está hecho por la casa misma, que impone respeto y tiene un aire de gravedad de antaño. Casi parece, aunque sea audaz pensarlo, que la casa es también un cuerpo, y que ella es un cuerpo dentro de otro, como si fueran dos organismos integrados en una vida común que solamente ellas entienden. Como sea, siempre hay desconocidos que se presentan y ella siempre está conociendo gente nueva a la que le cuenta su historia o sus historias, porque la historia que cuenta se modifica un poco cada vez que la relata. Dice llamarse Valentina, dice ser argentina hija de italianos, dice tener más de noventa pero no recuerda cuántos. Ha sido sin dudas una mujer bella, lo delatan sus ojos claros y brillantes, ahora un poco acuosos, y sus finas y frágiles facciones. Todo el que entra en la casa y la conoce vuelve indefectiblemente y termina relacionado afectuosamente con ella, vuelve a tomar mate y a escuchar historias siempre iguales y siempre distintas. Variaciones de una historia inagotable y camaleónica. Así la conocí yo también. Así entré un día en la casa sorprendido por la puerta abierta que me invitaba a subir y la encontré en una de las habitaciones del primer piso mirando por la ventana, sin mirarme, de espaldas a mí me dijo: Buenas tardes, joven.
Yo no la había visto y me sorprendió escuchar su voz como un susurro y entonces vi su figura menuda recortada por la luz que entraba por la ventana, su cabellera blanca brillando al sol, parecía una visión y quizá lo era. Lo dijo con dulzura, lo dijo a pesar de que yo ya no era joven. Me sentí invasor y al mismo tiempo ligeramente halagado, eso me hizo cohibir y me ganó una suerte de torpeza emocional, de modo tal que solamente atiné a balbucear: Buenas tardes, señora.
Se dio vuelta sonriendo y me preguntó si me gustaba la casa, le dije que sí, que era una casa muy bella. Hay fantasmas, me dijo mientras seguía sonriendo. Y casi enseguida me invitó a tomar mate en la cocina. Acepté y recorrimos un largo pasillo hacia el fondo de la primera planta hasta llegar a una cocina espaciosa y muy ordenada. En una de las paredes había un retrato al óleo de una señora con anteojos, me llamó la atención y le pregunté por él.
Es Quela, me dijo, una amiga de la infancia que murió hace un tiempo. El cuadro lo pintó un sobrino suyo, el artista de la familia. Lo dijo como si en toda familia hubiera, o debiera haber un artista, con la misma lógica uno podría pensar que en toda familia debiera haber un abogado, algo que preferiría ni siquiera imaginar, aunque todo esto lo pensé después, recordando nuestra charla de la tarde.
Entonces me contó la historia de Quela, era la hija mayor de un matrimonio muy humilde, fueron amigas desde niñas y compañeras de colegio además de vecinas. Cuando se hizo adolescente se puso muy bonita y llamó la atención de un compradito de la zona. En esa época había todavía personajes así, cuchilleros, malevos de barrio que hacían trabajar a algunas mujeres para ellos. Quela se enamoró de la prestancia varonil y también, porqué no, de su halo de coraje y su renombre. El quiso hacerla trabajar para él y ella en cierta forma lo hizo pero no de la manera en que él pretendía. No estaba dispuesta a caer en eso, de modo que lavaba ropa para otros, planchaba, hacía las tareas más dispares para mantener a su rufián, contra los consejos de sus amigas y en especial de Valentina. Un día quedó embarazada y el compadrito amenazó al futuro bebé, no quería ni oír hablar de él, entonces Quela tuvo a su hijo y para no enojar a su hombre y poner en riesgo al bebé, lo dio a una familia que vivía en el campo. Era una niña. Con el tiempo a él lo mataron en un entrevero en un boliche y Quela nunca volvió a enamorarse, quedó para siempre con la tristeza de ese amor perdido y fallido como una cicatriz, aunque muchos años después se casó con un hombre ya mayor. A su hija no la volvió a tener con ella nunca más y el vínculo siempre fue frío y distante. Cuando ya estaba grande enfermó de cáncer en las cuerdas vocales y fue en esa época o un poco antes que su sobrino pintó su retrato. No era un gran cuadro pero tenía algo, una alegría debida quizás al color o la luz, en la tela ella posa mirando al espectador con una linda sonrisa bajo la luz del sol que atraviesa una parra y cae sobre su ropa y las paredes como manchas amarillas. Valentina me decía que pensaba que le estaba sonriendo a ella y de algún modo le hacía compañía, le parecía que era como si estuvieran juntas. De pronto me dijo algo extraño: No sabría decirle por qué joven, pero para mí los recuerdos tienen el olor del jabón, huelen a jabón.
La frase me pareció enigmática y no se me ha borrado de la memoria y aunque no la entendí me gustó mucho. Yo me sentía muy bien en esa cocina de San Telmo, tomando mate con la anciana y escuchando sus historias.
Le pregunté por qué tenía las puertas abiertas a todos y a cualquiera y me dijo que le gustaba que la gente paseara por su casa como si fuera una prolongación de la vereda, como una parte del barrio, que no tenía nada que esconder ni guardar y que todo aquel que entraba le dejaba algo, un nombre, una sonrisa, una promesa de volver a verla, un momento compartido, la descripción de otra ciudad u otro país. Le parecía mucho más natural que fuera así a estar encerrada bajo llave. Dicho así no tuve más remedio que estar de acuerdo con ella.
También yo le conté algo de mí esa tarde, aunque todavía un poco intimidado por lo bien que me sentía en su compañía. Al rato me despedí con la promesa de volver a visitarla.
Esa noche, como decía, estuve pensando en las cosas que me dijo y en su peculiar manera de ser y relacionarse en completa libertad. Pensando en lo que dijo de los fantasmas, en los recuerdos con olor a jabón, en la historia de su amiga, en las cosas que le había contado de mí sin conocerla y también en que tenía ganas de volver otro día a charlar con ella. Yo me había separado hacía muy poco después de cinco años en pareja y me sentía muy solo y bastante triste, el día que subí las escaleras de Defensa 715 estaba perdido, vagando sin rumbo, como llevado por el viento. Valentina se dio cuenta esa tarde porque en medio de su historia me dijo: Tiene una cara muy triste joven, el tiempo alivia todas las heridas. Y a pesar de ser una cosa tan dicha, tan trillada, me hizo bien escuchar que ella me lo dijera. Sonaba verdadero en su voz.
La segunda vez que la fui a visitar me contó algunas otras cosas de su vida, había crecido en ese barrio donde conoció a Quela, había sido maestra, se había casado y había enviudado pronto, no había tenido hijos, su marido le había dejado esa casona y una pensión y ahora vivía de recuerdos. Presté más atención a la casa y las cosas esta vez y noté que había muy pocos muebles, el espacio era lo más importante en los ambientes, lo dominante. El espacio beneficiaba al silencio, que también era dueño de los ambientes, ahora me daba cuenta de que había un silencio importante en aquella casa. Tenía, eso sí, una buena biblioteca, mucha ficción y también poesía. Hablamos de ello y fue entonces cuando le confesé que me gustaba escribir, hizo una sonrisa callada como si ya lo supiera, me preguntó qué escribía y estuvimos un rato hablando de autores y libros.
La tercera vez que fui no la encontré en la sala ni en el comedor y fui hasta la cocina. Estaba tomando mate con una chica de pelo corto que me presentó como Malika, el nombre me llamó la atención y me gustó su rostro que me miraba con una sonrisa divertida. Valentina le dijo que yo era su sobrino y que era pintor. Me sorprendió porque en una sola frase había dos mentiras. Malika hizo una broma como que todos los pintores son sobrinos de alguien o que todos tienen sobrinos pintores, era evidente que ya conocía la historia de Quela y seguro que advirtió la mentira en la frase. Yo me senté con ellas, pero siguieron en la conversación que estaban y me entretuve pensando en que tal vez lo de Valentina no era una mentira sino otra cosa, parecía más bien que ella recogía historias y personajes y los mezclaba, los trenzaba con su historia, con sus recuerdos, y construía nuevos relatos uniendo el presente de otras personas con su pasado, entonces siempre había nuevos elementos en su discurso, nuevos personajes y nuevos hechos. Podía ser, ¿porqué no?
Entonces escuché que Malika me hablaba mientras me alcanzaba el mate y se reía: che, te colgaste, como dicen ustedes, ja, ja, ja. Me pareció encantadora y me reí con ella mientras le aceptaba el mate. Seguimos hablando los tres un rato y Valentina nos contaba del prostíbulo que había en su barrio cuando era chica, las cosas que le llegaban a ella como rumores o chismes de lo que allí ocurría, las manchas de sangre que descubrían los chicos del barrio ciertos días en las paredes de las casas cercanas, como si fueran huellas de posibles duelos entre los clientes, alguna liga de color olvidada en la calle de tierra como una señal de placeres obscenos, cosas así. Al rato Malika dijo que se iba y yo me ofrecí a acompañarla. Cuando salimos la invité a tomar algo y le aclaré que no era pintor. Se rió y me dijo: ya sé, no tenés cara de pintor.
¿Y de qué tengo cara? le pregunté. De gato, dijo ella y se volvió a reir. Estuvimos un largo rato juntos y nos gustamos, ella era hija de polacos aunque había nacido en Sao Paulo y estaba en Argentina desde hacía un año estudiando música, quería aprender a tocar el bandoneón y estaba tomando clases con un viejo músico de tango, además de estudiar español, como dicen ellos, o castellano, como decimos nosotros. Hablamos de Valentina, ella la había conocido hacía un mes, era la tercera vez que la veía, le había cautivado su personalidad y le contaba cosas de su vida en Brasil a cambio de viejas historias de compadritos y cuchilleros que la fascinaban.
Y no le importaba si eran reales o inventadas. Me preguntó: ¿es verdad que ahí nació Tita? Ahora me reí yo y le conté la otra versión, aunque quién sabe.
Quedamos en vernos de nuevo y en ir juntos a visitar a Valentina otra vez. Y fuimos a la semana siguiente. Cuando llegamos la puerta estaba cerrada, nos extrañó mucho, golpeamos y tocamos timbre pero nadie salió. La mujer encargada del restaurante de enfrente nos vio y nos hizo una seña para decirnos algo. Valentina había muerto hacía dos noches, unos extranjeros entraron a su casa como siempre, a eso de las once de la mañana y al no encontrarla recorrieron la casa hasta que la vieron en su dormitorio. Parecía dormida, porque tenía en la cara una expresión muy serena, pero estaba muerta. Avisaron a la policía y al rato se la llevaron y cerraron la casa.
Quedamos desolados y mudos. Nos fuimos caminando despacio, tomados de la mano, nos metimos en un bar, nos sentamos uno junto al otro. Yo no podía dejar de pensar en esa puerta cerrada, era como la losa de una lápida. Pura violencia muda. Entonces creí entender algo, y enseguida se lo comenté a Malika. Tal vez Valentina me había nombrado sobrino pintor para que yo hiciera su retrato, como Quela tenía el suyo, y que lo hiciera a mi modo, que escribiera sobre ella. Tal vez fuera así, y si no era así lo sería, porque pensaba hacerlo, lo iba a intentar.
Cómo me gustaría estar a la altura, cómo me gustaría no defraudarla. Cómo me gustaría encontrar en el aire las pompas de jabón de sus recuerdos y hacerlas volar todavía más alto y que no exploten nunca.

