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tancarloscomoyo

la luna de masson

la luna de masson

André Masson, La luna, óleo sobre tela


Viene la luna en su gala de esfera
vestida de carmesí y arranca
licores de las bocas,
con su sonrisa helada fascina
jovencitas que estremecidas por el derrame
de su primera sangre
aferran contra su pecho un bello narciso
y todo es misterio como si fuera
un sueño como si fuera la muerte
como si fuera mañana

de 13, Poesía en Tierra, Fondo de Cultura Económica, 2005

error de cálculo


Hace algunos días comencé a hacer una prueba. Decidí alargar los tiempos de las cosas que tenía que hacer, demoré el ritmo, me ralenté. Lo encaré como una especie de experimento, pero pensaba que si funcionaba podía ser otra manera de moverme en el mundo y la adoptaría.
Las cosas no me estaban saliendo bien y se me ocurrió que la causa podía ser un problema con el tiempo, como si tuviera un desfasaje. Tenía la sensación de llegar siempre quince o veinte minutos tarde a las situaciones, a las oportunidades, y otras veces, de hacerlo antes de tiempo. Y de que esos lapsos de diferencia colgaran como pliegues en el mapa de mi vida y esos pliegues me hicieran tropezar, me distrajeran, me arrugaran el desplazamiento.
En ocasiones me parecía estar llegando a algún lugar cuando alguien importante, definitivo para mi vida acababa de irse. Sé que es algo que le sucede a muchas personas y que es una impresión tan contundente que marca nuestro ánimo. A mí me ha pasado mucho y me ha parecido verdadero. Fue entonces que me propuse actuar para modificar eso. Ahora bien, me di cuenta de que para ser consecuente con este experimento y para que el proyecto sea real y funcione, debería estirar el tiempo hacia atrás como lo hago o intento hacerlo hacia adelante, dado que el tiempo es uno y lo que afecta a una parte afecta al todo.
Quizá la idea se me haya ocurrido observando el andar manso de los ancianos, que parecen desarrollar sus movimientos con la suavidad de las hojas movidas por el viento y al mismo tiempo con la precisión de un reloj, o pensando en la parsimonia de los gatos y la elegancia de sus movimientos. Cuando niño teníamos uno muy lindo y yo envidiaba la calma indiferente con que se estiraba plácido en las ramas de la higuera. Recordé esto hace poco en un flash, estaba pensando que la clave para empezar a comprender y manejar esa alteración en el transcurrir del tiempo residía en la manera de respirar, de manera que quise estudiar mi respiración y sobre todo escuchar el sonido que hacía al modificar su ritmo y su frecuencia. Para hacerlo no tuve mejor idea que meter la cabeza en una bolsa de nylon. Pensaba que así oiría claramente el sonido de mi aliento entrando y saliendo y tomaría mayor conciencia de ello. También escuchaba el levísimo crujido que hacía la bolsa al inflarse y desinflarse cuando inspiraba y exhalaba, estuve un rato concentrado y empecé a marearme de tanto respirar mi propio aire, me vino a la mente la imagen del gato de una amiga que siente pasión por las bolsas y cuando alguien llega con una él no puede resistir el impulso de meterse adentro, allí se mueve y juega y se siente feliz, y cuando era niño yo quería sentirme así, como el gato en la bolsa, pero ya estaba a punto de desvanecerme por la falta de aire, de modo que saqué la bolsa de mi cabeza de gato y salí al balcón a buscar un poco de oxígeno.
Lo que yo pretendía, tomando en cuenta que en un aspecto subjetivo el tiempo es pura percepción, era cambiar esa percepción que tenía de él para poder modificar la manera en que el tiempo actuaba sobre mí y mi devenir. Y lograr así alterar el momento en que suceden los acontecimientos que me involucran o que me importan. Y en los que participo o en los que quiero participar cuando no participo por haber llegado algo temprano o demasiado tarde.
Lo primero que hice fue demorar en levantarme a la mañana, en lugar de enfrentar el día con la energía de una lucha cuerpo a cuerpo, lo dejaba llegar, lo veía avanzar con su inexorable marcha, y en un momento empezaba a acompañarlo, me adosaba a su andar. Esa parecía una manera más ondulante, más atenuada de deslizarme en la vigilia.
Ahora bien, como todo procedimiento requiere un método y yo tampoco quería transformarme en una tortuga, elegí establecer una regla para disminuir la velocidad de mi bioritmo. Empezaría a prolongar la duración de mis actos agregándoles la mitad del tiempo que había tardado el día anterior en realizarlos, al día siguiente les sumaría la mitad del tiempo que les había agregado la víspera y los días sucesivos efectuaría la misma operación hasta que los segmentos fueran medibles y por consiguiente pudieran sumarse, aunque algo me decía que el sistema podía ser infinito.
El primer día la ducha matinal que antes me tomaba diez minutos pasó a durar quince, el segundo día demoré diecisiete minutos y medio, y así hice con el desayuno y todas mis demás acciones y actividades. Eso requería constancia y estaba dispuesto a tenerla. La transformación estaba en marcha. Si había una cita o un encuentro preparado para mí y no había tenido lugar por causa de un desarreglo, de una desarmonía crónica, la reparación se estaba produciendo y más tarde o más temprano ocurriría.
Y tal vez se diera la paradoja de que al hacer más lentos mis movimientos estuviera apresurando algún acontecimiento o rescatándolo del no suceder.

Los días que siguieron fueron raros, yo me sentía distinto en algunos aspectos, pero era una diferencia leve, sutil. Tenía la sensación de percibir a algunas personas como si fueran esas figuras que en las fotografías quedan con medio cuerpo fuera del cuadro y nos dan la impresión de estar huyendo de la imagen o, lo que es quizá más inquietante, estar llegando de forma inesperada. También me parecía ver sombras en movimiento detrás mío, un pantallazo fugaz al darme vuelta, un vértigo instantáneo al doblar una esquina, una vibración en el aire del lugar al que yo llegaba como si alguien hubiera estado ahí segundos antes.
Además empecé a sentir que las cosas que me sucedían, los hechos cotidianos empezaban a tener el mismo carácter de los recuerdos, se hacían más insustanciales, imprecisos, parecía que fueran de la misma materia de la que está hecha la memoria. Esto me provocaba una conducta extraña que la gente que me conocía empezó a notar. A menudo me encontraba hablando en pasado de cosas que estaban ocurriendo. Era evidente que había algo en mí que se estaba moviendo de lugar.
Cuando regresaba a mi casa caminando a mi nuevo ritmo y con los horarios modificados que eso provocaba empecé a cruzarme con otra gente, personas que nunca había visto, cada hora tiene su circulación en la ciudad. Yo volvía entonces entre personas extrañas, viéndome en los espejos de las vidrieras con una mirada lateral, lanzada de reojo, y esa percepción oblicua de mi imagen me devolvía la impresión de estar observando a un desconocido con un lejano parecido a mí. Mi cansina forma de moverme contribuía a ese extrañamiento. Ahí fue cuando pensé que a medida que yo cambiaba, el mundo también se modificaba, al menos mi mundo, y eso me hizo sentir que estaba en el camino correcto.
Pero hoy sucedió algo que todavía no asimilo y me cuesta referir. Estaba esperando el ascensor en un edificio torre donde tiene las oficinas un cliente mío, es una torre de última generación, lo que se llama un edificio inteligente con un lobby inmenso de acero y granito. Cuando llegó el ascensor comenzó a salir gente y mientras esperábamos que terminaran para poder entrar vi venir a una persona muy parecida a mí, se acercó más y esa persona parecía ser yo, mi imagen avanzando hacia mí, en un momento levantó la vista y me miró y lo miré y fue un segundo de estremecimiento que sacudió mi cuerpo como un rayo, sentí un escalofrío de terror que se reflejó en el fondo de su mirada, de los ojos abiertos de asombro y pavura, yo pude sentirlo por ambos, bajamos la vista y salió del edificio sin darse vuelta a mirar atrás aunque hubiera querido hacerlo para estar seguro y entré en el ascensor temblando sin abandonarme a mi impulso de seguirlo hacia la calle a ver si era cierto. Subí en el ascensor y volví a bajar, no podía hablar con nadie de nada en ese momento, vine a casa a pensar, a revivir lo sucedido. Ahora sé que desnaturalizar el ritmo de las cosas es muy peligroso, que lo que yo pensaba que eliminaría pliegues en realidad produjo uno enorme en un lugar en que no debería haberlo, que lo que pasó es como si hubiera doblado un papel y hubiera yuxtapuesto dos palabras que no debieran estar juntas, que no fueron pensadas para encontrarse en una frase. De tanto verme en espejos fugaces, pasé a eliminar el espejo de un golpe y dejar las dos imágenes sin el límite y el soporte que les da sentido y las ubica a cada una a un lado de la realidad, de pronto todo parece ser reflejo y ya nó sé dónde está lo reflejado, dónde estoy. Tengo miedo, pero también curiosidad al pensar que puedo estar o creer que estoy en este mismo momento en otra casa, en otro escritorio como éste, un poco aturdido y bastante confuso como aquí y ahora, escribiendo un texto como éste, o mejor dicho este texto, pensando que puedo estar aquí escribiendo, desarrollando la conciencia de estar en ambos lugares escribiendo, tratando de entender lo que no se puede entender y pensando o imaginando lo que puede llegar a suceder conmigo, lo que habrá de ocurrir inexorablemente de acá en más…

 

correspondencias

correspondencias

a la izquierda: Mujer y serpiente, óleo, Carlos Ardohain - a la derecha: fotografía, Vanessa Beecroft

lo sentido y el sentido

 


Un hombre se detiene a pensar
que a lo largo de su vida
ya podría haber muerto cien veces
otro hombre se toma su tiempo
para pronunciar en voz baja
los noventa y nueve nombres de su dios
una mujer sentada en posición de loto
practica la autoconciencia de respirar
en nueve series de diez
y se queda dormida antes de completarlas
mientras tanto las mismas palabras de siempre
se siguen escribiendo y borrando escribiendo y borrando
en papeles en pantallas en las mentes
de personas que guardan esperanza que piensan que la vida
no tiene sentido pero merece la pena
un hombre vacila tres veces ante la misma disyuntiva
una mujer lo piensa dos veces antes de decir
que no de decir que si antes de ir
al encuentro de su destino
un niño camina cien veces de la orilla
al pozo que hizo en la arena
llevando agua en su baldecito para cambiar el mar de lugar
una estrella en el cielo nocturno titila
infinidad de veces proyectando su luz
aún millones de años después de haber muerto.

 

copi ando mal a copi

 

En horas de la madrugada de pronto escuché gritar
a mi hijo que desesperado pedía auxilio por altavoz:
¡socorro, me ahogo, papá, por favor!
yo acudí corriendo, lo llevé ipso facto hasta el baño
y le dije tratando de calmarlo: escupí al Copi que tenés
metido adentro, y agachado y entre arcadas vomitó
a una gran rata alterada que salió gritando:
“¡viva la revolución! estoy enamorada”
y mientras escapaba por un andamio seguía gritando:
“¡aprendan el francés, hablen al revés!”
nosotros le tirábamos cascotes gritando también:
“¡andá a jugar a las rimas a lo de tu prima, rata atorranta!”
ahí nos dimos cuenta de que nos había robado
el libro de José Bianco, seguro para comérselo
pero estábamos tan desvelados que decidimos
hacer un estofado para el desayuno, nos colocamos
nuestros barbijos y pusimos manos a la obra,
hongos de la Amazonia, maconha del Paraguay,
ajenjo fresco de Francia, Marositas di Giorgio y ajíes Pizarnik
vino de Chile Lihn y laurel para conjurar la gloria;
flor de un día, cuando estábamos por probar el manjar
volvió la rata con deseos de parlamentar:
“extraño el calor de hogar, me puedo volver a quedar?”
dicho lo cual agarró una cuchara y comenzó muy presta
a devorar, nosotros totalmente conmovidos
le dijimos al unísono al oído: “rata cruel, pobre ser desvalido
has ido demasiado lejos, más de lo permitido”
y acto seguido la empujamos de cabeza
dentro de la olla, a esta altura popular,
con el caldo hirviendo todavía, el refuerzo de calorías
hizo más nutritiva la comida, pero nosotros
perdimos momentáneamente el apetito.

 

 

no

 

No se arma con fragmentos sino con restos
la ardua tarea de rescatar la vida
del horroroso espectáculo del mundo
la primera intención es cerrar los ojos
y uno los cierra y después los vuelve a abrir
en la única volición que admite el estupor
y sin embargo hubo un acto en cuestión
sumado a infinidad de otros actos puestos
en movimiento por el insensato afán
no es la nada la que deja restos tras de sí
y la crueldad se expresa siempre en el cuerpo
del otro de los otros es una intervención
forzada en la intimidad ajena una procacidad
digna de peor causa y los restos son jirones
del cuerpo avasallado los jirones son parte
de una historia que nos hace siempre volver
sobre ella con el hambre de saber alguna vez
de transformar en certeza lo que sólo es intuición
aunque la intuición nos diga que no hay certezas
no puede haberlas en un devenir en el que la vida
y la muerte forman parte del mismo enigma y lo único
que obtenemos al intentar develarlo es silencio

 

 

yo no soy m z

 

 

Apagó la computadora con un gesto cansado y se sirvió un whisky. El día de trabajo había terminado y las últimas luces de la tarde se diluían en un morado oscuro a través de la ventana. Se sentó en su sillón y posó distraídamente la vista sobre el ejemplar de su último libro que estaba sobre la mesa ratona, según su editor la venta seguía a buen ritmo y no era improbable que pronto se agotara la tirada de cien mil ejemplares de esa edición. Si bien su literatura no era lo que siempre había soñado escribir y la crítica ya ni siquiera lo atacaba, sino que lo beneficiaba con un silencioso desdén, desde que había empezado con esa serie de novelas de personajes que buscan autodescubrirse en caminos pseudo iniciáticos, no había dejado de vender y de ganar dinero.
Estaba pensando en lo que le disgustaba la ilustración de tapa de su libro, una especie de peregrino que caminaba hacia el horizonte por un desierto, era el colmo del mal gusto, pero eran decisiones editoriales en las que él no tenía ingerencia, a pesar del poder de venta de su nombre. Para no hablar de la ostentosa tipografía, que en grandes letras doradas anunciaba: El caminante, de Mauro Zimbra.
De pronto una mosca se posó sobre el peregrino y comenzó a frotar frenéticamente sus patas delanteras, al cabo de un momento empezó a hacer la limpieza de sus alas. Después otra vez las patas y de nuevo las alas, era una secuencia; patas, alas, patas, parecía una especie de baile. La observaba con curiosidad y desapego, pensando quizás que el personaje de la tapa podría sentir un escozor en su nuca con la movediza presencia del intruso, en un momento le pareció que la mosca lo estaba mirando y tuvo la impresión por un brevísimo instante de estar comunicado de manera muy intensa con el insecto, enseguida se rió de su ocurrencia, se sintió un poco idiota y tomó el diario de la mañana que tenía al lado, lo enrolló y descargó un golpe seco sobre el libro que aplastó a la mosca y detuvo la sesión de aseo.
Vista de lejos la mosca parecía una mancha de tinta negra en la cabeza del caminante, como si le hubiera estallado el cráneo por el sol, al acercarse era un amasijo desagradable de ver. Pensó en limpiar la tapa con un papel pero le dio asco y al final tiró el libro, el diario y la mosca a la basura, no necesariamente en ese orden, y se sirvió otro whisky. Enseguida se acordó de ahimsa, ese precepto budista que habla de no matar ni infringir daño a ningún ser vivo, y en sentido contrapuesto recordó ciertas publicidades de insecticidas, “los mata bien muertos” y otros mensajes por el estilo. Le dio un poco de lástima la mosca y de vergüenza su conducta. Se sintió violento y torpe.
Entonces sonó el teléfono.

— Hola
— Hola Mauro, sos vos?
— Sí, cómo estás?
— Bien, cómo va todo?
— Ahí, recién tiré mi libro a la basura
— ¿Y eso? ¿qué bicho te picó?
— No me picó ningún bicho, me miró una mosca, pero ya la maté, lo que pasa es que reventó en la cabeza del peregrino.
— No entiendo nada, estás raro. ¿Cómo va el libro?
— Bien, recién terminé un capítulo.
— Buenísimo, ¿cuánto pensás que te falta?
— Dos o tres semanas, más o menos, para terminar y corregir.
— Apurate, mirá que tenemos que entrar en imprenta en un mes y medio.
— Ya me lo dijiste mil veces Francisco, dejá de presionarme.
— No es presión, es la realidad, ya están las fechas de presentación, tengo los afiches diseñados, todo. Vamos a tirar ciento cincuenta mil de entrada.
— Vamos a llegar, dejate de joder.
— Bueno, está bien, te llamo mañana, que descanses, parece que te hace falta.
— Bueno, gracias, chau.
— Chau.
Fue a poner un disco de y se tiró en el sillón. Pero estaba inquieto.
Al rato se levantó, prendió la computadora y estuvo escribiendo hasta la madrugada.

Pasó el tiempo como siempre lo hace para nuestra percepción: muy rápido. Mauro terminó de escribir la novela de la que se vendieron los ciento cincuenta mil ejemplares tal cual le había asegurado el editor y nunca más mató a una mosca, tal vez en homenaje a la que había muerto abrazada a su obra y le hizo recordar con su sacrificio el precepto de la no violencia. Lo que sí hizo motivado por ese incidente, fue escribir un texto muy raro, que empezó aquella noche y que su editor se negó a publicar. Al final salió por una editora pequeña de provincia, era un relato plagado de reflexiones, una mezcla de ficción y ensayo y largos párrafos autobiográficos, sin que prevaleciera ningún género en particular, era un híbrido, un cruce. En todo sentido era el libro más personal y auténtico que había escrito nunca, tenía solamente cien páginas y fue un absoluto fracaso editorial, aunque con el tiempo devino libro de culto y le dio a su autor el prestigio que hasta ese momento se le había negado. Por cierto, uno de los hallazgos del librillo era su título, que desde la tapa proponía un viaje diferente; se llamaba: Yo no soy Mauro Zimbra.

Y aquí es donde el narrador debiera decir con el énfasis necesario: yo tampoco.

 

 

galería de arte

galería de arte

una historia menor

una historia menor

 

La China, óleo sobre hardboard 40 x 60, Carlos Ardohain

 

Hay acontecimientos en la vida que van sucediendo impulsados por el peso de los anteriores, una cosa lleva a la otra y se va armando una espiral de hechos y consecuencias. Después está la participación del azar en ese devenir. Y las infinitas combinaciones entre lo real y lo imaginario. Esto nos puede llevar hasta circunstancias únicas y peculiares de la vida, nos puede llevar por ejemplo a la puerta que tiene el número 715 en la calle Defensa. Detrás de la puerta hay una escalera que lleva a un primer piso de amplias habitaciones de techos altos. Todos los ambientes tienen cielorrasos en bovedilla y paredes de ladrillo a la vista, las habitaciones del frente balconean a la calle que se pierde hacia el sur en dirección al parque Lezama. Quien se asome a esos balcones se puede sentir en el centro de un sueño. Hay algo en las callejuelas del barrio, en los umbrales de viejas casonas que parecen promesas de viajes en el tiempo. La anciana que vive en esa casa de alto ni siquiera sabe cuánto hace que vive ahí. Dice que en una de esas habitaciones nació Tita Merello, pero no es así, Tita nació en un conventillo que está al lado, donde unos chicos atraen a los paseantes para mostrarles, por unas monedas, la pieza donde vivió la Merello de niña.

Hace mucho que la puerta de calle permanece abierta y todo el que pasa y siente curiosidad sube y se interna en la casa sin problemas. Siempre hay extraños que se presentan y ella está feliz de conocer gente a la que le cuenta su historia, aunque cada vez que la relata la modifica un poco. Dice llamarse Valentina, dice ser hija de italianos, dice tener más de noventa pero no recuerda cuántos. Ha sido sin dudas una mujer bella, lo delatan sus ojos claros, ahora un poco acuosos, y sus finas y frágiles facciones. Todo el que entra y la conoce vuelve, a tomar mate y a escuchar su relato, siempre igual y siempre distinto. Variaciones de una historia inagotable y camaleónica. Así la conocí yo también. Entré un día en la casa, sorprendido por la puerta abierta que me invitaba a subir, y la encontré en una de las habitaciones del primer piso mirando por la ventana. Sin mirarme, de espaldas a mí, me dijo: Buenas tardes, joven. Lo dijo con dulzura, lo dijo a pesar de que yo ya no era joven.  

Yo no la había visto y me sorprendió escuchar su voz como un susurro. Su figura menuda, recortada por la luz que entraba por la ventana, con su cabellera blanca brillando al sol, parecía una visión. Me sentí invasor y, al mismo tiempo, ligeramente halagado. Me ganó una suerte de torpeza emocional y solamente atiné a balbucear: Buenas tardes, señora.

Se dio vuelta sonriendo y me preguntó si me gustaba la casa; le dije que era una casa muy bella. Hay fantasmas, me dijo mientras seguía sonriendo. Y casi enseguida me invitó a tomar mate. Acepté y recorrimos un largo pasillo hacia el fondo hasta llegar a una cocina espaciosa y muy ordenada. En una de las paredes había un retrato al óleo de una señora con anteojos, me llamó la atención y le pregunté por él.

Es Quela, me dijo, una amiga de la infancia que murió hace tiempo. El cuadro lo pintó un sobrino suyo, el artista de la familia. Lo dijo como si en toda familia hubiera, o debiera haber, un artista.

Entonces me contó la historia de Quela. Era hija de un matrimonio muy humilde, fueron amigas desde niñas y compañeras de colegio. Cuando se hizo adolescente se puso muy bonita y llamó la atención de un compradito de la zona. En esa época había todavía personajes así, cuchilleros, malevos de barrio. Quela se enamoró de la prestancia varonil y también de su halo de coraje y su renombre. Quiso hacerla trabajar para él y ella en cierta forma lo hizo, pero no de la manera en que él pretendía. No estaba dispuesta a caer en eso, de modo que lavaba y planchaba ropa para mantener a su rufián, contra los consejos de sus amigas, y en especial de Valentina. Un día quedó embarazada y el compadrito amenazó al futuro bebé, no quería ni oír hablar de él. Quela tuvo a su hija, una niña, y para no enojar a su hombre y poner en riesgo a la beba, la dio a una familia que vivía en el campo. Con el tiempo a él lo mataron en un entrevero en un boliche y Quela nunca volvió a enamorarse, quedó colgada en la tristeza de ese amor fallido. Muchos años después se casó con un hombre ya mayor. Nunca volvió a tener con ella a su hija y el vínculo siempre fue frío y distante. Cuando ya estaba grande enfermó de cáncer y fue en esa época en que su sobrino pintó el retrato. No era un gran cuadro, pero tenía algo. Quela mira al espectador con una linda sonrisa bajo la luz del sol que atraviesa una parra y cae sobre su ropa y las paredes como manchas amarillas. Valentina me decía que pensaba que le estaba sonriendo a ella y de algún modo era como si todavía estuvieran juntas. Entonces me dijo algo extraño: No sabría decirle por qué, joven, pero para mí los recuerdos tienen el olor del jabón.

No entendí la frase, aunque me gustó mucho y no se me ha borrado de la memoria. Yo me sentía muy bien en esa cocina de San Telmo, tomando mate con la anciana y escuchándola.

Le pregunté por qué tenía siempre las puertas abiertas y me dijo que le gustaba que la gente paseara por su casa como si fuera una prolongación de la vereda, no tenía nada que esconder y todo aquel que entraba le dejaba algo: un nombre, una sonrisa, una promesa de volver a verla, un momento compartido, la descripción de otra ciudad u otro país. Le parecía más natural que fuera así a estar encerrada bajo llave. No tuve más remedio que estar de acuerdo con ella.

También yo le conté algo de mí esa tarde, todavía un poco intimidado por lo bien que me sentía en su compañía. Al rato me despedí con la promesa de volver a visitarla.

Esa noche estuve pensando en las cosas que me dijo y en su peculiar manera de ser y relacionarse en completa libertad. También en que tenía ganas de volver otro día a charlar con ella. Yo me había separado hacía muy poco después de cinco años en pareja y me sentía muy solo y bastante triste; el día que subí las escaleras de Defensa 715 estaba perdido, vagando sin rumbo, como llevado por el viento.

La segunda vez que la fui a visitar me contó otras cosas de su vida, había crecido en ese barrio donde conoció a Quela, había sido maestra, se había casado y había enviudado pronto, no había tenido hijos, su marido le había dejado esa casona y una pensión y ahora vivía de recuerdos. Presté más atención a la casa y noté que había muy pocos muebles. El espacio beneficiaba al silencio, que tenía su propia presencia en la casa. Había, eso sí, una buena biblioteca. Hablamos un rato de autores y libros y fue entonces cuando le confesé que me gustaba escribir, sonrió como si ya lo supiera.

La tercera vez no la encontré en la sala ni en el comedor y fui hasta la cocina. Estaba tomando mate con una chica de pelo corto que me presentó como Malika, me gustó su rostro que me miraba con una sonrisa divertida. Valentina le dijo que yo era su sobrino y que era pintor. Me sorprendí porque en una sola frase había dos mentiras. Malika hizo una broma como que todos los pintores son sobrinos de alguien o que todos tienen sobrinos pintores; era evidente que conocía la historia de Quela y había advertido la mentira en la frase. Me senté con ellas, pero siguieron en la conversación que estaban. Pensé que tal vez lo de Valentina no era una mentira sino otra cosa, parecía recolectar historias y personajes y mezclarlos; los trenzaba con su vida, con sus recuerdos, y construía nuevos relatos uniendo el presente de otras personas con su pasado. Así siempre enriquecía su discurso. Podía ser, ¿por qué no?

Entonces escuché que Malika me hablaba mientras me alcanzaba el mate y se reía: Che, te colgaste, como dicen ustedes, ja, ja, ja.

Me pareció encantadora y me reí con ella. Seguimos hablando los tres un rato y Valentina nos contaba del prostíbulo que había en su barrio cuando era chica: rumores que le llegaban a ella de lo que allí ocurría, manchas de sangre que descubrían en las paredes de las casas aledañas, huellas de probables duelos entre los clientes, ligas de colores tiradas en la calle de tierra como señales de placeres obscenos. Al rato Malika dijo que se iba y yo me ofrecí a acompañarla. La invité a tomar algo y le aclaré que no era pintor. Se rió y me dijo: ya sé, no tenés cara de pintor.

¿Y de qué tengo cara? le pregunté. De gato, dijo ella y se volvió a reir.  Estuvimos un largo rato juntos y nos gustamos, era hija de polacos aunque había nacido en Sao Paulo y hacía un año estaba en Argentina estudiando música. Quería aprender a tocar el bandoneón. Hablamos de Valentina, la había conocido hacía un mes, le había cautivado su personalidad y ella le contaba de su vida en Brasil a cambio de cuentos de compadritos.

Me preguntó: ¿es verdad que ahí nació Tita? Ahora me reí yo y le conté la otra versión, aunque quién sabe.

Quedamos en vernos de nuevo para ir juntos a visitar a Valentina. Fuimos a la semana siguiente. Cuando llegamos la puerta estaba cerrada, nos extrañó mucho, tocamos timbre pero nadie salió. La mujer encargada del restaurante de enfrente nos hizo una seña para decirnos algo. Valentina había muerto hacía dos noches, unos gringos entraron a su casa a eso de las once de la mañana, y al no encontrarla recorrieron la casa hasta que la vieron en su dormitorio. Parecía dormida porque tenía una expresión muy serena, pero estaba muerta. Avisaron a la policía y al rato se la llevaron y cerraron la casa.

Quedamos desolados y mudos. Nos fuimos despacio, nos metimos en un bar, nos sentamos uno junto al otro. Yo no dejaba de pensar en esa puerta cerrada, como la losa de una lápida. Entonces creí entender algo, y se lo comenté a Malika. Tal vez Valentina me había nombrado sobrino pintor para que yo hiciera su retrato, como Quela tenía el suyo, y que lo hiciera a mi modo, escribiendo.

Cómo me gustaría estar a la altura y no defraudarla. Cómo me gustaría encontrar en el aire las pompas de jabón de sus recuerdos y hacerlas volar para que no exploten nunca.

 

 

 

marcha


Tres hombres avanzan en la noche por la orilla
del bosque del rio del mar con el brazo
derecho flexionado y el puño cerrado
van uno detrás de otro el primero
sostiene una linterna que apunta al suelo
va meditando el segundo esgrime
un puñal o un cuchillo de carnicero
no se ve bien está oscuro va soñando
el tercero sostiene un paraguas negro
va cantando deseando que llueva
pensando porqué no habré traído mi barrilete
con los colores de la bandera suiza ya que
avanzamos en dirección contraria al viento
el que lleva la linterna visualiza en su cabeza
una bola de fuego un hongo naranja una nube
de gas tóxico una bandera blanca en lo alto
de una escalera en llamas tiene ganas
de apagar la linterna pero no lo hace tiene ganas
de gritar pero le parece mejor hacer silencio
el que lleva el puñal sueña que mata a su padre
que tañe una campana en la iglesia de su pueblo
que aferra el timón de un bote en la tormenta
tiene ganas de soltar el cuchillo pero no lo hace
tiene ganas de vomitar pero se contiene
el que sostiene el paraguas canta sin parar
piensa que de ese modo sustenta la marcha
de los demás piensa que todos dependen de él
y se obliga a mantener el buen humor como
el que marcha primero mantiene el rumbo
y el que marcha segundo mantiene la amenaza
piensa que hacen un buen equipo imagina
qué harán cuando lleguen que dirán cuando sepan
hacia dónde van qué veran cuando dejen de mirar
la nuca del compañero las sombras de la noche
la linde del bosque la orilla del mar o del río
cómo será ser más o menos de tres tiene miedo
de saber qué pasaría si deja de cantar tiene ganas
de llorar pero sin embargo aclara la garganta y canta

 

¿tapiés o avellaneda?

¿tapiés o avellaneda?


fotografía digital, Chacabuco 111, Avellaneda

paso de los libres

paso de los libres

estructura inconsciente

estructura inconsciente


Sala Princesa, La Plata. Sábados a las 23 hs

biografía


nací
amé
morí


drago

drago


obra de Xul Solar

dimes y diretes


Escapar de la emoción del lugar común
escribir más rápido que respirar
para no caer en la conducta bipolar
de despellejar la memoria con recuerdos abusivos
y sentirnos al mismo tiempo
tan famélicos de futuro
que elegimos devorarnos la belleza
y servir como festín definitivo
la luna turca en el cielo de la mesa,
la negra cuchara oblicua al lado oscuro,
la dama ausente que oculta sus vestidos,
amarilla, abierta en v, tan violeta
que dan ganas de comerla,
canto sobre madera hueca, ritmo
que suena a sueño,
alfabeto marino, espejismo
crepuscular inacabado resonando
entre los meandros del deseo,
caparazón azul que nos preserva
-con la displicente elegancia con que el torero
dibuja su verónica en la arena-
del eco y el abismo, del mundo
y sus metáforas.


devenir


El tiempo pasa
y va borrando las palabras
a medida que las escribo
cuando se habla del tiempo
se corre el riesgo de usar
palabras absolutas
decir nunca todo siempre
el tiempo pasa
los otros
son siempre los mismos
nosotros vamos y venimos
y lo cierto es que
nunca hay nadie
aquí.


preguntas


¿Qué realidad, qué vida otra
crea el poema cuando la crea?
¿qué ignota mitología intenta derribarlo
y le impide, a la vez, caer?
¿qué atajos convoca en el cuerpo?
¿qué música suena para él,
que su continuo viaje es huir de la forma?
¿qué anhelos, qué saberes?
Sólo mi respiración en el tiempo.

felipe enseña a mirar

felipe enseña a mirar

avanzar para atrás


Estoy de espaldas pero avanzo
entre mil tonos de verde
otoño fuera del tren
y el viento trae ahora tu voz
justo ahora, como una botella
sin ningún mensaje
y así como la trae se la lleva
y hace frío
¿qué hacer?
Tu voz fue tan efímera
y yo tenía la mirada afuera,
entre los árboles.