dimensión
Un fósforo encendido
sirve para tener idea
de cuánta noche
Un fósforo encendido
sirve para tener idea
de cuánta noche
La vez que el pescado me habló
en las rocas de la escollera
de las bondades de la humedad
el mal humor de los hipocampos
la intransigencia de las ballenas
de cosas que se encuentran
en la concha de los caracoles muertos
yo estaba tan apurado que lo interrumpí
sin embargo llegué tarde y ella se había ido
entonces volví a la escollera y el pescado
no estaba, llamé a mis amigos
para contarles, pero los teléfonos
sonaban y sonaban en habitaciones vacías.
No hay ningún pez
en el agua de la tina
ningún sonido en la sala
en la que estoy
dejando que la noche
entre por la ventana
Jesús tuvo la extraña fortuna
de ser hijo de dos padres
uno era el creador de la vida
y lo mandó al muere
el otro era carpintero y construyó
la cruz en que lo clavaron.
Si acá la tierra tiembla
salto a la otra orilla
si allá tiembla también
salto a una nueva orilla
¿cuántas orillas hay?
tres, o ninguna, o todas
las orillas del mundo
y si toda la tierra
se pone a temblar
entonces salto al agua
que me recuerda a vos
y si te ponés a temblar
yo tiemblo también
Jugando con la fantasía de volar
estiré mis brazos al límite
hasta que se desprendieron del cuerpo
y cayeron al suelo
me iba a agarrar la cabeza
pero las manos estaban lejos
moviéndose como alitas todavía
miré al cielo buscando explicación
pero al echar el cuello hacia atrás
con demasiada fuerza
la cabeza se desprendió del tronco
y cayó al lado de los brazos
desde el piso miré el resto del cuerpo
la cadera inclinada 15 grados
y una pierna levemente flexionada
lo encontré hermoso
como una escultura griega
El pájaro bola
está en la frontera
entre pájaro e insecto
peludo pequeño y zumbón
aparece en sueños pesados
y en las tardes de sopor
incomoda a todo el que lo ve
sus pequeñas alitas
agitan apenas el aire que lo sustenta
se alimenta solo de frutas
y vuela casi siempre en la sombra
amante del verano nunca regresa
al lugar donde ya estuvo
el pájaro bola
es como un punto en movimiento
buscando la frase
que debe terminar
Un perro sin cabeza
olfatea su propia cola
al no reconocerse
se ataca a dentelladas
entonces lo comprendo
él mismo cercenó su cabeza
en una vida anterior
En el momento de mayor entrega no resisti más y devoré su boca, la desgarré de su rostro con furor: labios, saliva, dientes, lengua. Tragué con voluptuosidad sintiendo dentro de mí sus suspiros y jadeos, mientras bajada lentamente por mi cuerpo.
Yo palpitaba su amor, sus besos, la sentí abrirse y entonces experimenté el último y más gozoso dolor de mi vida: la boca amada, en un clímax de pasión, me arrancó el corazón de una dentellada y se lo devoró a su vez.
Desperté a la madrugada y de inmediato se me presentó una duda enorme, tan grande que ocupaba todo el cuarto. Comprendí que no podría volver a conciliar el sueño y le arrojé la mayor de mis certezas, pero sólo conseguí dividirla en un montón de pequeñas dudas. El asunto empeoró. Entonces las encerré entre paréntesis y las metí en el placard. Al principio me pareció oír murmullos de protesta, pero enseguida me relajé y volví a dormir, más profundo que antes.
El procedimiento es el inverso, pero no por eso menos verdadero.
Primero es descubrir la imagen de manera casual, olvidarla pero no del todo. Ser objeto de su recurrencia en la memoria y buscarla de nuevo. Entender que hay algo en ella que permanece, que conecta conmigo.
El espacio elidido, la silla vacía, la lamparita encendida, la ausencia sugerida, la luz entrando por la ventana y jerarquizando esa pared que corta en dos la visión. La paleta de colores que habla en voz baja.
Entonces, pintar una imagen que entre en esa otra, que se integre, que incorpore mi historia a esa historia no contada. A esa foto tomada tal vez en Minnesota o donde sea, pero que yo sentía que podía ser del departamento vecino al mío.
Y entonces la continuidad de la luz que entraba por esa ventana me llevó hacia fuera, a esa atmósfera exterior que derramaba su luminosidad lechosa en ese interior vacío y mirando hacia allá vi los silos, los vi y decidí pintarlos. Una pintura pequeña, no muy compleja. Llevó tres semanas. El recorte de un paisaje triste.
Entonces, recién entonces, entré en silencio a la habitación y colgué mi pintura en esa pared, le di la inclinación requerida, dejé que una pequeña sombra se formara en su borde izquierdo. Y me fui del cuadro, de la foto y del departamento en el que Alec Soth dejara la luz prendida y la silla esperando.
Esta noche
el asesino es el cadáver
el pájaro es el árbol
el sapo es la princesa
esta noche
la serpiente soy yo
y en este jardín vacío
no hay manzana
no hay mujer
esta noche
dormiré enroscado
en el árbol que vuela
ni bien ni mal
soñando que muero
asesinado
y despierto sin piel
con un vestido nuevo
esta noche
las sombras del bosque
bailan una danza
circular y profunda
que se expande en espiral
esta noche
los muertos nos miran
nos oyen y caminan
detrás nuestro
como dobles
esta noche
parece no irse
nunca
cuando termina
vuelve a empezar
Respirar bajo el aire caldoso del verano estofa cualquier voluntad, acuclilla el deseo y a veces nos reduce a una cuarta parte de lo que somos. Por deshidratación y abotagamiento, por desidia y distracción, por la suma de todas las inacciones. Como si fuera posible escanciar el mañana en un bostezo pleno y desandador. Como si de dibujar pintar un pájaro se tratara, que es la cosa más fácil difícil que existe, otra cuestión es hacerlo cantar, convencerlo de ello, una vez pintado dibujado. El pájaro se enamora del color, se enamora del silencio, y no le falta razón. Pero tampoco es necesario que cante, le basta ser un pájaro con todas las plumas, con su elegante levedad, su frágil carnadura. Los ignífugos pájaros del verano dejan que arda su sombra en lugar de ellos, que posan distraídos dejándose atrapar por la retina del pintor dibujante, dejándose acariciar por las finísimas matas de pelo de marta que le construye las alas, el pecho y la cola en suaves trazos. Con eso le basta para ser un pájaro cabal, como le basta al pintor dibujante dejar hacer a su mano, dejar andar a su aire los movimientos casi automáticos mientras entrega sus ojos al goce. Una música sutil produce el roce con la tela el papel, apta solamente para oídos infraleves y aéreos, se diría que los pájaros sonreirían si pudieran si supieran si quisieran. Se diría pero no se dice, para no romper el sortilegio, no vaya a ser cosa, no vaya a ser causa. Encantadora imperfección, hacemos tuya nuestra valentía de andar a ciegas. Unas manchas de color en el vacío, una vibración oscura como una palabra incompleta en el ángulo opuesto, equilibrio siempre inestable, siempre a punto de no ser. Ser fugaz, privilegiar el instante, el misterio en la punta del pico, apenas después del canto que no se produjo. Ir por ahí, por el aire, sumir de pronto en la luz azul de la tarde, apenas pueda vuélome de aquí. Díjome así el pájaro en la tela, en mi cabeza, en píos imposibles de soprano, altísimos más altos que su cielo. El pájaro y la intención, el cuerpo y el deseo juntos, como si hubiera sido resultado de una sola pincelada, un único gesto. El movimiento de la mano como una exhalación de aire cálido que desinfla el pecho. Y ya que estamos, esa mancha roja que tienes en el cuello no la hice yo. Vete, vuela cuanto quieras, después de todo la atmósfera es tu jaula, tanto como la mía. En el hueco que dejes en la tela dibujaré una flor. No hay mejor manera de atraer un colibrí.
Manos de madera colgadas del muro
muro para no decir pared
que es anagrama de padre
manos de mi madre colgadas
del muro de mi padre
de madera por cálidas
preparadas para arder
por venir de un árbol
hecho de manos y caricias muertas
colgadas de clavos que pueden
clavar las manos al madero
como hicieron tantas veces
manos que aplauden en silencio
para anunciarse en las puertas
de las casas de los muertos
que saludan que dicen adiós
en silencio
Stefano Valente ha traducido al italiano el microcuento El menos común de los lugares, y lo ha publicado en su blog:
http://sognodelminotauro.blogspot.com/2011/04/il-posto-meno-comune-carlos-ardohain.html
Grazzie, Stefano
Imagino que soy
un poeta chino
un pintor japonés
una cebra que finge
ser gato montés
imagino que voy
en tren a Nepal
a pie a Samarkanda
en globo a Bombay
a tu casa caminando
al revés
imagino que nos
está soñando un rey
debajo de un árbol
y nosotros a la vez
lo soñamos a él
imagino que nos
está escribiendo
alguien que imagina
ser un ciego
que mira un espejo
que sólo refleja
una que otra vez
Era un personaje de ficción y estaba en un cuento, tenía muy pocas páginas para lograr algo trascendente y quedar en la memoria del lector. Conciente de sí y de lo corta que sería su existencia, primero hizo silencio, y después de hacerlo lo guardó donde nadie pudiera encontrarlo. Complacido, se fue para siempre sin que nadie lo note, condenando al resto de los personajes a hablar sin pausa hasta el fin de sus líneas, hasta el punto final, que era la frontera detrás de la que él había ocultado el silencio, en el blanco de la página que estaba más allá de las palabras.