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tancarloscomoyo

padres

 

Jesús tuvo la extraña fortuna

de ser hijo de dos padres

uno era el creador de la vida

y lo mandó al muere

el otro era carpintero y construyó

la cruz en que lo clavaron.

 

 

 

félix vallotton

félix vallotton

río sin orillas

río sin orillas

 

Si acá la tierra tiembla

salto  a la otra orilla

si allá tiembla también

salto a una nueva orilla

¿cuántas orillas hay?

tres, o ninguna, o todas

las orillas del mundo

y si toda la tierra

se pone a temblar

entonces salto al agua

que me recuerda a vos

y si te ponés a temblar

yo tiemblo también

 

partes del todo

 

Jugando con la fantasía de volar

estiré mis brazos al límite

hasta que se desprendieron del cuerpo

y cayeron al suelo

me iba a agarrar la cabeza

pero las manos estaban lejos

moviéndose como alitas todavía

miré al cielo buscando explicación

pero al echar el cuello hacia atrás

con demasiada fuerza

la cabeza se desprendió del tronco

y cayó al lado de los brazos

desde el piso miré el resto del cuerpo

la cadera inclinada 15 grados

y una pierna levemente flexionada

lo encontré hermoso

como una escultura griega

 

 

el pájaro bola

 

El pájaro bola

está en la frontera

entre pájaro e insecto

peludo pequeño y zumbón

aparece en sueños pesados

y en las tardes de sopor

incomoda a todo el que lo ve

sus pequeñas alitas

agitan apenas el aire que lo sustenta

se alimenta solo de frutas

y vuela casi siempre en la sombra

amante del verano nunca regresa

al lugar donde ya estuvo

el pájaro bola

es como un punto en movimiento

buscando la frase

que debe terminar

 

 

 

animalario

 

Un perro sin cabeza

olfatea su propia cola

al no reconocerse

se ataca a dentelladas

entonces lo comprendo

él mismo cercenó su cabeza

en una vida anterior

 

 

 

corazonada

 

En el momento de mayor entrega no resisti más y devoré su boca, la desgarré de su rostro con furor: labios, saliva, dientes, lengua. Tragué con voluptuosidad sintiendo dentro de mí sus suspiros y jadeos, mientras bajada lentamente por mi cuerpo.

Yo palpitaba su amor, sus besos, la sentí abrirse y entonces experimenté el último y más gozoso dolor de mi vida: la boca amada, en un clímax de pasión, me arrancó el corazón de una dentellada y se lo devoró a su vez.

 

 

 

relatito

 

Desperté a la madrugada y de inmediato se me presentó una duda enorme, tan grande que ocupaba todo el cuarto. Comprendí que no podría volver a conciliar el sueño y le arrojé la mayor de mis certezas, pero sólo conseguí dividirla en un montón de pequeñas dudas. El asunto empeoró. Entonces las encerré entre paréntesis y las metí en el placard. Al principio me pareció oír murmullos de protesta, pero enseguida me relajé y volví a dormir, más profundo que antes.

 

la foto apropiada

la foto apropiada

 

El procedimiento es el inverso, pero no por eso menos verdadero.

Primero es descubrir la imagen de manera casual, olvidarla pero no del todo. Ser objeto de su recurrencia en la memoria y buscarla de nuevo. Entender que hay algo en ella que permanece, que conecta conmigo.

El espacio elidido, la silla vacía, la lamparita encendida, la ausencia sugerida, la luz entrando por la ventana y jerarquizando esa pared que corta en dos la visión. La paleta de colores que habla en voz baja.

Entonces, pintar una imagen que entre en esa otra, que se integre, que incorpore mi historia a esa historia no contada. A esa foto tomada tal vez en Minnesota o donde sea, pero que yo sentía que podía ser del departamento vecino al mío.

Y entonces la continuidad de la luz que entraba por esa ventana me llevó hacia fuera, a esa atmósfera exterior que derramaba su luminosidad lechosa en ese interior vacío y mirando hacia allá vi los silos, los vi y decidí pintarlos. Una pintura pequeña, no muy compleja. Llevó tres semanas. El recorte de un paisaje triste.

Entonces, recién entonces, entré en silencio a la habitación y colgué mi pintura en esa pared, le di la inclinación requerida, dejé que una pequeña sombra se formara en su borde izquierdo. Y me fui del cuadro, de la foto y del departamento en el que Alec Soth dejara la luz prendida y la silla esperando.

 

taller de escritura creativa

taller de escritura creativa

walpurgis

 

Esta noche

el asesino es el cadáver

el pájaro es el árbol

el sapo es la princesa

esta noche

la serpiente soy yo

y en este jardín vacío

no hay manzana

no hay mujer

esta noche

dormiré enroscado

en el árbol que vuela

ni bien ni mal

soñando que muero

asesinado

y despierto sin piel

con un vestido nuevo

esta noche

las sombras del bosque

bailan una danza

circular y profunda

que se expande en espiral

esta noche

los muertos nos miran

nos oyen y caminan

detrás nuestro

como dobles

esta noche

parece no irse

nunca

cuando termina

vuelve a empezar

 

¿éter o etéreo?

 

Respirar bajo el aire caldoso del verano estofa cualquier voluntad, acuclilla el deseo y a veces nos reduce a una cuarta parte de lo que somos. Por deshidratación y abotagamiento, por desidia y distracción, por la suma de todas las inacciones. Como si fuera posible escanciar el mañana en un bostezo pleno y desandador. Como si de dibujar pintar un pájaro se tratara, que es la cosa más fácil difícil que existe, otra cuestión es hacerlo cantar, convencerlo de ello, una vez pintado dibujado. El pájaro se enamora del color, se enamora del silencio, y no le falta razón. Pero tampoco es necesario que cante, le basta ser un pájaro con todas las plumas, con su elegante levedad, su frágil carnadura. Los ignífugos pájaros del verano dejan que arda su sombra en lugar de ellos, que posan distraídos dejándose atrapar por la retina del pintor dibujante, dejándose acariciar por las finísimas matas de pelo de marta que le construye las alas, el pecho y la cola en suaves trazos. Con eso le basta para ser un pájaro cabal, como le basta al pintor dibujante dejar hacer a su mano, dejar andar a su aire los movimientos casi automáticos mientras entrega sus ojos al goce. Una música sutil produce el roce con la tela el papel, apta solamente para oídos infraleves y aéreos, se diría que los pájaros sonreirían si pudieran  si supieran si quisieran. Se diría pero no se dice, para no romper el sortilegio, no vaya a ser cosa, no vaya a ser causa. Encantadora imperfección, hacemos tuya nuestra valentía de andar a ciegas. Unas manchas de color en el vacío, una vibración oscura como una palabra incompleta en el ángulo opuesto, equilibrio siempre inestable, siempre a punto de no ser. Ser fugaz, privilegiar el instante, el misterio en la punta del pico, apenas después del canto que no se produjo. Ir por ahí, por el aire, sumir de pronto en la luz azul de la tarde, apenas pueda vuélome de aquí. Díjome así el pájaro en la tela, en mi cabeza, en píos imposibles de soprano, altísimos más altos que su cielo. El pájaro y la intención, el cuerpo y el deseo juntos, como si hubiera sido resultado de una sola pincelada, un único gesto. El movimiento de la mano como una exhalación de aire cálido que desinfla el pecho. Y ya que estamos, esa mancha roja que tienes en el cuello no la hice yo. Vete, vuela cuanto quieras, después de todo la atmósfera es tu jaula, tanto como la mía. En el hueco que dejes en la tela dibujaré una flor. No hay mejor manera de atraer un colibrí.

 


manos

 

Manos de madera colgadas del muro

muro para no decir pared

que es anagrama de padre

manos de mi madre colgadas

del muro de mi padre

de madera por cálidas

preparadas para arder

por venir de un árbol

hecho de manos y caricias muertas

colgadas de clavos que pueden

clavar las manos al madero

como hicieron tantas veces

manos que aplauden en silencio

para anunciarse en las puertas

de las casas de los muertos

que saludan que dicen adiós

en silencio

 

traducido al italiano

Stefano Valente ha traducido al italiano el microcuento El menos común de los lugares, y lo ha publicado en su blog:

http://sognodelminotauro.blogspot.com/2011/04/il-posto-meno-comune-carlos-ardohain.html

Grazzie, Stefano

imago

 

 

Imagino que soy

un poeta chino

un pintor japonés

una cebra que finge

ser gato montés

imagino que voy

en tren a Nepal

a pie a Samarkanda

en globo a Bombay

a tu casa caminando

al revés

imagino que nos

está soñando un rey

debajo de un árbol

y nosotros a la vez

lo soñamos a él

imagino que nos

está escribiendo

alguien que imagina

ser un ciego

que mira un espejo

que sólo refleja

una que otra vez

 

el menos común de los lugares

 

Era un personaje de ficción y estaba en un cuento, tenía muy pocas páginas para lograr algo trascendente y quedar en la memoria del lector. Conciente de sí y de lo corta que sería su existencia, primero hizo silencio, y después de hacerlo lo guardó donde nadie pudiera encontrarlo. Complacido, se fue para siempre sin que nadie lo note, condenando al resto de los personajes a hablar sin pausa hasta el fin de sus líneas, hasta el punto final, que era la frontera detrás de la que él había ocultado el silencio, en el blanco de la página que estaba más allá de las palabras.

 

utamaro

utamaro

una mujer de arena

 

En el barrio había varios baldíos cuando éramos chicos. Nosotros teníamos uno favorito y lo usábamos como canchita para jugar a la pelota, y también como centro de reunión y refugio. Pero un día lo cercaron con alambre y empezaron a contruir una casa, la mañana que descubrimos la invasión de nuestro territorio nos enojamos mucho. Fuimos con la pelota preparados para un partido y lo encontramos lleno de ladrillos, piedras y una montaña de arena. Nos dio mucha rabia, considerábamos que ese lugar era nuestro, pero igual seguimos yendo y jugábamos con los materiales de construcción, siempre a la tarde, después de que se fueran los obreros. Una tarde estábamos aburridos charlando sentados en ladrillos, el día anterior había llovido y la arena estaba húmeda, y empezamos a hablar de mujeres desnudas. En eso estábamos cuando Raulito dijo: che, ¿por qué no hacemos una mina en bolas con la arena? A todos nos pareció una idea buenísima y nos pusimos a hacerlo. Como yo era el que mejor dibujaba, quedé encargado de dirigir la construcción, y empezamos a formar volúmenes, a modelar el cuerpo. Desparramamos un poco la arena y preparamos dos montones, uno para el tronco y la cabeza y otro para la cintura y las piernas. Le dimos una forma un poco tosca pero cuando empezaron a aparecer los detalles fue mejorando. La cabeza y el cuello fueron fáciles, un cilindro y un óvalo con el pelo dibujado en líneas. Después los hombros y los brazos pegados al cuerpo y separados por una pequeña depresión. Uno dijo: che, hagámosle las tetas bien grandes, y todos dijimos: siiii. Le pusimos dos esferas que parecían pelotas de fútbol con un piquito en el centro a cada una, quedaron bárbaras. Después armamos el volumen de las piernas y lo unimos por la cintura, las piernas quedaron juntas pero separadas por una zanjita. Hicimos los pies y le dibujamos el ombligo más o menos donde nos parecía. Iba quedando terminada, pero faltaba algo. Alguien dijo: ¿y la concha? Yo dije: claro, la concha… Y ahí vinieron las discusiones. Que va acá, que más arriba, que más abajo, que vos no sabés nada, qué no voy a saber… y así, hasta que Raulito, con aire y cara de conocedor del asunto, se agachó, y tomó una medida con cuatro dedos desde el ombligo hacia abajo y marcó el lugar: es acá, dijo. Nos impresionó el profesionalismo de medir como si estuviera jugando a la bolita y desde el hoyo marcara dónde apoyar el bolón, de modo que nadie le discutió y, por las dudas que de verdad supiera, nadie quería quedar en orsai. Así que hicimos un montículo en forma de dos paréntesis, bastante grandes y en el medio le hicimos un agujero. Quedó como una empanada aplastada, pero se veía bien, en la parte baja de la barriga nuestra criatura lucía una concha flamante. Hasta le dibujamos pelitos con una ramita. Nos paramos para verla de lejos, orgullosos de nuestra obra. Entonces Raulito dijo: cómo se nota que ustedes no cogieron nunca. Nadie dijo nada, pero nos pusimos colorados, aunque no creíamos tampoco que él lo hubiera hecho. Y entonces dijo: vengan que les muestro cómo es. Se acercó a la mujer de arena y cuidadosamente se acostó encima de ella pero sin tocarla, apoyando sus manos en el piso y con los brazos extendidos. Entonces empezó a hacer movimientos con su cintura, tocaba con el pantalón la concha de la mujer y se apartaba, así muchas veces, hasta que pegó un grito y dijo: acabé, ya está. Y se levantó. Nos pareció un poco asqueroso y también me hizo acordar a la clase de gimnasia, cuando nos hacían hacer flexiones de brazos, así que pensé que debía cansar mucho y después dolería. No sabíamos qué decir, aunque uno dijo: andá mentiroso, si vos tampoco cogiste, pero no sonó muy convencido. Estábamos en eso cuando empezamos a escuchar los gritos de nuestras madres llamándonos a comer y salimos corriendo cada uno para su casa. Yo me quedé pensando y mientras comía me acordaba de la mujer de arena, acostada desnuda y sola en el baldío. Al final después de comer y mientras mirabamos televisión salí al patio y me escapé corriendo a la obra con un frasco vacío de mermelada. Entré en el terreno y la ví, me acerqué despacio y agarré la arena de la parte de la concha en dos puñados, la metí en el frasco, lo tapé y volví a mi casa, pero antes desarmé la mujer de dos o tres patadas para que no quedaran rastros, y también porque me daba impresión haberle robado una parte del cuerpo y dejarla así, incompleta. Después llevé el frasco a mi pieza y lo escondí debajo de mi cama.

 

un tal Felisberto

un tal Felisberto

atardecer

 

 

Me siento en la plaza con un libro que contiene veneno.

No leo, cierro los ojos intentando saber si lo que siento es melancolía, tristeza o simplemente soledad. Es verano pero hace frío, y me gusta.

Hay varios niños que dan vueltas al monumento en sus bicicletas con rueditas. Lo descubro de pronto cuando identifico un sonido que tengo en mis oídos desde que me senté y es el chirrido monótono del plástico de las rueditas sobre las baldosas del suelo. Pienso que debería alfombrar el piso desplegando mi tristeza o lo que sea, para amortiguar el recorrido de estos cachorritos que ríen o lloran con la misma facilidad con que mueven sus piernas para hacer girar las ruedas. Son como animalitos amaestrados felices en la repetición de sus rutinas.

Hay madres jóvenes que cruzan la plaza en diagonal, van a buscar a sus hijas a casas de amigas o vuelven con ellas en dirección al marido y la cena.  Hay viejos olvidados que se identifican con la llegada de la noche. Hay ignoradas Alejandras que ningún escritor rescatará nunca, y se adivina en sus miradas que ellas lo saben. Hay árboles que guardan silencio mientras los pájaros se acomodan en sus copas.

Me imagino todo esto y pienso en mi rostro, la rareza de estar con los ojos cerrados y anteojos puestos, como si necesitáramos aumento para mirar hacia adentro, como si una cosa reemplazara a la otra.

Hay una cierta paz provinciana en el fresco aire casi nocturno, hasta que de pronto un grito destemplado en la voz de una mujer corta la tarde como un tajo: —¡Pablo, sos un hijo de puta!