insomnio
Cuatro de la mañana: en algún rincón de mi inconsciente cuelgo ropa recién lavada en una soga en el fondo del mar.
Cuatro de la mañana: en algún rincón de mi inconsciente cuelgo ropa recién lavada en una soga en el fondo del mar.
Florecí con un respingo
como si estuviera fuera de estación
pero el sol pero el aire
me anticiparon placer
y la tierra tan tierna
me dio de soñar
pliegues repliegues despliegues
cielos cíclicos antimórficos
no soy flor ya lo sé
pero lo hice para mí
renací perdí la forma
una y otra vez
en la humedad del humus
fui semilla sin sed
pero el sol pero el aire
me reconfiguraron
como si fuera el destino
el que hubiera escrito
esa parte del guión
ir venir y volver a ir
ciclos bucles paradójicos
en este ascensor que me regresa
me encuentro siempre en el espejo
y me desconozco
una y otra vez
Voy
a internarme
quince espacios
a la derecha del margen
para decir
en el medio de la página
que esta es mi voz
para establecerme
en la quietud
del silencio.
Puse la lapicera en la mano
dejé la mano sobre la hoja de papel
y esperé
no pasó nada
la mano no se movió
yo quería un poema
una idea una frase
que pudiera empezar un texto
pero nada
probé decirle palabras
que la motivaran
le dije muerte le dije amor
le dije mamá
le dije tiempo cielo Paraná
y nada
ya desalentado me salió
un tenue reproche
le dije mano… mano…
entonces reaccionó
se movió un poco
empezó a escribir:
“puse la lapicera en la mano
dejé la mano sobre la hoja de papel
y esperé”
Esta mañana
mientras viajaba en colectivo
me enojé con el señor que hablaba
por teléfono en voz alta
porque hablaba por teléfono
en voz alta
me enojé con la señora gorda
que obstruía el pasillo
con su voluminoso cuerpo
porque obstruía el pasillo
con su voluminoso cuerpo
me enojé con el bebé que lloraba
con berridos estridentes
porque lloraba
con berridos estridentes
me enojé con el conductor
que manejaba con brusquedad
porque manejaba con brusquedad
hasta que en una bocacalle
un rayo de sol me encegueció
y tuve que cerrar los ojos
entonces comprendí la verdad:
estaba enojado conmigo
por ser simplemente yo mismo.
Apreté los ojos con furia
y vi al poema del colectivo
avanzar a toda velocidad
para estrellarse violentamente
contra la imposibilidad de mis palabras
de pronunciar belleza.
Ella me dijo:
entre mis muslos hay un mundo
no puedo abrirlos
o todo se vaciará
Ella dijo
(ya no para mí)
mis muslos son mundos
que contienen el aliento
antes de respirar
Ella dijo en voz muy baja
(creo que hablaba sola)
estos muros no son míos
son los pilares mudos
de un ojo ciego
Ella no dijo
más bien pensó:
entre mis muslos está el vacío
que contiene todo
Ella hizo silencio
sus muslos se abrieron lentamente
y la noche cayó
textos y pinturas publicados en el magnífico blog llevado adelante por la incansable Selva Dipasquale. Orgulloso de formar parte de ese proyecto.
http://elinfinitoviajar.blogspot.com.ar/2016/04/carlos-ardohain.html
Oh dios mío
cuánto egoismo cerril
cuánto miedo ancestral
nos impelen a decir dios mío
cuando es claramente el dios de todos
y más claramente el dios de nadie
el nada dios de la nada naturaleza toda
el no dios de la cósmica nada
ni lógico ni matemático ni filosófico
Oh my god
con ese miedo de niño huérfano
abandonado en la oscuridad
que no se atreve ni siquiera a respirar
para no hacer ruido para no
exhalar de sí lo que pudiera ser su ser
lo único que le queda
todo lo que tiene
es decir nada
padre nuestro
que te decimos padre para fingir
que lo eres para sentir
que tenemos uno
no debiera hacernos falta
la mentira de creer
pero abrimos la ventana de los ojos
y tenemos enfrente el cosmos
demasiado grande
demasiado bello
demasiado caos
Aquiles y la tortuga
jugando al ajedrez
la Osa mayor devorando
a la menor
pura y titilante trigonometría
millones de ojos de luz
en la oscuridad eterna
cierro los ojos y los abro para poder
cerrarlos otra vez
oh dios mío
oh my god
el vértigo de estar de pie
en medio del infinito
El reloj tuerto del atardecer
suena surrealista pero no lo es
será que no era tuerto sino cojo
y todo se debía a un error de percepción
cojo porque saltaba de minuto a minuto
con un bamboleo lateral como un
zigzag una sinuosidad nerviosa
y tal vez no fuera el atardecer
sino el alba o esa hora en que la luz
de tan incierta adopta colores imposibles
tiene aire de frontera es puro misterio
quizá no era ni siquiera un reloj
aunque parecía un objeto plano y circular
o cuadrado y ni tan plano ni tan objeto
que no vale la pena describir
podía ser apenas una idea o un concepto
entonces quizá debería haber dicho
la duda maleable del alba
o el arabesco fugaz del tiempo
o el color inapresable del instante
o no decir nada huir de la palabra
solo confiar en el sonido
un tam tam cercano a los latidos
del ritmo de la vida cuando
habita un cuerpo y más tarde
a ese cuerpo se le da por la metáfora
como si valiera la pena como
si tuviera sentido como si
se pudiera atrapar en palabras
el misterio inefable de estar vivo
Como los presos
como los caballos maltratados
como los olvidados
los dejados de la mano de dios
seres ajenos a la existencia
ajenos incluso a la ajenidad
como los exiliados
como los peces fuera del agua
(como si verlos boquear desesperados
fuera el secreto propósito
del pescador)
como vos y como yo
cuando no estamos juntos
y nada nos parece real
ni necesario
para nosotros
cuando no somos nosotros.
Conocedor de la personalidad de su víctima —respetuosa a ultranza de leyes, normas y reglamentos—, el asesino dedicó toda una noche a cambiar señales de tránsito y dirección, nombres de calles y números, y alteró de este modo la topografía y la circulación de una parte de la ciudad.
Al día siguiente, la víctima asumió las novedades como una mejora en la cosa pública y, al seguir las señales que lo llevarían al trabajo, desembocó con su automóvil en un precipicio homicida, aunque lógico.
Quizá en los breves instantes en que se precipitaba en el vacío, pudo intuir la fatigosa tarea del asesino que había cambiado todas las señales de tránsito y dirección, todos los nombres de las calles y la numeración del camino que él hacía todos los días en su automóvil para llegar al trabajo.
Ese día, cuando notó los cambios y empezó a seguir el nuevo trayecto, su respeto inclaudicable de normas y reglamentos le sugirió que las novedades serían una mejora en la cosa pública. Solo advirtió la trampa cuando desembocó en el precipicio homicida.
Notó los cambios, sí; pero su respeto inclaudicable hacia normas y reglamentos lo había llevado a pensar que las novedades serían una mejora en la cosa pública.
Alguien había cambiado señales de tránsito y de dirección, nombres de calles y la numeración de ese camino que todas las madrugadas recorría en automóvil para llegar al trabajo. Solo advirtió la trampa al desembocar en el precipicio fatal; y seguramente fue entonces, en los breves instantes en que caía hacia la muerte, cuando pudo intuir la fatigosa tarea de su asesino.
Es hora de enmendar un error. No era barro el material que usó el creador para modelar al primer hombre. Era mierda, que fragua mejor. Tuvo que elegir primero de qué animal sería. No podía ser estiércol de pájaro porque necesitaba armar un modelo grande. Lo trabajaría como si fuera arcilla, pero usó bosta de gliptodonte fresca, o, mejor es decir, reciente. La fue ablandando con su propia saliva a medida que se concentraba en los detalles que, sabemos, son su debilidad. Podía haberlo hecho mejor, pero llegado un punto consideró que estaba listo. La evolución haría el resto; completaría, con sus necesidades de adaptación al medio, la tarea.
Al principio lo seguían las moscas a todos lados donde iba. Pero con el tiempo su sudor fue perdiendo fetidez, su metabolismo fue cambiando y disminuyeron notoriamente los pelos que tenía en el cuerpo.
Descubrió pigmentos con los que podía adornar las paredes de su caverna. Primero estampó sus manos, después dibujó los animales que deseaba comerse. Los mismos a los que les había dado nombre.
A la luz del fuego se inquietaba con las sombras que proyectaba su propio cuerpo. Pero pronto tuvo una compañera, una hembra de su especie que olía parecido pero diferente. Y esa diferencia en el olor lo atraía. Nunca más durmió solo y dejó de temer a las sombras. Ahora tenía miedo de no verla. Cuando volvía con una presa se la entregaba como un regalo o una ofrenda. Más tarde la comían juntos antes de unirse en el suelo.
Después algo pasó. El creador se disgustó con ellos, los maldijo y los echó de aquella tierra. Debieron empezar una nueva vida (una vida de padecimientos y dolor, les dijo Él que tendrían a partir de ese momento). Sin embargo, a pesar de todo, podríamos decir que fueron felices. Tuvieron hijos, trabajaron duro, estuvieron juntos hasta la muerte.
La historia denominó pecado original a aquel malentendido. Yo creo que fueron celos.
Amanece. La cara este de los edificios refulge como si estuviera fabricando el día. No hay palabras. Mentira, sí hay, pero las palabras se sientan a contemplar la belleza y se niegan a trabajar. El aire espeso del puerto se diafaniza a medida que avanza la luz. Todo es tan fugaz y tan eterno. Oro y olor a vida. Hora del ojo emocionado. No hables, mirá.