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tancarloscomoyo

el cuaderno cultural (número 41)

el cuaderno cultural (número 41)

 

Otra clase de pintores, texto publicado en El Cuaderno Cultural en su edición número 41

http://elcuadernoculturaldelavoz.blogspot.com.es/2012/12/el-cuaderno-41.html

 

 

anti narciso

 

La vieja idea de acostarse

a la orilla del río y ver pasar

lo que arrastra la corriente

troncos, basura, cadáveres

de hombres y animales

uno puede llorar en el río

y nada lavará esas lágrimas

uno puede dejarse ir

como un cadáver más

como si uno estuviera

en el borde de la avenida

viendo pasar autos, motos

colectivos, basura, y entre

todo eso su propio cadáver

lavado de tan blanco de tan

abandonado a su suerte

exhibiendo su desnudez

inerte en las horas pico

concitando tras de sí

la furia de los ciudadanos

como si desde el cuerpo-cadáver

uno violentara las orillas

arrastrándolas sin pausa

a una laxa horizontalidad

donde es más difícil mentir

a causa de tener el cielo

justo frente a los ojos

 

 

 

poemas en Poetas Siglo XXI

 

gracias, Fernando Sabido Sánchez, por publicar mis poemas en tu excelente blog:

http://poetassigloveintiuno.blogspot.com.ar/2012/07/7208-carlos-ardohain.html

 

noche abajo

 

Miro distraido hacia el patio de abajo

los gatos merodean los charcos que dejó la lluvia

en uno de ellos se refleja una ventana

iluminada del edificio de enfrente

donde una mujer cocina cabeza abajo

en un charco vecino una mancha de luz oblonga

ocupa el centro del agua plana

estoy un rato mirando su brillo mudo

de pronto entiendo que es la luna

el espeso aire de la noche propicia

pensar en brujas que siempre son tres

Titis, Vitis y Tivitis no tejen

solo beben sonríen y esperan

la mujer en la ventana

apaga la luz y se va

los gatos se sientan a mirar las sombras

la luna se mudó al charco de al lado

 

 

 

un hombre

 

Un hombre encerrado

en un cuarto sin aberturas

anhela la libertad del espacio

que rodea su celda

Un hombre caminando por ese espacio

desea estar dentro del cuarto

piensa que ahí sería inexpugnable

Un hombre situado en el pensamiento

imagina el cuarto, el espacio, el hombre

adentro y el hombre afuera

Otro hombre escribe en un papel especulaciones

alrededor de lo abierto y lo cerrado

el papel es su teatro, los márgenes son las paredes,

el color blanco es el espacio vacío

que contiene la opción de lo infinito.

 

 

 

es cribir

 

mientras la tierra ofrece

sus cadáveres sagrados

en la mesa del tiempo

mientras todo eso

que parece casi nada

nos atraviesa

escribir es cosa del cuerpo

todavía

 

 

 

fin

 

Hundido en la desazón, estuvo un rato sopesando las alternativas: pincel o lápiz, lápiz o pincel. Al fin eligió el lápiz, el de mina más dura, y se abocó a sacarle punta hasta que obtuvo de él un cono perfecto con un vértice negro afiladísimo. Procedió a despojarse de todas sus ropas, pensaba que ese ritual exigía que el cuerpo estuviera desnudo. Fue palpando el flanco izquierdo de su tórax hasta encontrar el espacio intercostal debajo de la tetilla. Apoyó apenas la punta del lápiz, con la delicadeza necesaria para comenzar una línea de puntos al infinito o como quien escribirá la frase definitiva que responda todas las preguntas. Entonces empuñó el lápiz con firmeza y sosteniéndolo perpendicular lo introdujo en su cuerpo empujando con todas sus fuerzas hasta que sintió el indefinible dolor del corazón perforado. Todo ocurrió en un instante, la mano soltó el lápiz, su cuerpo cayó como si se descolgara de un teatro de marionetas, su boca exhaló el último aire que no volvería a necesitar y, en un efecto reflejo del organismo que se abandona, se le dilató inmediatamente el esfínter anal.

Lo que sucedió entonces podría considerarse una broma macabra de algún dios muy menor y bastante desquiciado: del orificio abierto, como una boca en expresión de asombro, comenzó a brotar una chorrera de monedas de oro que, al detenerse, alcanzó casi la misma dimensión del cuerpo que yacía inerte, el cuerpo que se había puesto a sí mismo su punto final.

 

 

usted también

usted también

muestra

muestra

nocturno

 

En un papel hay un cuento donde

un asesino de mujeres aparenta ser

un hombre común ocultando una navaja

debajo de los pliegues de su camisa

en otro papel hay unos cuantos bocetos

de los mudras más conocidos del budismo

que a veces intento reproducir con mis manos

la botella vacía anuncia un final anticipado 

y el espejo devuelve una imagen borrosa

a mis pupilas vencidas por el cansancio

más allá de la ventana llueve de esa forma

salvaje que hace que piense

que la naturaleza es un espectáculo de circo

y vos no estás en ningún lado, ni en la cama

ni del otro lado del teléfono ni siquiera ya

dentro de los meandros que configuran

mi imaginario laberinto para llegar hasta vos

 

 

 

zoom

 

Un vestido colgado en la soga

La soga tendida en la terraza

La terraza en lo alto del edificio

El edificio en medio de la ciudad

La ciudad más grande del país

El país en el extremo del continente

El continente en el hemisferio sur

El hemisferio sur del planeta

El planeta que se llama Tierra

El planeta Tierra en el sistema solar

El sistema solar en el espacio

El espacio que compone el universo

Junto con la materia oscura y los agujeros negros

Nada de todo eso me importa

Lo que yo quiero es abrazarme al cuerpo

Que suele estar dentro del vestido

 

 

 

un huevo

 

Hoy me rapé completamente

me corté todo el pelo

y lo metí dentro de un sobre

de correo común

me costó mucho trabajo

el pelo es rebelde

salía por todos lados

más tarde lo llevé

a la oficina postal

y lo mandé al Museo

del pelo de Turquía.

Ahora estoy dibujando

en mi calva flamante

una trama de ramitas

para construir un nido

necesito que un ave

imaginaria empolle

un huevo en mi cabeza

antes que lo cubra

la maleza capilar

 

 

 

el agujero en el mar

 

Un agujero en la superficie del mar

que se abre únicamente en la luna nueva

guarda los deseos eróticos de los muertos

cuando el agujero se abre esos deseos hambrientos

tienen permitido salir por unas horas

a invadir el sueño de cualquier persona

y beber toda la noche el deseo del durmiente

pero con las primeras horas del alba

el agujero se cierra y si ellos no han vuelto

quedarán vagando por la tierra hostil de los vivos

para desaparecer en pocas horas en la nada

generando, ahora sí, el deseo de los soñadores

ante la ausencia de sus visitantes nocturnos

 

 

poema sin título

 

Yo buscaba la palabra imposible

mientras

vos escribías un diccionario

a veces nos encontrábamos

entre paréntesis o después

de los puntos suspensivos

yo buscaba paradojas

mientras

vos encontrabas la sintaxis

a la noche nos abrazábamos

acostados en la nube del sentido

el lenguaje es un lugar

perfecto para ir desnudo

mientras

caminamos sin dejar rastro

en la página en blanco

 

 

 

divagar, devenir

 

Si tuviéramos la conciencia permanente de nuestra efímera precariedad y fuéramos tan frágiles, tan transparentes, tan livianos. Si pudiéramos condensar en nuestro pensamiento la primera mañana que vimos el mundo, la última vez que quisimos morirnos, la esquiva belleza que percibimos hace un rato mirando de reojo algo que no teníamos que mirar. Si entendiéramos que el azar proporciona atajos convenientes a la maravilla, que no controlar es tener confianza suprema en la naturaleza. Si disfrutáramos de manera adánica de la inefable interferencia entre el reflujo de la marea y el crecimiento de la necesidad del agua de cubrirlo todo. Si escucháramos la melodía que suena en el silencio, antes de la palabra y de la música, antes de los lugares comunes que escribimos tratando de expresar esto desde siempre. Si asaltáramos el cielo y comprobáramos que está vacío, si cayéramos en el error y resultara que nos enriquece, si afrontáramos la esquiva sensación de mirarnos en el espejo de nuestra propia e inmisericorde incertidumbre y descubriéramos que lo que vemos ya lo hemos visto antes. Si ejerciéramos por un tiempo limitado el poder de abandonarnos a la paradoja, burlando el razon-onamiento, pasando por el costado del silogismo de carpeta de secundario. Si no nos quedáramos atados a una serie de repeticiones verbales para darle ritmo a otra serie de expansiones verborreicas verbogenéricas casi (pero no) automáticas. Si fuéramos audaces y primigenios, feroces y proteicos, fluidos y ubicuos como llamas que arden sin necesitar oxígeno, como rayos que anclan la tormenta a la tierra que quiere fecundar. Si a pesar de saber que todos son yo y yo soy todos tuviera el valor de abandonar el plural cuando lo que quiero es hablar de mí y de la disposición de dejarme atravesar por las historias que pasan a través de mi cada vez más borrosa identidad, que va perdiendo nitidez a medida que se funde en la empatía con los personajes a los que procuro ser fiel, a los que intento captar en sus motivaciones más profundas. Mientras tanto el tiempo fluye entre los hombres y mujeres, entre las cosas y los animales, entre mi conciencia y la necesidad de contar, incluso dejando la incertidumbre de la verosimilitud como otra de las curvas del espìral que se va dibujando entre el pasado y el presente, entre la fugacidad y lo que pretende dejar registrado lo que siempre huye, lo que siempre está en movimiento. Sentir el suave devenir del tiempo en la conciencia, como el aliento que entra y sale de los pulmones, o no sentir, sino saber que eso está sucediendo aunque no lo estemos sintiendo en todo momento, forma parte de la verosimilitud de la existencia, de la mía y de la de la persona que esté leyendo esto en este momento, y eso, por ahora (que es siempre), a mí me basta y sobra. Entonces dejo la duda de lado y sigo.

 

el pintor ciego

 

Nelson Rafecas es un artista uruguayo al que llaman el pintor ciego. En verdad había sido pintor, pero después del accidente automovilístico que ocasionó su ceguera, había dejado de pintar. Desde entonces se dedicó a dibujar —con muchísimo éxito— pero la gente y los medios lo seguían llamando el pintor ciego. Él se reía de eso, como de casi todo. Ella lo conoció por una nota que le encargó una revista y desde entonces se hicieron amigos. La primera vez que viajó a verlo a su casa, un departamento pequeño en la calle Maciel, en plena ciudad vieja, la sedujo con su conversación y su forma de ver la vida. No de ver, en realidad, sino de entenderla, de relacionarse con ella. Rafecas le contó lo que sentía dibujando. Consideraba que la pérdida de uno de los sentidos podía constituirse en una ventaja, en su caso había sido así. Amaba el olor del papel, la rugosa textura de su superficie; decía que podía oir el sonido del grafito deslizándose y sentir la imperceptible resistencia que oponía la granulosidad a la mina finísima que usaba para dibujar. Podía sentir, en el lápiz que hacía contacto con el papel, la diferencia entre una parte dibujada y otra en la que el papel estaba en blanco, y así nunca dibujaba sobre lo ya dibujado. Las imágenes que producía eran inclasificables, paisajes de otro mundo, filigranas barrocas que tanto podían ser un bosque de flora demencial o una foto de tejido animal tomada con microscopio electrónico. Y balanceando esa proliferación de líneas y sombras, zonas en blanco iluminadas únicamente por algún detalle, un pequeño dibujo que, como un pequeño ser, era el único testigo y habitante de ese microcosmos. Un prodigio de belleza y de misterio. Cuando la periodista le comentó sus impresiones después de ver varios dibujos, todos hechos a lápiz en grandes hojas de formato rectangular, Rafecas estalló en una carcajada carrasposa. Después le dijo: —No te lo tomes tan a pecho. La gente decía que estaba loco cuando dije que, ya que me había quedado ciego, me iba a dedicar al dibujo, pero viste que la gente dice cualquier cosa. Yo descubrí una nueva dimensión en mi arte, algo que ni siquiera había intuido de mí. Me di cuenta de que antes solamente había arañado la piel del monstruo, pero ahora estoy metido adentro de la cosa hasta los huevos. Qué me importa que no lo entiendan, fijate que me llaman el pintor ciego, y resulta que los ciegos son ellos.

Bajó con él a tomar una cerveza en un bar y volvió a Buenos Aires a escribir su nota.

Ültimamente Rafecas, además de sus trabajos en papel, está dibujando en la calle. Se hace llevar por algún amigo a cualquier lugar de la ciudad en el que haya una pared blanca lo suficientemente grande y visible para dibujar. Primero mide la pared abriendo los brazos, como queriendo abarcarla. Después pasa sus manos por la superficie, acariciándola, para conocer la textura, las irregularidades y detalles, y por fin empieza a dibujar siguiendo una dirección. Lo hace desde el ángulo superior izquierdo y a medida que dibuja va avanzando en diagonal hacia abajo y hacia la derecha. Dibuja con lápices de carbón y después de concluido, si alguien pinta un graffitti encima o le dan una mano de pintura a la pared, lo tiene sin cuidado. Dice que son regalos para  la ciudad y ella puede hacer lo que quiera con sus dibujos. Una vez había terminado uno de ellos y cuando se iba, un vecino, mirando el cielo nublado, amenazante, le dijo: —Maestro, la lluvia se lo puede borrar.

Él le contestó sin dejar de caminar: —¿Y a mí qué carajo me importa? Ya lo hice.

Y se fue a un bar para tomar su cerveza.

 

de la plata no me río

 

Ya que en el agua no hay sal, habrá que buscar la plata del río. Ahí abajo no hay sino deudas. No hay desierto sino desconcierto. Cadáveres, música olvidada, palabras sueltas para componer poemas, canciones o novelas anchas y cortas. Hay frío y olvido debajo de la frazada del agua, hay lo que no puede haber, lo que no se quiere ver. Historias ignoradas, dentaduras NN, cascos de barcos fantasmas, joyas de la corona y coronados de gloria moridos. Anda a buscar la plata del río, niño caracol, que en el agua no hay sal. Ignominia de la soledad, salto de rana y bagre lustroso, carroña de la intemperie cubierta de agua sucia, sepultura de glorias no consolidadas. En el agua no hay plata, mamá, estos barros huelen mal. Ahora a desenlodar al niño caracol, al niño rana.

 

 

con ser va

 

En el país de mi infancia

todas las tapas de los frascos eran rojas

por eso cuando tuve tu corazón

al alcance de mi mano

tapé con él la boca de mi alma

en la certeza de que su contenido

se conservaría durante muchísimo tiempo

 

los incógnitos en el federal

los incógnitos en el federal


fotografía de Lino Rossi

Los incógnitos según David Pérez Vega

 

una reseña de Los incógnitos en Desde la ciudad sin cines