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tancarloscomoyo

Álvaro de Campos

 

Los otros también son románticos,

los otros también no realizan nada, y son ricos o pobres,

los otros también pasan la vida contemplando maletas por hacer,

los otros también duermen junto a papeles a medio escribir,

los otros también son yo.

 

foto

foto

 

Había una foto en la que estábamos con mi hermano menor en el frente de la casa en el día de su primera comunión, parados mirando el objetivo delante de la puerta de entrada, los dos de pantalones cortos, él con su traje de ceremonia color gris, guantes blancos, un rosario en la mano y el moño blanco en el brazo izquierdo. Se nos veía contentos, los pies juntos, el cuerpo tenso y la sonrisa típica de estar haciendo fuerza para no largar una carcajada nerviosa y feliz. Peinados a la gomina, él un poco delante de mí, ocupando un lugar central en la pequeña entradita del porche. El detalle simpático de la foto era que a pesar de que los fotografiados éramos nosotros, también estaban en la toma nuestros padres. Al costado izquierdo de la imagen está nuestra madre parada, observándonos orgullosa y tranquila, pensando que la foto no la incluía, pero, quizá por impericia de la persona que la tomó, el encuadre fue mayor de lo que se suponía y el plano abierto incorporó al testigo que pensaba estar en bambalinas. El caso de mi padre es distinto. La puerta de nuestra casa tenía en la parte superior un ventanuco que se abría desde adentro a modo de claraboya o banderola. En el momento de la foto él abrió esa banderola y se asomó por ella para ver la escena, de modo que se puede ver detrás de nosotros la banderola abierta y los ojos y la frente de mi padre mirando al objetivo, al fotógrafo, a sus hijos fotografiados y al espectador, y quizá, por qué no, al futuro. Siempre me dio ternura la ingenuidad delatada por esa actitud suya, como si hubiera pensado que al estar casi todo su cuerpo oculto por la puerta, la parte de él que asomaba no fuera a verse, o como si el hecho de estar detrás nuestro y de la puerta lo hiciera invisible y él pudiera ver sin ser visto. No sé por qué no estaban juntos en ese momento, por qué ella estaba afuera y él adentro. En esa foto la casa también era joven, le faltaban partes que cuando creció en edad y tamaño se le fueron agregando. No estaba la ventana del comedor que daba a la calle al lado de la puerta de entrada y todavía no se había construido el garage ni la habitación y el baño encima del garage. Era la casa de la infancia y la infancia de la casa.

Pasaron los años y las décadas, la casa se hizo vieja, mi madre enfermó y unos años después murió. Mi padre se hizo anciano, y cuando vino a vivir conmigo, lejos de la ciudad de la costa, pusimos la casa en venta. Fue algo lento, ya que hubo que hacer la sucesión de la parte de mi madre y todo tardó mucho. Pero un día el trámite se completó, apareció un comprador y la casa se vendió. El día que viajé a firmar el boleto en nombre mío y de mi padre pasé por la casa a despedirme. Llegué muy temprano y entré como quien entra al pasado. No habíamos tenido tiempo ni oportunidad de sacar los muebles y los objetos, de modo que la casa se vendió con lo que tenía adentro. Todo estaba detenido en el tiempo y cubierto de polvo, en las paredes colgaban fotos familiares y daba la impresión de que todos los habitantes hubieran muerto o desaparecido pero los objetos los esperaran todavía. Cuando fui a la cocina me sorprendió ver que por debajo de la puerta que daba al patio se habían metido ramas que recorrían el piso de la cocina como si fueran la avanzada de una invasión incipiente. No sé por qué yo había llevado conmigo esa foto del día de la comunión de mi hermano, y estando dentro de la casa lo recordé, la saqué de mi mochila y la puse dentro del primer cajón de la cómoda de la habitación de mis padres. Después abrí la puerta de calle y salí de la casa para siempre.

glub

 

Me hundo

en la luna

del espejo

del ropero

de tu cuarto

me ahogo

en el reflejo

de la memoria

de tu cuerpo

desnudo

 

 

sí, sí, yita


He puesto mi sillita para pensar
encima de un montículo de basura
desde aquí se ven pasar chanchos
volando y soberanas vacas
pastando en las nubes de humo tóxico
a las doce de la noche empieza a sonar
el himno nacional y me surge
un pensamiento marcial: la patria
es la excusa para consumir carne humana
más tarde hice otra reflexión:
la rueda del infortunio gira
al revés que el agua de los remolinos
mi sillita tiene cuatro patas
pero permite solamente
dos pensamientos por noche
de modo que bajo del montículo
bajo las cortinas cierro los párpados
y me dispongo a dormir.

salió el número 8 de la revista Otro Cielo

salió el número 8 de la revista Otro Cielo

incluye un cuento mío, se puede bajar el pdf de acá

el día más lento

 

Domingo indeciso

la luz detrás de los muebles

no se anima a salir

las nubes no se deciden

a soltar la lluvia

yo no me atrevo a decirte

que me he ido de mí

nadie ni nada parece

saber qué hacer

 

la nueva novela de un amigo

la nueva novela de un amigo

en la que me hizo el honor de poner una obra mía en tapa

revista arte kiltro número 3

revista arte kiltro número 3

dedicada a lo sagrado y lo profano, se puede leer online acá

asana

 

Flexiono la pierna y estiro el brazo

para alcanzar el espejo

flexiono el espejo y estiro la mirada

para alcanzar el deseo

flexiono la razón y estiro el sueño

para alcanzar la nada

 

soy

 

Soy el animal que en la noche vigila

el lecho donde tu cuerpo descansa desnudo

soy el que recorre las orillas del sentido

sin decidirse a entrar en el agua

soy el que sabe y sin embargo olvida

que aunque podamos devorar

la lengua occisa de los dioses

no habrá mensaje alguno

la única voz debe ser la nuestra

y cuando digo nuestra digo mía

tuya

nuestra

 

lluvia

 

Está lloviendo sobre la tumba de mi madre

el agua se filtra entre los terrones

como si quisiera extinguir la eterna sed de la muerte

está lloviendo sobre la cabeza centenaria

de mi padre que da vueltas en la calle

buscando un fiat 600 que tuvo hace 50 años

cuando lo convenzo de que el auto es un recuerdo

finge que ya lo sabía y sube conmigo a casa

está lloviendo sobre las infectas aguas del riachuelo

en las que la lluvia no tardará en morir

ahogada por las miasmas de esta cuenca negra

llueve sobre el amor que se da

que se niega que se rechaza

sobre el odio y la ignominia

llueve sobre el tiempo y la historia

sobre la marcha inexorable de los días

llueve sobre la desolación de pensar que

el agua que cae no lava nada

sólo cambia la mugre de lugar

deslocaliza la roña pone en movimiento

lo podrido pero aun así

no obstante eso

sin embargo

 

salió narrativas número 18

salió narrativas número 18

incluye un breve relato mío, se puede bajar de acá

M - III



Cuando era niño tenía una vecina, en la casa de al lado vivía una chica flacucha, rubia y pecosa, se llamaba Susy. Jugábamos juntos a veces, yo dejaba de ir a jugar a la pelota para estar con ella, tomábamos la leche juntos, ella comía el pan con manteca poniéndole arriba un poco de sal en lugar de azúcar como hacíamos todos. Una vez nos metimos en una cucha que mi padre había hecho para el perro, una casita de madera con techo a dos aguas que nos podía albergar a los dos, ahí le pregunté si se había fijado que los perros se saludaban o reconocían oliéndose la cola. Ella se puso colorada pero no me contestó. Otro día nos subimos al techo para agarrar higos de la higuera del vecino, ya que le habían dicho que la leche de higo borra las pecas y a ella no le gustaba tenerlas. Después recordé que quien le había comentado eso de los higos había sido yo, tal vez para llevarla al techo. A mí sus pecas me encantaban. Pero aún así me trepé al árbol y volví con un montón de higos. Se embadurnó la cara y estuvo un rato cubierta con esa sustancia blanca, después se la quitó con el pañuelo y se miró al espejo. Las pecas no se le habían ido y se puso a llorar sin decir nada, yo le pedí que no llorara, que las pecas le quedaban lindas, entonces me dijo: no pasa nada, vos sos un amor. Una vez nos quedamos mucho rato en la pieza del fondo, sentados encima de una caja de madera pintada de verde donde mi padre guardaba sus herramientas. Al principio hablábamos de cosas sueltas, no sé por qué lo hacíamos en voz baja, como si alguien nos pudiera oír. Después dejamos de hablar. Estábamos sentados uno al lado del otro. La habitación estaba en penumbras y nosotros mirábamos las sombras de las ramas que se movían en la ventana. Hacía calor, o eso me parecía a mí, o eso creo recordar. Ella tenía puesta una pollera tableada que formaba un círculo a su alrededor, ese círculo me tocaba. Yo empecé a deslizar mi mano derecha por debajo de su pollera muy lentamente, cada centímetro que avanzaba me parecía eterno, mientras mi mano reptaba hacia ella me parecía oír mi respiración y la de ella como amplificadas, estábamos lado a lado mirando hacia delante, yo pensaba si ella se daría cuenta de lo que yo estaba haciendo, si no se enojaría conmigo, mientras tanto la mano seguía avanzando debajo del género áspero de su pollera, apenas por detrás de su cintura. De pronto rocé con la punta de los dedos una tela suave y cálida, supe que era su bombacha, el corazón casi me salta del pecho. A esa altura ya estaba transpirando como si hubiera corrido, igual que cuando jugaba un partido con los chicos en la canchita. Me quedé quieto unos minutos asimilando la situación, y para ver si ella decía algo. No pasó nada, seguíamos igual, sentados mirando como robots la ventana sin hablar. La mano empezó a moverse de nuevo, el dedo índice se levantó siguiendo el recorrido de la bombacha hasta llegar a un borde apenas abultadito que supe era el elástico. Entonces, no sé cómo, con qué coraje que no sabía que tenía, metí apenas el dedo entre el elástico y la piel tibiecita y suavísima y separé un poco la bombacha de su cuerpo, me di cuenta inmediatamente de que ella se tensó casi sin moverse, aguantó unos segundos la respiración, pero no dijo nada, no hizo nada, estaba esperando. Yo bajé un poco mi dedo arrastrando con él la bombacha y después hice pasar al otro lado de la frontera el resto de los dedos, la mano completa, todavía sin tocarla, manteniendo la distancia. Y después muy despacio fui acercando la mano hasta que toqué delicadamente su piel, su cola, inmediatamente reconocí las formas como si fuera un ciego que puede ver a través de sus dedos. La suave curva de las nalgas, la depresión y la hendidura donde se juntan los cachetes. La miré de reojo, estaba colorada y respiraba agitada, pero no se movía, no me miraba, no decía nada. Entonces avancé siguiendo la dirección natural de su cuerpo, de sus curvas, de su deseo y del mío, mandé como exploradores a dos de los dedos que incursionaron en territorio prohibido, yo iba sintiendo que había otra temperatura y otra humedad, otro clima a medida que me internaba entre los glúteos, me pareció que ella se inclinaba imperceptiblemente hacia delante, yo empujé un poco la mano y descubrí en la punta de uno de mis dedos una superficie circular que se contrajo súbitamente al sentir el contacto, era un redondelito tibio y un poco rugoso, como la boca de un animal pequeño, me hizo acordar a las anémonas que tantas veces habíamos tocado en las rocas de la costa para verlas cerrarse, retraerse, como flores ocultando su secreto. Dejé mi dedo quieto tocando suavemente el orificio prohibido, sintiendo la tensión expectante de ese músculo cálido. De alguna manera yo estaba seguro de que la proximidad les haría sentir confianza y empecé a sentir que la tensión disminuía, el músculo se estaba relajando, la flor empezada a abrirse. En ese momento se abrió abruptamente la puerta de la pieza y la luz del día entró rompiendo la magia y el silencio, la sombra enorme de un cuerpo se recortó en el marco y y se proyectó hacia adentro cayendo sobre nosotros, que, aterrados, abrimos los ojos como platos y giramos la cabeza hacia la puerta. Era mi madre que nos decía con su voz de radioteatro: ah, chicos, estaban acá? Vengan a tomar la leche que está lista. Dio media vuelta y se fue dejando la puerta abierta para que la siguiéramos hacia la cocina. Yo saqué la mano rapidísimo, nos paramos y fuimos detrás de ella, sudando y respirando como si hubiéramos estado a punto de ahogarnos.


apariencia

 

Fingiremos que no hemos visto

la mirada aviesa el gesto mínimo

fingiremos no haber oído la vacilación

en la voz al nombrar la palabra

que importa fingiremos que no hubo

rictus en la boca antes de sonreír

en forma sugestiva mente tensa

fingiremos que no hemos fingido

ni hemos visto fingir y de veras

será como si no hubiera habido

fingimiento alguno y todo seguirá

su curso pero cuando nos vayamos

el camino y el paisaje y el mundo

se irán borrando detrás nuestro

y todo será comienzo debajo

de nuestros pies en movimiento

 

poema sin título

poema sin título

donde las calles no tienen nombre

donde las calles no tienen nombre

algunos poemas en revista letralia

http://www.letralia.com/229/letras02.htm

 

 

andrea

andrea

 

 

 

M - XXXVIII

 

Yo huyendo de los gerundios y sin embargo. Ando endo indo. Yo odiando los uniformes y vistiendo sotana y roquete de monaguillo con la conducta obediente del potrillo. Yo buscando desesperadamente un adverbio de modo contracultural. Yo queriendo ser yo contra la corriente a pesar de la corriente tan fuerte. Yo escuchando a Janis Joplin y Jimmy Hendrix en un winco desvencijado en la pieza del fondo como si fuera la caverna de Liverpool y viviendo el deslumbramiento de una iniciación. Yo rompiendo cascarones todos los días, cambiando de piel cada dos por tres, abriendo los ojos a la maravilla del mundo sin conseguir abarcar lo que no se puede abarcar, sin lograr alcanzar lo único que vale la pena perseguir, lo inalcanzable, y estableciendo en ello mi deseo. Yo amando los verbos y sin embargo. Amar temer partir. Sean eternos los placeres que supimos conseguir. Mis alas eran pequeñas pero eran mías y bien que volaba con ellas, bien que vuelo con ellas, que también han crecido. Y si el seis fuera nueve sería reversible como de hecho lo es, y como debe ser uno y el otro y viceversa. Valiente, audaz, fuerte, descarado, negro, como el amor. Yo el espejo. Yo el lobo erizado de la medianoche. El otro yo. El gato, el escorpión, el pavo real. El confundidor, el artista iconoclasta. Basta.

 

 

La Boca, foto de Lino Rossi

La Boca, foto de Lino Rossi