Blogia
tancarloscomoyo

Relatos

¿éter o etéreo?

 

Respirar bajo el aire caldoso del verano estofa cualquier voluntad, acuclilla el deseo y a veces nos reduce a una cuarta parte de lo que somos. Por deshidratación y abotagamiento, por desidia y distracción, por la suma de todas las inacciones. Como si fuera posible escanciar el mañana en un bostezo pleno y desandador. Como si de dibujar pintar un pájaro se tratara, que es la cosa más fácil difícil que existe, otra cuestión es hacerlo cantar, convencerlo de ello, una vez pintado dibujado. El pájaro se enamora del color, se enamora del silencio, y no le falta razón. Pero tampoco es necesario que cante, le basta ser un pájaro con todas las plumas, con su elegante levedad, su frágil carnadura. Los ignífugos pájaros del verano dejan que arda su sombra en lugar de ellos, que posan distraídos dejándose atrapar por la retina del pintor dibujante, dejándose acariciar por las finísimas matas de pelo de marta que le construye las alas, el pecho y la cola en suaves trazos. Con eso le basta para ser un pájaro cabal, como le basta al pintor dibujante dejar hacer a su mano, dejar andar a su aire los movimientos casi automáticos mientras entrega sus ojos al goce. Una música sutil produce el roce con la tela el papel, apta solamente para oídos infraleves y aéreos, se diría que los pájaros sonreirían si pudieran  si supieran si quisieran. Se diría pero no se dice, para no romper el sortilegio, no vaya a ser cosa, no vaya a ser causa. Encantadora imperfección, hacemos tuya nuestra valentía de andar a ciegas. Unas manchas de color en el vacío, una vibración oscura como una palabra incompleta en el ángulo opuesto, equilibrio siempre inestable, siempre a punto de no ser. Ser fugaz, privilegiar el instante, el misterio en la punta del pico, apenas después del canto que no se produjo. Ir por ahí, por el aire, sumir de pronto en la luz azul de la tarde, apenas pueda vuélome de aquí. Díjome así el pájaro en la tela, en mi cabeza, en píos imposibles de soprano, altísimos más altos que su cielo. El pájaro y la intención, el cuerpo y el deseo juntos, como si hubiera sido resultado de una sola pincelada, un único gesto. El movimiento de la mano como una exhalación de aire cálido que desinfla el pecho. Y ya que estamos, esa mancha roja que tienes en el cuello no la hice yo. Vete, vuela cuanto quieras, después de todo la atmósfera es tu jaula, tanto como la mía. En el hueco que dejes en la tela dibujaré una flor. No hay mejor manera de atraer un colibrí.

 


traducido al italiano

Stefano Valente ha traducido al italiano el microcuento El menos común de los lugares, y lo ha publicado en su blog:

http://sognodelminotauro.blogspot.com/2011/04/il-posto-meno-comune-carlos-ardohain.html

Grazzie, Stefano

el menos común de los lugares

 

Era un personaje de ficción y estaba en un cuento, tenía muy pocas páginas para lograr algo trascendente y quedar en la memoria del lector. Conciente de sí y de lo corta que sería su existencia, primero hizo silencio, y después de hacerlo lo guardó donde nadie pudiera encontrarlo. Complacido, se fue para siempre sin que nadie lo note, condenando al resto de los personajes a hablar sin pausa hasta el fin de sus líneas, hasta el punto final, que era la frontera detrás de la que él había ocultado el silencio, en el blanco de la página que estaba más allá de las palabras.

 

una mujer de arena

 

En el barrio había varios baldíos cuando éramos chicos. Nosotros teníamos uno favorito y lo usábamos como canchita para jugar a la pelota, y también como centro de reunión y refugio. Pero un día lo cercaron con alambre y empezaron a contruir una casa, la mañana que descubrimos la invasión de nuestro territorio nos enojamos mucho. Fuimos con la pelota preparados para un partido y lo encontramos lleno de ladrillos, piedras y una montaña de arena. Nos dio mucha rabia, considerábamos que ese lugar era nuestro, pero igual seguimos yendo y jugábamos con los materiales de construcción, siempre a la tarde, después de que se fueran los obreros. Una tarde estábamos aburridos charlando sentados en ladrillos, el día anterior había llovido y la arena estaba húmeda, y empezamos a hablar de mujeres desnudas. En eso estábamos cuando Raulito dijo: che, ¿por qué no hacemos una mina en bolas con la arena? A todos nos pareció una idea buenísima y nos pusimos a hacerlo. Como yo era el que mejor dibujaba, quedé encargado de dirigir la construcción, y empezamos a formar volúmenes, a modelar el cuerpo. Desparramamos un poco la arena y preparamos dos montones, uno para el tronco y la cabeza y otro para la cintura y las piernas. Le dimos una forma un poco tosca pero cuando empezaron a aparecer los detalles fue mejorando. La cabeza y el cuello fueron fáciles, un cilindro y un óvalo con el pelo dibujado en líneas. Después los hombros y los brazos pegados al cuerpo y separados por una pequeña depresión. Uno dijo: che, hagámosle las tetas bien grandes, y todos dijimos: siiii. Le pusimos dos esferas que parecían pelotas de fútbol con un piquito en el centro a cada una, quedaron bárbaras. Después armamos el volumen de las piernas y lo unimos por la cintura, las piernas quedaron juntas pero separadas por una zanjita. Hicimos los pies y le dibujamos el ombligo más o menos donde nos parecía. Iba quedando terminada, pero faltaba algo. Alguien dijo: ¿y la concha? Yo dije: claro, la concha… Y ahí vinieron las discusiones. Que va acá, que más arriba, que más abajo, que vos no sabés nada, qué no voy a saber… y así, hasta que Raulito, con aire y cara de conocedor del asunto, se agachó, y tomó una medida con cuatro dedos desde el ombligo hacia abajo y marcó el lugar: es acá, dijo. Nos impresionó el profesionalismo de medir como si estuviera jugando a la bolita y desde el hoyo marcara dónde apoyar el bolón, de modo que nadie le discutió y, por las dudas que de verdad supiera, nadie quería quedar en orsai. Así que hicimos un montículo en forma de dos paréntesis, bastante grandes y en el medio le hicimos un agujero. Quedó como una empanada aplastada, pero se veía bien, en la parte baja de la barriga nuestra criatura lucía una concha flamante. Hasta le dibujamos pelitos con una ramita. Nos paramos para verla de lejos, orgullosos de nuestra obra. Entonces Raulito dijo: cómo se nota que ustedes no cogieron nunca. Nadie dijo nada, pero nos pusimos colorados, aunque no creíamos tampoco que él lo hubiera hecho. Y entonces dijo: vengan que les muestro cómo es. Se acercó a la mujer de arena y cuidadosamente se acostó encima de ella pero sin tocarla, apoyando sus manos en el piso y con los brazos extendidos. Entonces empezó a hacer movimientos con su cintura, tocaba con el pantalón la concha de la mujer y se apartaba, así muchas veces, hasta que pegó un grito y dijo: acabé, ya está. Y se levantó. Nos pareció un poco asqueroso y también me hizo acordar a la clase de gimnasia, cuando nos hacían hacer flexiones de brazos, así que pensé que debía cansar mucho y después dolería. No sabíamos qué decir, aunque uno dijo: andá mentiroso, si vos tampoco cogiste, pero no sonó muy convencido. Estábamos en eso cuando empezamos a escuchar los gritos de nuestras madres llamándonos a comer y salimos corriendo cada uno para su casa. Yo me quedé pensando y mientras comía me acordaba de la mujer de arena, acostada desnuda y sola en el baldío. Al final después de comer y mientras mirabamos televisión salí al patio y me escapé corriendo a la obra con un frasco vacío de mermelada. Entré en el terreno y la ví, me acerqué despacio y agarré la arena de la parte de la concha en dos puñados, la metí en el frasco, lo tapé y volví a mi casa, pero antes desarmé la mujer de dos o tres patadas para que no quedaran rastros, y también porque me daba impresión haberle robado una parte del cuerpo y dejarla así, incompleta. Después llevé el frasco a mi pieza y lo escondí debajo de mi cama.

 

atardecer

 

 

Me siento en la plaza con un libro que contiene veneno.

No leo, cierro los ojos intentando saber si lo que siento es melancolía, tristeza o simplemente soledad. Es verano pero hace frío, y me gusta.

Hay varios niños que dan vueltas al monumento en sus bicicletas con rueditas. Lo descubro de pronto cuando identifico un sonido que tengo en mis oídos desde que me senté y es el chirrido monótono del plástico de las rueditas sobre las baldosas del suelo. Pienso que debería alfombrar el piso desplegando mi tristeza o lo que sea, para amortiguar el recorrido de estos cachorritos que ríen o lloran con la misma facilidad con que mueven sus piernas para hacer girar las ruedas. Son como animalitos amaestrados felices en la repetición de sus rutinas.

Hay madres jóvenes que cruzan la plaza en diagonal, van a buscar a sus hijas a casas de amigas o vuelven con ellas en dirección al marido y la cena.  Hay viejos olvidados que se identifican con la llegada de la noche. Hay ignoradas Alejandras que ningún escritor rescatará nunca, y se adivina en sus miradas que ellas lo saben. Hay árboles que guardan silencio mientras los pájaros se acomodan en sus copas.

Me imagino todo esto y pienso en mi rostro, la rareza de estar con los ojos cerrados y anteojos puestos, como si necesitáramos aumento para mirar hacia adentro, como si una cosa reemplazara a la otra.

Hay una cierta paz provinciana en el fresco aire casi nocturno, hasta que de pronto un grito destemplado en la voz de una mujer corta la tarde como un tajo: —¡Pablo, sos un hijo de puta!

 

el mensajero

 

Pasó por el laberinto, recorrió el caracol, golpeó los huecesillos con el martillo, se arrastró por el conducto y salió por el orificio de la oreja el gusano feliz, traía mensajes secretos de la corteza cerebral, dejó rastros de su paso de baba a lo largo de las circunvoluciones. No se sentía capaz de dividirse en dos y volver a juntar la cabeza con la cola, de modo que buscó la boca para hablar con alguien, bajó por la mejilla en diagonal y alcanzó los labios por la comisura. El cosquilleo repentino provocó un movimiento reflejo y brusco, la boca se torció un poco y de un certero mordisco le arrancó la cabeza al molesto visitante. La cara del gusano tuvo un gesto imposible que duró un segundo: una tonta sonrisa la adornaba mientras en sus ojos abiertos la sorpresa congeló el instante. El cilindro inerte cayó al piso chorreando un espeso líquido amarillento por uno de sus extremos.

 

salió el número 8 de la revista Otro Cielo

salió el número 8 de la revista Otro Cielo

incluye un cuento mío, se puede bajar el pdf de acá

la nueva novela de un amigo

la nueva novela de un amigo

en la que me hizo el honor de poner una obra mía en tapa

salió narrativas número 18

salió narrativas número 18

incluye un breve relato mío, se puede bajar de acá

M - III



Cuando era niño tenía una vecina, en la casa de al lado vivía una chica flacucha, rubia y pecosa, se llamaba Susy. Jugábamos juntos a veces, yo dejaba de ir a jugar a la pelota para estar con ella, tomábamos la leche juntos, ella comía el pan con manteca poniéndole arriba un poco de sal en lugar de azúcar como hacíamos todos. Una vez nos metimos en una cucha que mi padre había hecho para el perro, una casita de madera con techo a dos aguas que nos podía albergar a los dos, ahí le pregunté si se había fijado que los perros se saludaban o reconocían oliéndose la cola. Ella se puso colorada pero no me contestó. Otro día nos subimos al techo para agarrar higos de la higuera del vecino, ya que le habían dicho que la leche de higo borra las pecas y a ella no le gustaba tenerlas. Después recordé que quien le había comentado eso de los higos había sido yo, tal vez para llevarla al techo. A mí sus pecas me encantaban. Pero aún así me trepé al árbol y volví con un montón de higos. Se embadurnó la cara y estuvo un rato cubierta con esa sustancia blanca, después se la quitó con el pañuelo y se miró al espejo. Las pecas no se le habían ido y se puso a llorar sin decir nada, yo le pedí que no llorara, que las pecas le quedaban lindas, entonces me dijo: no pasa nada, vos sos un amor. Una vez nos quedamos mucho rato en la pieza del fondo, sentados encima de una caja de madera pintada de verde donde mi padre guardaba sus herramientas. Al principio hablábamos de cosas sueltas, no sé por qué lo hacíamos en voz baja, como si alguien nos pudiera oír. Después dejamos de hablar. Estábamos sentados uno al lado del otro. La habitación estaba en penumbras y nosotros mirábamos las sombras de las ramas que se movían en la ventana. Hacía calor, o eso me parecía a mí, o eso creo recordar. Ella tenía puesta una pollera tableada que formaba un círculo a su alrededor, ese círculo me tocaba. Yo empecé a deslizar mi mano derecha por debajo de su pollera muy lentamente, cada centímetro que avanzaba me parecía eterno, mientras mi mano reptaba hacia ella me parecía oír mi respiración y la de ella como amplificadas, estábamos lado a lado mirando hacia delante, yo pensaba si ella se daría cuenta de lo que yo estaba haciendo, si no se enojaría conmigo, mientras tanto la mano seguía avanzando debajo del género áspero de su pollera, apenas por detrás de su cintura. De pronto rocé con la punta de los dedos una tela suave y cálida, supe que era su bombacha, el corazón casi me salta del pecho. A esa altura ya estaba transpirando como si hubiera corrido, igual que cuando jugaba un partido con los chicos en la canchita. Me quedé quieto unos minutos asimilando la situación, y para ver si ella decía algo. No pasó nada, seguíamos igual, sentados mirando como robots la ventana sin hablar. La mano empezó a moverse de nuevo, el dedo índice se levantó siguiendo el recorrido de la bombacha hasta llegar a un borde apenas abultadito que supe era el elástico. Entonces, no sé cómo, con qué coraje que no sabía que tenía, metí apenas el dedo entre el elástico y la piel tibiecita y suavísima y separé un poco la bombacha de su cuerpo, me di cuenta inmediatamente de que ella se tensó casi sin moverse, aguantó unos segundos la respiración, pero no dijo nada, no hizo nada, estaba esperando. Yo bajé un poco mi dedo arrastrando con él la bombacha y después hice pasar al otro lado de la frontera el resto de los dedos, la mano completa, todavía sin tocarla, manteniendo la distancia. Y después muy despacio fui acercando la mano hasta que toqué delicadamente su piel, su cola, inmediatamente reconocí las formas como si fuera un ciego que puede ver a través de sus dedos. La suave curva de las nalgas, la depresión y la hendidura donde se juntan los cachetes. La miré de reojo, estaba colorada y respiraba agitada, pero no se movía, no me miraba, no decía nada. Entonces avancé siguiendo la dirección natural de su cuerpo, de sus curvas, de su deseo y del mío, mandé como exploradores a dos de los dedos que incursionaron en territorio prohibido, yo iba sintiendo que había otra temperatura y otra humedad, otro clima a medida que me internaba entre los glúteos, me pareció que ella se inclinaba imperceptiblemente hacia delante, yo empujé un poco la mano y descubrí en la punta de uno de mis dedos una superficie circular que se contrajo súbitamente al sentir el contacto, era un redondelito tibio y un poco rugoso, como la boca de un animal pequeño, me hizo acordar a las anémonas que tantas veces habíamos tocado en las rocas de la costa para verlas cerrarse, retraerse, como flores ocultando su secreto. Dejé mi dedo quieto tocando suavemente el orificio prohibido, sintiendo la tensión expectante de ese músculo cálido. De alguna manera yo estaba seguro de que la proximidad les haría sentir confianza y empecé a sentir que la tensión disminuía, el músculo se estaba relajando, la flor empezada a abrirse. En ese momento se abrió abruptamente la puerta de la pieza y la luz del día entró rompiendo la magia y el silencio, la sombra enorme de un cuerpo se recortó en el marco y y se proyectó hacia adentro cayendo sobre nosotros, que, aterrados, abrimos los ojos como platos y giramos la cabeza hacia la puerta. Era mi madre que nos decía con su voz de radioteatro: ah, chicos, estaban acá? Vengan a tomar la leche que está lista. Dio media vuelta y se fue dejando la puerta abierta para que la siguiéramos hacia la cocina. Yo saqué la mano rapidísimo, nos paramos y fuimos detrás de ella, sudando y respirando como si hubiéramos estado a punto de ahogarnos.


M - XXXVIII

 

Yo huyendo de los gerundios y sin embargo. Ando endo indo. Yo odiando los uniformes y vistiendo sotana y roquete de monaguillo con la conducta obediente del potrillo. Yo buscando desesperadamente un adverbio de modo contracultural. Yo queriendo ser yo contra la corriente a pesar de la corriente tan fuerte. Yo escuchando a Janis Joplin y Jimmy Hendrix en un winco desvencijado en la pieza del fondo como si fuera la caverna de Liverpool y viviendo el deslumbramiento de una iniciación. Yo rompiendo cascarones todos los días, cambiando de piel cada dos por tres, abriendo los ojos a la maravilla del mundo sin conseguir abarcar lo que no se puede abarcar, sin lograr alcanzar lo único que vale la pena perseguir, lo inalcanzable, y estableciendo en ello mi deseo. Yo amando los verbos y sin embargo. Amar temer partir. Sean eternos los placeres que supimos conseguir. Mis alas eran pequeñas pero eran mías y bien que volaba con ellas, bien que vuelo con ellas, que también han crecido. Y si el seis fuera nueve sería reversible como de hecho lo es, y como debe ser uno y el otro y viceversa. Valiente, audaz, fuerte, descarado, negro, como el amor. Yo el espejo. Yo el lobo erizado de la medianoche. El otro yo. El gato, el escorpión, el pavo real. El confundidor, el artista iconoclasta. Basta.

 

 

M - XXVII

 

En el barrio había un auto abandonado hacía mucho tiempo. Era uno de esos autos grandes de la época, un modelo bastante viejo, estaba un poco oxidado y le faltaba el asiento de atrás y todos los vidrios. Alguien lo había dejado estacionado alguna vez y nunca volvió a buscarlo, se rumoreaba que era un auto robado. Nosotros nos juntábamos a veces ahí y de vez en cuando nos metíamos adentro, nos hacía sentir más grandes, fingíamos que fumábamos mientras hablábamos, cosas así. Un día José nos dijo que había hablado con la gorda del almacén y que iba a venir una tarde a meterse en el auto con nosotros. Era la hija del almacenero del barrio, que estaba a tres cuadras, tenía un año o dos más que nosotros, usaba unas polleras muy cortas y siempre nos cargaba, nos hacía bromas que nosotros no entendíamos. Entonces le pregunté a José para qué iba a venir, y él me contestó: boludo, se deja tocar la concha. Todos nos quedamos duros, no nos imaginábamos tocar una concha, no sabíamos qué podíamos hacer con eso, ni cómo era, pero todos dijimos casi al unísono exhalando el aire despacio: bieeeen….. que era todo lo que podíamos decir. Y cambiamos de tema, pero nos quedamos pensando en la concha de la gorda, imaginando la forma, o el olor, o si tendría pelos. Otro día José nos dijo que la gorda iba a venir el viernes a la tardecita. Nos teníamos que juntar en el auto a las siete. Muertos de miedo el viernes a las siete estábamos todos ahí como soldados, esperando sentados en el cordón de la vereda. José nos dijo que en un rato, en cuanto se pudiera escapar del almacén, la gorda vendría. Mientras tanto hacíamos tiempo hablando de fútbol.

Esperamos nerviosos un rato largo y se fue haciendo de noche, ya no queríamos que la gorda viniera porque estar adentro del auto con ella y encima de noche nos parecía demasiado, al final José fue a averiguar y cuando volvió dijo que no iba a venir, que otro día. A todos nos pareció evidente que no vendría nunca y nos sentimos aliviados y nos metimos en el coche a hablar como hombres de cosas de hombres y Raulito dijo: qué lástima, porque ya se me estaba por salir la leche de tan caliente que estaba. Y otro le contestó: callate, si no sabés ni de qué color es la leche. Y Raulito, que efectivamente no sabía, aplicó la lógica más elemental, empezó a pensar a velocidad supersónica, hizo asociación libre y la relacionó con otras secreciones, concretamente con los mocos que le salían cuando estaba muy resfriado, y entonces, en tono canchero, dijo: qué no voy a saber, boludo, la leche es verde. Y todos nos quedamos callados, sin animarnos a disentir ni a estar de acuerdo, sentados en el auto en la oscuridad hasta que sentimos los gritos de nuestras madres llamándonos a comer.

 

 

 

 

M - XXIII

 

Cuando somos niños nuestro paisaje de vida tiene el horizonte bajo, tenemos el cielo inmenso todo para nosotros, todo es vuelo, imaginación, futuro, libertad. Por eso creemos en cosas que los adultos dicen que son imposibles, como poner toda el agua del mar en un pocito en la arena, hacer entrar una nube en nuestra pieza, pensar que para hacerse invisible basta con cerrar los ojos, y otras cosas que se me han olvidado. Cuando somos niños todo nos rodea, todo está a 360 grados, vivimos en el centro del círculo, de la esfera. En el territorio del juego podemos cabalgar hacia nuestro próximo futuro siendo el jinete y el caballo al mismo tiempo azuzándonos a nosotros mismos para ir más rápido. Transformarnos en árbol o en pájaro o en ráfaga. Horizontal, vertical y aéreo. Después, de a poco, a  medida que crecemos todo se va poniendo más plano, el horizonte sube y el cielo se achica, en un momento nos damos cuenta de que hay menos atmósfera, que el suelo se cuadricula, que las nubes pueden estar llenas de hielo. Una técnica para recuperar ese vértigo quieto de la infancia es dar vueltas muy rápido sobre un mismo eje, en sentido contrario a las agujas del reloj, girar girar girar. En un momento nos montamos en una espiral, una helicoide capaz de devolvernos la mirada sin velos. Me parece que lo que intento decir es que la pérdida de esa inocencia asombrada, que es uno de nuestros tesoros, nos produce una enorme tristeza, y que esa tristeza resignada ya no nos abandona nunca y pasa a formar parte del tejido que nos constituye como personas.

 

 

resaca

 

Abrió los ojos y no vio nada, todo era oscuridad. No se movió, esperaba que le subiera el entendimiento pero no sucedió, entonces se incorporó como pudo. Tratando de alertar los sentidos olisqueó el aire, lo encontró dulzón, espeso y salvaje, un poco acre. Le llegó al oído el sonido zumbón de las moscas. El cuerpo pesado se le desparramaba sobre los huesos como un abrigo empapado de sudores. Un dolor penetrante le empezó a latir en los costados de la cabeza y la boca seca y pastosa le reclamó agua. De a poco empezó a arrastrar los pies descalzos con la cautela de la palma de la mano de un ciego que estuviera tanteando una superficie desconocida. Otro olor le llegó, mixto: vino y vómito. Y el olor trajo una imagen súbita que se apagó como un relámpago: él y el otro a la noche, vaciando una botella, riendo a gritos. Se detuvo, giró a cabeza en redondo y achinó los ojos pero seguía sin ver nada. Volvió a moverse dando imperceptibles saltitos con la planta de los pies para ir reconociendo el suelo rugoso y mugriento que no podía ver. Otra imagen como ráfaga: él y el otro vaciando una nueva botella, las risas apagadas, un brillo en su mirada torva, palabras que se enredaban en el silencio. El pie derecho toca algo que no es sólido, una sustancia viscosa lo asquea, pero avanza igual y pisa el charco. Entiende enseguida de qué se trata y el líquido pegajoso le hace estallar otra imagen en el cerebro: él y el otro discutiendo después de vaciar otra botella, trenzándose poseídos por una fiereza animal. Avanza también el otro pie con torpeza para no desestabilizar el cuerpo y ya está con ambos pies sobre el charco. Una corriente de pavor le sube por las piernas a la velocidad de la luz; se ve a sí mismo rompiendo una botella contra la silla y clavando el pico en el pecho del otro al que le estallan los ojos de asombro y cae. Se recuerda vagamente retirándose a un rincón y sentándose en el piso con la cabeza turbada. De seguro se ha dormido, de seguro han pasado horas y el muerto se ha desangrado. Quiere alejarse, que lo que pasó no haya pasado, gira bruscamente y da un paso inesperadamente enérgico sobre la sangre que lo hace resbalar, el otro pie intenta sostener pero el cuerpo se ha inclinado demasiado y no lo consigue, tiembla un segundo en el aire viciado del rancho, no le sale gritar, cae pesadamente de espaldas sobre el culo de la botella rota que lo espera con sus filosas estalagmitas de vidrio barato, una boca hambrienta, una trampa que él mismo preparó. Siente entrar los vidrios en la carne, siente cómo se le empieza a derramar la sangre debajo del torso, sabe que se mezclará con la del otro y no le gusta. Sentir la camisa mojada le recuerda la sed, respira con dificultad, piensa que se apaga y le parece raro apagarse en lo oscuro. Una mosca se posa en su cara y le empieza a caminar por la mejilla, no puede ni soplarla. 

 

revista narrativas

revista narrativas

salió el número 15 de la revista narrativas, en el que publicaron mi cuento La vida sucia.

Para bajar el pdf hacer clik acá.

al otro lado del espejo

al otro lado del espejo

Salió el número uno de la revista de relatos y cuentos Al otro lado del espejo. La verdad es que la revista está estupenda, tiene un diseño muy cuidado y tuvieron la gentileza de publicarme un microrrelato.

El link para entrar al blog y bajarse el número de la revista en pdf, acá.

el amor sabe

 

La golosina que ella siempre tenía en su cartera surgió casi de casualidad. Esa noche que él estaba tan cansado y los escarceos del amor se demoraban en sinuosidades temporales que siempre amagaban terminar con él dormido. Ella decidió apurar el ritmo y le salió a pedir de boca, pero antes de lo previsto él se derramó contundente y suspirante y al fin terminó durmiéndose del todo.
Ella quedó con el regalo en la boca y lo depositó en unos pañuelos descartables que había en la mesita de noche, prolija como era los dobló varias veces sobre sí mismos para evitar el viaje al baño hasta el otro día, y se durmió también. A la mañana siguiente, después de la ducha y el desayuno, antes de salir a la calle, vio los pañuelos doblados y los guardó en su cartera. En el colectivo los dobló un poco más haciendo casi un paquetito del tamaño de un chicle bazooka, le sorprendió que hubiera todavía una humedad residual en el pringote. Al rato, distraída se puso a juguetear con el bollito y absorta en mirar por la ventanilla se lo llevó a la boca y lo empezó a chupetear, cuando se ablandó por el contacto con su saliva lo mordisqueó un poquito y recién ahí, al sentir el gusto agridulce y salvaje comprendió lo que estaba haciendo. Le gustó. Desde entonces comenzó a guardar el semen de él de esa forma y siempre contaba con un caramelo fresco en la cartera. Con el tiempo empezó a manipular el sabor preparando una dieta diferente, verduras y hortalizas, pescados y frutas conseguían resultados asombrosos en el gusto. Evitaban el alcohol pero el chocolate era primordial, el ingrediente de lujo.
Su caramelito terminaba mordisqueado como una goma de mascar muy usada y seco y blanquísimo como una piedra de talco. Después no los tiraba, empezó a guardarlos en un frasco en que pegó una foto de él desnudo, a modo de etiqueta.
Había otra cosa además, algo que se fue manifestando en forma paulatina. Cuando estaba chupando el papel siempre tenía imágenes de él, lo veía en situaciones distintas, era una ensoñación amorosa, fronteriza entre la conciencia y un estado hipnótico. Creía que era resultado de su imaginación, pero algunas imágenes o escenas que se le aparecieron las reconoció como reales o verdaderas, ella sabía que habían ocurrido. De otras no tenía certeza, pero al preguntarle por ellas comprobó que sí, todo lo que veía en ese arrobamiento era real, no era una creación de su mente. Le pareció lógico, las secreciones están cargadas de información, hormonas, enzimas, aminoácidos, codigo genético, que ella fuera capaz de descifrar o leer esos datos era una especie de poder. Se enteró de cosas que no sabía, que él no le había contado. Al poco tiempo dejó de tener secretos para ella. Perdió espesor, y por consiguiente también misterio. Él era reservado con algunos de los aspectos de su vida pero ella tomó su intimidad por asalto de la manera más inocente y casual, por inesperada. Así fue como de a poco él fue perdiendo también todo interés para ella. Quedó consumido como un caramelito más, como un chicle seco. Se separaron y nunca más se vieron. Ella puso su frasco en un estante especial de su biblioteca y preparó otro vacío que colocó al lado, como si fuera el comienzo de una colección.

 

 

 

 

eroticonda

 

No quiero abrir los ojos pero hay una orden interior, una voz que me obliga a hacerlo, me resisto sin embargo y por ahora logro mantenerlos cerrados.
No quiero perder este mundo puro de sensaciones. Este olor que me envuelve y me hace resbalar en las caricias húmedas, tibias, demoradas que doy en tu espalda, en tu lomo.
No puedo perder de vista mi respiración que aspira a tenerte completa, casi a comerte.
Te monto y siento tus movimientos espesos que vibran debajo de mi cuerpo. Tengo la sensación de estar a punto de alcanzar lo que nunca será, una experiencia circular que no se puede repetir, una inminencia latente, una sinuosidad en el aire.
No tengo más espacio entre tu cuerpo y el mío, no alcanzo a rodearte con mis brazos, estoy adentro y afuera al mismo tiempo, ocurre una simultaneidad imposible que es como un pliegue en el tiempo, te siento venir cuando te estás yendo, te siento irte cuando te acercás, tus músculos vibran como aros cilíndricos, como olas en la orilla de la piel, como espuma recién formada.
Entro en tu cuerpo caliente y sedoso, siento palpitar las mucosas alrededor de mi carne, el sonido de nuestra fricción parece un chapoteo viscoso, un crepitar de aceite, un crujir de algas debajo del agua. Amenazo con desbordar, con romper la presa, con inundarte, pero sofoco el estallido un poco más. Ciega catarata amordazada que empuja la marea, me pliego, me arrugo, me expando, me sublevo, me apuntalo, me proyecto como un rayo.
Siento aumentar la ronquera de tu respiración, recibo el aire caliente que exhalas en mi cara, percibo el olor dulce y agreste de tu aliento que hacen abrirse más y más las ventanas de mi nariz y como un movimiento reflejo una apertura contagia a la otra y por fin se abren mis ojos sin que yo me dé ni siquiera cuenta, es una relajación extrema de todas las resistencias, siento que ya no vale ni sirve ni se puede contener nada, en el momento final abro los ojos y veo como una aparición la forma cilíndrica, la gigantesca oruga verde de piel gelatinosa que me mira amorosa con su único ojo y su enorme boca abierta en la que brillan afiladísimos dientes acercándose a mi cara con indisimulables intenciones de devorarme de una buena y bendita vez.

 

 

 

yerto

 

Estoy tirado en el piso cara al cielo y no hay un centímetro de mi cuerpo que no me duela. El peor dolor es el de los ojos, no puedo cerrarlos porque me estallan los párpados y la luz blanca del cielo me lastima, me quema. Tengo adentro algo que se mueve desgarrando todo a su paso, es como una masa de materia que se desplaza separándose del resto, pienso en un alud de carne. No puedo ni quiero gritar, el esfuerzo me haría gastar la energía que necesito para aguantar este sufrimiento. A pesar de tener los ojos abiertos y sentir la herida que me produce la potente luz del día, no veo nada de lo que me rodea, sólo tengo visiones internas proyectadas en una pantalla virtual delante de mí, me veo corriendo por un parque, tengo ¿dos, tres años?, un perro salta a mi alrededor, es Pancho, mi perrito que está tanto o más feliz que yo por estar juntos. Ya casi lo agarro, tengo su cola al alcance de mi mano y cuando me inclino un poco más tropiezo y me caigo, mi cara se arrastra por la arena húmeda y me raspo las mejillas, el dolor me hace llorar. Viene mi madre corriendo, cuando la siento cerca lloro con más fuerza todavía y ella me abraza, me levanta y me lleva al mar, con sus manos me enjuaga la cara con suavidad, el agua está fría pero me hace bien. Cierro los ojos y los abro enseguida, veo un avión en el cielo dibujando letras con humo. Tengo mucho frío no me gusta el frio y no me gusta usar mucha ropa y no me gusta la ropa de lana. Alguien dijo que el cuerpo era como la ropa, un vestido o un traje, capaz que tengo frío porque estoy perdiendo el cuerpo; siento que algo se derrama, un líquido que sale de su lugar, que desborda. Siempre pensé que iba a morir ahogado, que iba a dejar de respirar adentro del agua, quizá me esté inundando para que el agua me cubra hasta quedar sumergido en mi propio jugo. Humedad, un colchón sin sábanas en un sótano, cerrar los ojos para pensar que todo es distinto, que eso no está pasando, que al abrirlos será otra cosa. Sentir el sol en la piel calentando cada centímetro y una laxitud creciente en los músculos. Un abandonarse al rumor del mar, una hipnosis que mece la mente y la anula. Olor a verano, olor a vida. Las letras de humo en el cielo parecen nubes, pierden de a poco su forma mientras el avión dibuja otras, las nubes parecen animales, montañas, cambian de color a medida que el sol baja, tienen bordes grises o rosados. Deben ser muy húmedas, debe ser muy distinto estar adentro de una que verla desde acá. Yo quería estar en los dos lugares a la vez, mirando desde acá y adentro de la nube. Ser la letra y la nube y el cielo y el que mira todo. ¿Y el avión? Ya se fue. No poder cerrar los ojos es como no tener párpados, como estar despierto siempre, aunque uno no vea nada, aunque sea ciego. ¿Fue Buda el que, según la leyenda, se cortó los párpados y los tiró lejos para no dormirse cuando meditaba? De esos párpados caídos a la tierra surgieron las hojas de té. No quiero morirme con los ojos abiertos, no quiero parecer un pez, ojos muertos abiertos. El mar remoto, el mar inabacable. Me gusta el olor del mar. Musgo, algas, calamar. Palabras en el agua, inundadas en la boca abierta que traga todo lo que tiene cerca. El agua blanda, ablanda la materia orgánica. Pero también puede ser dura, el frío la detiene, la congela. Hielo, frío, muerte. Movimiento detenido. Inmóvil. Quieto. Como las estatuas a las que juegan los chicos, a las que jugábamos cuando éramos chicos, cuando el que contaba, uno dos tres pelito es, se daba vuelta de golpe y todos congelados como estatuas, aguantando la risa, rígidos en una pose absurda. También jugábamos a morirnos, a estar muertos, pero eso era otra cosa, más grave, algo inalcanzable que nos quedaba fuera y por eso nos gustaba intentar acercarnos. O volar, fingir que volábamos, eso se sueña también, de más grande, uno sueña que vuela y hasta adquiere cierta destreza; a mí en los sueños siempre me pareció arrastrarme por el aire con una parsimonia indiferente, como si no hubiera tiempo, como si el tiempo no existiera, no pasara, como si no hubiera transcurrir. Como mi gato que estaba quieto casi siempre, mirando la nada, o mirando algo que nosotros no veíamos, en silencio, calmo, elegante, indiferente. Yo quería ser como él. A veces me sentaba igual y me quedaba quieto, dejaba que mi mirada se perdiera en el aire, los que me veían así me preguntaban qué pensaba pero yo no respondía. No pensaba en nada, trataba de no pensar, de simplemente ser, estar. Trataba de entender cómo era sentir la luz en la piel y recibir alimento vital de un poco de calor, de un rayo de sol insignificante en cuatro centímetros cuadrados. Dicen que en la vida hay circunstancias o hechos que prefiguran otros, ahora recuerdo uno que puede haber sido el boceto de este, de esta situación. Yo jugando en el patio de casa, debajo de la parra, colgándome de los tirantes de madera que la sostenían. Era Tarzán, el rey de los monos yendo de una rama a otra, de un tirante a otro. De pronto uno de ellos se rompe, no sostiene mi peso y yo caigo de espaldas al suelo, doy con toda mi espalda plana en un golpe seco, casi perfecto. El shock provoca que se me cierren los pulmones y la sorpresa me hace abrir los ojos y la boca en forma desmesurada. Estoy en silencio, no puedo respirar ni gritar ni moverme. Vienen mis padres, me rodean y me hablan, me preguntan, pero yo no los veo, solamente veo la luz del sol entre las hojas de parra y me voy poniendo morado, hago fuerza pero el aire no entra ni sale, estoy inmóvil a merced del tiempo, del reloj cronómetro que tiene marcados los minutos que me tocará vivir. Minutos que duran toda una vida, que se prolongan hasta ahora, en que estoy igual, sin moverme, sin hablar, sin cerrar los ojos, sin poder ver más allá de ahora. Otra vez siento algo adentro, algo me tira en el abdomen, jala hacia abajo los tejidos y los órganos del tórax, duele y rasga, es una tensión que amenaza romper todo lo que aún no está roto. Aquella vez el aire al fin entró en mis pulmones, lo recibí justo en el límite de la asfixia. Esta vez no sé, creo que se hará de modo inverso. Esta postura parece la del boxeador al que han noqueado, que sabe que ya no se va a levantar. Siento la inminencia del final, hay un instante mágico en que el dolor desaparece, se esfuma, se produce un inmenso silencio, aprovecho para cerrar los ojos pensando que todo está por terminar, que esta pesadilla se acaba, que puedo detenerme por fin. Aprieto la tecla. Stop. 

 

 

 

 

swingin' easy

swingin' easy

 

El disco de Sarah Vaughan siguió sonando a pesar de que nadie podía escucharlo. Eso es lo que sucede con ciertos sonidos, necesitan ser oídos para tener sentido. La música y el teléfono son un buen ejemplo de ello. La voz inolvidable de la Vaughan se arrastraba por la penumbra de la sala vacía, demorándose un poco aquí y allá, en los pliegues de las cortinas o alrededor de las copas a medio tomar, sufría un levísimo temblor al atravesar la luz de la luna que entraba por el ventanal y se derramaba luego dulcemente en el aire de la noche como si cayera y flotara al mismo tiempo. Era Swingin’ easy, el disco favorito de Alejandra, una grabación de 1957 donde la Vaughan hace maravillas con su voz. Ese de la tapa en la que ella está sonriendo, vestida de rojo sentada en un BKF igual al que hay en el living, en el que habían intentado amarse para terminar dándose cuenta de que no fue pensado para eso, Gonzalo decía que le hubiera gustado saber cómo imaginarían una cama los autores del famoso sillón.
También decía que ellos no podían separarse a pesar de que lo que sentían ya no era lo mismo de antes, que no podían ni debían, que estaban unidos en cuerpo y alma, así decía. Y Alejandra parecía creer lo mismo, que así era y así debía ser. Hoy habían hablado otra vez de eso en la cena, por eso cuando llegaron pusieron el disco en el equipo, se sirvieron unas copas de vino, tomaron un trago y se fueron juntos al balcón francés desde donde parecía que la noche no iba a terminar nunca más.